¿Qué pensarán de mí? Cómo dejar de preocuparte por lo que los demás piensan de ti
Un futbolista, un filósofo y un campeón de la UFC coinciden en una idea clave: no puedes controlar lo que los demás piensan de ti, pero sí la persona que decides ser cuando llegan las críticas, las dudas y la presión

Hay una escena que se repite constantemente en redes sociales. Publicas algo y recibes veinte comentarios positivos. Uno te critica. ¿Cuál recuerdas? Exacto: el negativo. Puedes tener delante a varias personas diciéndote que lo has hecho bien y, sin embargo, tu cabeza decide quedarse con aquella que ha encontrado algo que no le gusta. Lo vemos también quienes compartimos contenidos y exponemos una parte de lo que hacemos y pensamos cada día. No es que seamos masoquistas. Nuestro cerebro está especialmente preparado para detectar amenazas y prestar atención a aquello que puede suponer un problema, no para quedarse tranquilamente disfrutando de todo lo que funciona. Y cuando esa tendencia se mezcla con la necesidad de gustar a todo el mundo, aparece una trampa especialmente peligrosa: empezar a vivir en función de lo que los demás puedan pensar de nosotros.
Mikel Vesga, futbolista del Almería y exjugador del Athletic Club, lo explica desde su propia experiencia. Preguntado, en una entrevista en el diario AS, por si fue excesivamente exigente consigo mismo durante su etapa en San Mamés, respondió con una frase que va mucho más allá del fútbol: "Soy una persona a la que le ha afectado mucho el qué dirán, el qué pensarán de mí. Quiero contentar a todos , me pongo siempre una presión excesiva y eso en muchos momentos me ha dado una mala pasada". Después habla de algo todavía más interesante: de cómo percibe el reconocimiento de la grada, de los días en los que San Mamés se levanta y de aquellos otros en los que las cosas no salen. Porque también ha entendido que hay jugadores que "entran mejor por el ojo" que otros . Y lo acepta. Esa aceptación es probablemente una de las partes más difíciles del proceso: entender que no todo el mundo tiene que entenderte, admirarte o incluso aprobarte.
La cuestión es que las expectativas de los demás pueden acabar convirtiéndose en una jaula. El filósofo belga Laurent de Sutter lo expresa, en una entrevista en XL Semanal, de una manera extraordinariamente potente cuando habla de la posibilidad de escapar de ellas: "Tienes que atreverte a decepcionar para poder reabrir puertas que tus expectativas habían cerrado. Ese es el placer de decepcionar". La frase puede resultar incómoda, pero precisamente por eso merece la pena detenerse en ella. Porque quizá una parte de crecer consiste en asumir que vas a decepcionar a alguien. A tu familia, a un amigo, a un compañero, a alguien que te sigue en redes o incluso a una versión anterior de ti mismo. Y eso no significa necesariamente que estés haciendo algo mal. A veces significa que estás cambiando.
Tienes que atreverte a decepcionar para poder reabrir puertas que tus expectativas habían cerrado. Ese es el placer de decepcionar
De Sutter añade una reflexión especialmente interesante cuando asegura que el deporte se ha convertido en una actividad central de nuestra época y que todo parece girar alrededor de ganar, superar límites y vencer. El problema aparece cuando trasladamos esa lógica a toda nuestra vida: cuando sentimos que tenemos que demostrar constantemente que somos buenos profesionales, buenos padres, buenos amigos, buenos deportistas o personas exitosas. Y cuando fracasamos, sentimos que hemos dejado de tener valor. Pero tu camino no es una competición contra el de los demás. No existe otra persona que haya recorrido exactamente el mismo trayecto que tú, con tus circunstancias, tus decisiones, tus miedos y tus aprendizajes. Compararte continuamente con los demás es jugar un partido con unas reglas que nunca has elegido.
Hay una pregunta que puede ayudar a poner las críticas en su sitio: ¿cuánto poder le estamos dando a una opinión externa? No todas las críticas pesan lo mismo. Antes de hacer nuestra una opinión deberíamos preguntarnos quién la está emitiendo, cuánto conocemos a esa persona, qué intención tiene, si conoce realmente nuestra situación y, sobre todo, si esa opinión nos aporta algo para seguir creciendo. Una crítica puede ser una herramienta fantástica cuando procede de alguien que nos conoce, nos respeta y quiere ayudarnos. Otra cosa completamente diferente es convertir en una verdad sobre nosotros el comentario de alguien que apenas sabe quiénes somos. Aprender a distinguir una cosa de la otra es también una forma de cuidar nuestro bienestar emocional.
Ahí aparece otra idea que conecta directamente con el carácter. Ilia Topuria lo resume en el epílogo de su ensayo Carácter, publicado en exclusiva en MARCA: "No puedo controlar por completo cómo me recordará la gente ni quiero vivir intentando dominar lo que los demás piensan de mí". Después plantea una pregunta que cambia completamente el foco: "¿Quién fui mientras todo aquello ocurría?". Es una pregunta interesante porque deja de mirar hacia fuera y obliga a mirar hacia dentro. No se trata de conseguir que todo el mundo piense bien de ti. Se trata de poder mirarte al espejo y respetar a la persona que estás construyendo . Puedes controlar muy poco la opinión ajena. Puedes controlar mucho más tus decisiones, tus valores, tu manera de responder cuando tienes miedo y la forma en la que tratas a los demás cuando las cosas van bien o mal.
No puedo controlar por completo cómo me recordará la gente ni quiero vivir intentando dominar lo que los demás piensan de mí
En el deporte, donde el resultado, la titularidad, el rendimiento y la valoración externa pueden cambiar de una semana para otra, esta diferencia adquiere todavía más importancia. Un jugador puede pasar de ser imprescindible a ser cuestionado en cuestión de días. Y si su identidad depende completamente de esa valoración externa, cada partido puede convertirse también en un juicio sobre su propia persona.
Porque vas a escuchar muchas veces frases como "a mí me gustabas más antes" o "has cambiado". La primera puede significar simplemente que alguien prefería una versión anterior de ti. La segunda puede ser cierta: probablemente has cambiado. No somos exactamente la misma persona que ayer, ni la que seremos dentro de un año. Cambiar de opinión, aprender, equivocarnos, modificar nuestras prioridades o descubrir nuevas partes de nosotros mismos no es traicionarnos. Es evolucionar. Y, como recuerda Topuria , cuando algún día desaparezcan los resultados, el reconocimiento y las luces, quedará algo mucho más difícil de arrebatar: el carácter.
Por eso quizá el objetivo no sea conseguir que deje de importarnos completamente lo que los demás piensen. Eso sería prácticamente imposible y tampoco necesariamente deseable. El objetivo es que la opinión de los demás deje de decidir quién eres. Habrá personas que no soporten verte avanzar, otras que interpreten tu crecimiento como un cambio negativo y otras que proyecten sobre ti sus propias frustraciones. También habrá personas que te inspiren y te empujen hacia arriba. La diferencia está en decidir a quién escuchas. No se trata de conseguir que todos te entiendan. Se trata de no dejar de entenderte tú por intentar gustar a todos.
5 cosas que puedes hacer para dejar de vivir pendiente de la opinión de los demás
No te tomes todo como algo personal. Antes de asumir que una crítica define quién eres, pregúntate qué parte habla realmente de ti y qué parte pertenece a la otra persona.
Para y respira antes de reaccionar. Una crítica recibida en caliente puede parecer enorme. Date unos minutos, aléjate de la pantalla y vuelve a ella cuando la emoción haya bajado.
Mira tu propio recorrido. Cuando aparezca la comparación, recuerda de dónde vienes, qué has superado y cuánto has aprendido. Tu trayectoria contiene información que ningún comentario externo puede conocer por completo.
Pregúntate cuánto importa realmente esa opinión. ¿Quién lo ha dicho? ¿Esa persona conoce tu historia? ¿Hay algo útil que puedas aprender? Si la respuesta es no, quizá no merezca ocupar tanto espacio en tu cabeza.
Cambia la pregunta. En lugar de pensar "¿qué pensarán de mí?", prueba con "¿estoy actuando de acuerdo con mis valores?". No puedes controlar la opinión de los demás, pero sí puedes trabajar para que, cuando te mires al espejo, te guste la persona que estás construyendo.


