Mercè Conangla, psicóloga: "El peligro no es que las máquinas despierten, sino que nosotros nos quedemos dormidos"
La coautora de 'La conciencia artificial', junto a Jaume Soler, advierte de que estamos externalizando la memoria, el lenguaje y el criterio. Para preservar la conciencia, propone espacios sin tecnología, preguntas incómodas y tiempo para el encuentro

Mercè Conangla no teme a las máquinas que se rebelan. Le preocupa algo más silencioso : que, sin darnos cuenta, vayamos cediendo a la inteligencia artificial funciones que forman parte de nuestra conciencia. La psicóloga , cocreadora junto a Jaume Soler de Ecología Emocional, firma con él 'La conciencia artificial (Diana)' , un ensayo que plantea un concepto central, el de la "conciencia delegada". Es decir, qué ocurre cuando dejamos en manos de la tecnología nuestra atención, nuestra memoria, nuestras decisiones e incluso la gestión de nuestras emociones . En conversación con MARCA Bienestar, Conangla no pide frenar el progreso, pide algo más difícil: detenerse a decidir qué podemos delegar y qué debemos preservar para seguir siendo autónomos.
Su punto de partida es el equilibrio entre quienes temen que la IA acabe con nosotros y quienes la adoran. Para ella, la clave está en considerarla, al menos de momento, una herramienta : "No hay una persona detrás, no tiene conciencia" , recuerda, aunque sea cada vez más autónoma y tome iniciativas. Por eso insiste en que somos los humanos quienes debemos manejarla con conciencia. El riesgo aparece cuando se pierde esa autonomía, y el primer síntoma, según la psicóloga, es la memoria. Asegura que ya estamos externalizando buena parte de ella, y que lo hacemos a una máquina cuya memoria no es significativa, porque no está ligada a las emociones. Es una memoria de datos planos que se acumulan sobre nosotros, y eso, advierte, es "muy arriesgado".
Conangla describe con precisión cuándo la ayuda se convierte en dependencia. Ocurre cuando la atención se dispersa hasta el punto de no poder sostenerla en profundidad, cuando estamos más pendientes de la máquina que de la persona que tenemos delante, cuando las relaciones personales se resienten o cuando preferimos relacionarnos con una IA antes que con alguien en directo. También cuando la inseguridad crece tanto que consultamos cada decisión a la inteligencia artificial: qué digo, qué hago, qué opinas . Ahí, explica, entramos en el terreno de la dependencia y, a veces, de la adicción . De ahí su frase más contundente: el peligro no es que las máquinas despierten, sino que nosotros nos quedemos dormidos.
Frente a ese riesgo, la psicóloga propone un entrenamiento diario, y lo primero es no perder el lenguaje. Al libro le dedican un capítulo entero, porque creen que estamos cediendo la palabra oral y escrita: "léeme esto, resúmelo, exprésalo por mí, prepárame la conferencia" . Su alternativa es que seamos nosotros quienes escribamos y usemos la tecnología como apoyo para ordenar las ideas o para que nos haga preguntas difíciles sobre lo que hemos escrito. A eso suma otra capacidad que considera la alfabetización de este siglo : saber qué preguntar, cuestionar y no quedarse con la primera respuesta que llega. Y una tercera, proteger la intimidad, sin depositar aspectos sensibles de nuestra vida en sistemas muy opacos de los que no sabemos qué harán con esa información.
Pero entrenar la mente no basta . Conangla defiende que hay que compensar todo lo que la IA no puede darnos, poniéndolo "en el otro plato de la balanza": la pausa, la reflexión, la belleza, el arte, lo manual, la naturaleza, el abrazo, el contacto, la danza. Y reservar tiempo para otra persona en un espacio protegido, libre de tecnología, donde alguien habla y el otro simplemente escucha.
Para la psicóloga, el verdadero lujo de nuestra época es la capacidad de encuentro: dejar que el tiempo fluya y que las palabras, las emociones y el "ping-pong intelectual" lleven la conversación adonde quieran, sin la dictadura del horario ni del "hacer, hacer, hacer". Pasar de la dimensión del hacer a la del ser. "Eso no se puede pagar" , resume. Es una idea que conecta con el día a día de cualquiera, con esas comidas que se quedan a medias porque hay una llamada o una reunión esperando, y con las sobremesas que ya casi nadie se permite.
Los tres hábitos para cuidar la conciencia en tiempos de IA
Sus tres hábitos para cuidar la humanidad en la era de la IA van en esa línea:
Dejar tiempo al encuentro y estar realmente presentes , creando en casa espacios sin tecnología: una cesta a la entrada donde se deja todo, comidas sin pantallas, media hora de lectura cada uno con su libro y algo de música. Con los más pequeños, además, juego, ternura, abrazo y risa, porque los niños que conocen el placer del encuentro real, sostiene, no se dejan abducir por la máquina.
Cuidar la corporalidad: deporte, caminar en la naturaleza, respirar, hacer pausas y regalarse silencio para poder reflexionar
Hacerse preguntas antes de aceptar lo que propone la IA: si está en línea con mis valores, si me hará mejor persona, si hará del mundo un lugar más pacífico o empeorará el clima emocional global.
Conangla cierra con una advertencia y una invitación. Las máquinas avanzan muy rápido y nadie sabe bien hacia dónde, pero los fenómenos emocionales y éticos que nos humanizan necesitan procesos y tiempos más largos. Por eso pide poner atención en cuidar precisamente esa área, la que nos diferencia de la robotización y la uniformidad. "Es nuestro mayor tesoro", concluye: la conciencia.



