Más sueño, menos energía y algo de tristeza: así afecta el otoño a tu cuerpo y a tus emociones
El cambio de estación puede modificar nuestros ritmos de sueño, energía y estado de ánimo, pero también puede ser una oportunidad para escuchar al cuerpo y aceptar que no siempre tenemos que sentirnos igual

Los días se hacen más cortos, bajan las temperaturas y quizá tú también te notes diferente. Más cansancio, más sueño, menos ganas de salir o incluso cierta nostalgia pueden aparecer con la nueva estación. Pero no todo tiene que convertirse en un problema o en algo patológico. El otoño , de hecho, puede ser una oportunidad para entender nuestros ritmos, escuchar el cuerpo y recordar algo que a veces olvidamos: la vida no sucede en un único estado. Necesitamos la luz y la oscuridad, la actividad y el descanso, los momentos de expansión y los de recogimiento. Emocionalmente ocurre algo parecido: estar bien no significa permanecer siempre alegres, activos o llenos de vitalidad, sino poder transitar los distintos estados que forman parte de la experiencia humana.
Por fin parece otoño . Bajan las temperaturas, anochece antes y puede que últimamente tengas más sueño, te cueste algo más levantarte o simplemente no te apetezca llenar la agenda de planes. Y enseguida aparece esa pregunta: "¿qué me pasa?". Quizá no tenga que pasarte nada, tal como nos cuenta Sara Manzaneque, coach experta en relaciones y duelo (@saramanzaneque) . No toda disminución de energía, un día triste o una mayor necesidad de descanso tienen que convertirse en una señal de alarma. A veces el cuerpo y la mente están, sencillamente, adaptándose a un entorno que también está cambiando.
Nuestro organismo no vive aislado de lo que sucede fuera. Los ritmos circadianos son ciclos de aproximadamente 24 horas implicados, entre otros procesos, en la regulación del sueño y la vigilia, y la luz es una de las principales señales que ayudan a sincronizar nuestro reloj biológico. En otoño amanece más tarde, anochece antes, pasamos más tiempo en interiores y modificamos algunos hábitos. Por eso podemos notar variaciones en el descanso, la activación o el estado de ánimo. Quizá el error sea exigirnos exactamente el mismo ritmo en enero que en junio, como si nuestro cuerpo tuviera que permanecer ajeno a las estaciones.
También existe una cuestión emocional. Nos resulta mucho más fácil aceptar los estados que asociamos a la expansión: la primavera que brota, el verano, los viajes, los días eternos, los planes, la vida hacia fuera. Además, vivimos en una sociedad que premia precisamente eso: hacer, producir, avanzar, estar disponibles y sentirnos motivados. Sin embargo, una buena salud emocional no consiste en sentirnos bien todo el tiempo. También implica poder atravesar la tristeza, la frustración, la nostalgia o la incertidumbre sin pensar que su mera aparición significa que algo funciona mal. Necesitamos el día y la noche, actividad y reposo, conexión con los demás y momentos de intimidad. La vida no sucede en un único estado.
El otoño nos lo recuerda de una forma especialmente gráfica. Basta mirar una hoja seca en el suelo. Hace unos meses brotó, fue verde, recibió el sol y formó parte de un árbol lleno de vida. Ahora cae, y no pensamos que ese árbol haya fracasado. Entendemos que forma parte de un ciclo. Con nosotros resulta mucho más difícil. Nos cuesta dejar atrás relaciones, expectativas, etapas o versiones de nosotros mismos que un día tuvieron sentido, pero quizá ya no nos representan. Y aquí aparece también el duelo: no solo hacemos duelo ante la muerte; existen pérdidas, finales y transiciones que requieren tiempo para ser integrados. Soltar algo no significa que no haya sido importante, y estar tristes porque termina tampoco significa que lo estemos haciendo mal.
No todo cambio de ánimo es una señal de alarma
Quizá por eso esta época pueda convertirse en una invitación a mirar un poco más hacia dentro. Vivimos tan deprisa que apenas terminamos una cosa y ya estamos pensando en la siguiente. El cambio de estación puede servir simplemente como una pequeña frontera simbólica para preguntarnos: ¿cómo estoy realmente?, ¿qué necesito?, ¿qué quiero cuidar?, ¿qué sigo sosteniendo solo por costumbre?, ¿qué ha llegado el momento de soltar? No hace falta transformar nuestra vida ni encontrar respuestas extraordinarias. A veces basta con crear un poco de silencio para poder escuchar qué está ocurriendo dentro.
Para adaptarnos mejor tampoco necesitamos inaugurar una versión nueva de nosotros mismos cada otoño. Podemos empezar por cosas sencillas: buscar luz natural durante el día, seguir pasando tiempo al aire libre, mantener cierta regularidad en los horarios de sueño y ajustar las rutinas de manera gradual. Todavía hay temperaturas agradables para caminar, hacer ejercicio o quedar fuera. Y si el cuerpo empieza a pedirnos acostarnos algo antes, podemos escucharlo sin convertir el autocuidado en otra exigencia. Cuidarnos no debería significar añadir diez obligaciones más a la agenda.
También es importante no querer cambiarlo todo de golpe. Igual que el cuerpo necesita tiempo para adaptarse a las nuevas horas de luz, nosotros podemos ir haciendo pequeñas modificaciones en nuestras rutinas sin imponernos una transformación radical. Tal vez acostarnos un poco antes, reducir progresivamente el ritmo al final del día o reservar momentos sin pantallas ni estímulos constantes. Adaptarnos no significa hacer más, sino empezar a distinguir qué necesitamos realmente de todo aquello que simplemente hacemos por inercia.
Y podemos practicar algo todavía más difícil: n o luchar inmediatamente contra lo que sentimos. Si un día estamos más cansados, melancólicos o necesitamos recogernos, antes de intentar eliminar esa sensación podemos preguntarnos qué nos está diciendo. Escuchar una emoción no significa obedecerla ni quedarse atrapado en ella; significa reconocerla, darle espacio y entender que no todos los días tenemos que sentirnos de la misma manera. Porque quizá cuidarnos también sea eso: dejar de exigirnos estar siempre bien y aprender a acompañarnos en los distintos momentos de la vida.



