Benja Noval, el niño del doble arcoíris que hace que el ciclismo español encuentre una bomba: "Nada igual"
Formado por la academia de Samuel Sánchez y fichado por INEOS, el nuevo fenómeno del ciclismo español corre -a sus 17 años- con la ambición de una estrella mientras termina bachillerato

Benja Noval todavía no parece haberse acostumbrado del todo al maillot arcoíris. Se lo pone, habla con él encima y camina por el hotel de Montreal con esa mezcla extraña de orgullo y naturalidad de quien empieza a entender que su vida acaba de cambiar, pero todavía no sabe exactamente cuánto. A unos metros están sus compañeros. Algunos escuchan la entrevista. Otros pasan, saludan, sonríen y miran ese jersey con la familiaridad de quien ha compartido habitación, comidas, entrenamientos, nervios y carreras con el chico que ahora aparece en todas partes. "No hay nada igual. Al menos desde El Tarangu", recuerda Alejandro Torralbo , el mecánico de la Selección que lleva toda una vida en esto. Noval habla despacio. No existe en él la excitación exagerada que uno podría esperar de alguien de 17 años que acaba de conquistar dos Mundiales en apenas unas horas de diferencia. Está feliz, evidentemente, pero sobre todo parece estar intentando comprender qué demonios acaba de ocurrir.
Hace unos días era una de las mayores promesas del ciclismo español y ahora es otra cosa. Ahora tiene dos arcoíris. Y ésa es una frontera difícil de cruzar sin que cambie todo alrededor. Hasta Montreal podía refugiarse todavía en esa palabra tan cómoda como peligrosa que acompaña a todos los adolescentes excepcionalmente buenos: futuro. El futuro permite esperar, equivocarse, imaginar. Uno puede ser el futuro durante años sin necesidad de ganar nada demasiado importante. Montreal ha destruido esa protección. Campeón del mundo júnior de contrarreloj y campeón del mundo júnior en ruta. Ya no hace falta proyectarlo cinco años hacia delante para justificar la expectación. Ha empezado a ganar ahora.
"Yo no he visto nada así, nada igual. Al menos desde la época de 'El Tarangu
Lo curioso es que él parece empeñado en seguir siendo el mismo. Debajo del arcoíris continúa habiendo un chico que tiene que sacar adelante segundo de Bachillerato , que intenta no leer demasiado lo que se publica sobre él, que sabe que en España existe alrededor de su figura una presión creciente y que cuando vuelve a casa tiene una persona especialmente poco interesada en alimentar su ego: su padre. Los Noval hablan mucho de ciclismo. Sería imposible que no fuese así. Benjamín Noval González estuvo durante años en el pelotón profesional, corrió al lado de Lance Armstrong , fue gregario de Alberto Contador y conoció ese ciclismo que casi nunca aparece en las fotografías de victoria: el de tirar del grupo, proteger al líder, buscar bidones, pasar horas trabajando para que otro pudiera levantar los brazos.
Su hijo creció viendo desde cerca el lado menos romántico del oficio. No sólo las victorias, sino las concentraciones, los viajes, el cansancio, las derrotas y esa disciplina diaria que separa la vida del profesional de la imagen que después llega a televisión. Cuando padre e hijo hablan después de una carrera, Benja tiene una preferencia: quiere escuchar lo que ha hecho mal. Los aciertos ya los conoce. Los ha visto todo el mundo. Quizá sea una de las pequeñas claves que explican por qué, a los 17 años, corre algunas veces con una madurez impropia de un júnior. No es que no cometa errores. Los comete. Tampoco es que siempre interprete correctamente las carreras. Lo sorprendente es la velocidad a la que parece procesarlas. Aprende rápido. Recuerda. Corrige.
Montreal fue, precisamente, una historia de memoria. Un año antes había llegado al Mundial de Kigali con expectativas enormes y terminó marchándose con una imagen clavada en la cabeza: una caída. En la contrarreloj acabó undécimo. La clasificación decía que había terminado a 57 segundos del campeón. Él se quedó sobre todo con otra cosa, con el instante en el que todo aquello que había preparado durante meses desapareció contra el asfalto. La fotografía siguió dentro. Cuando llegó a Canadá lo reconoció a MARCA : seguía viendo aquella imagen, aunque intentaba borrarla. No quería olvidar Kigali. Quería conseguir que Kigali dejase de decidir por él. Por eso resulta tan revelador cómo corrió la contrarreloj de Montreal. El recorrido tenía 20,3 kilómetros , una primera parte técnica y bastantes curvas.
Noval salió prudente. Quizá demasiado. En el primer punto intermedio era cuarto. No quiso arriesgar una caída y durante unos minutos volvió a parecer el chico que todavía llevaba Kigali pegado a la espalda. Después apareció el otro. Cuando encontró terreno favorable, abrió completamente el gas. En el segundo punto intermedio ya era primero y desde allí no volvió a soltar el mando. Cruzó la meta en 25 minutos, 17 segundos y 35 centésimas, pero todavía no podía celebrar. Faltaba por llegar el belga Vic De Smet . Noval se quedó esperando junto al cronómetro. Seis segundos pueden ser una insignificancia en casi cualquier día de una vida. Allí fueron eternos. De Smet cruzó 6,35 segundos más tarde. Entonces levantó los brazos. Entonces Kigali dejó de ser la última imagen de un Mundial.
Aquello podía haber sido suficiente. En realidad habría sido más que suficiente. Pero dos días después Noval volvió a ponerse un dorsal y ahí terminó de aparecer el personaje. La contrarreloj había enseñado el motor. La ruta enseñó la cabeza. Noval no se limitó a esperar que la carrera se resolviese para demostrar después quién tenía mejores piernas. Corrió. Miró. Interpretó. Persiguió cuando tocaba perseguir. Se enfadó cuando quienes iban con él no entraban a los relevos. Hizo gestos. Reclamó colaboración. Y, en uno de esos momentos pequeños que suelen separar una buena carrera de una victoria enorme, detectó que algunos rivales aprovechaban para beber. Él aprovechó para atacar . Unos bajaron la mirada hacia el bidón. Noval miró hacia delante. Y se fue. Hay ciclistas que tardan años en desarrollar ese instinto . El suyo aparece ya de vez en cuando, aunque todavía sea imposible saber cuánto existe de intuición y cuánto de formación.
No hay que meterle más presión de la que ya tiene, toca dejarle crecer
Lo cierto es que cuando abrió hueco ya nadie pudo devolverlo al grupo. Montreal había encontrado de nuevo al mismo ganador. Dos carreras. Dos oros. Dos arcoíris. El doblete colocó inmediatamente su nombre junto al de Remco Evenepoel , que había conseguido la misma hazaña como júnior en 2018. Y cuando Noval celebró utilizando el gesto de la pistola aparecieron también las comparaciones con Alberto Contador. Todo resulta inevitable. Y probablemente injusto. A un chico excepcionalmente bueno se le busca siempre un adulto extraordinario al que parecerse. Uno corre como Remco. Otro sube como Contador. Otro recuerda a Pogacar . Las comparaciones sirven para explicar rápidamente aquello que todavía no conocemos. Noval intenta no entrar demasiado en ese juego. Cuando le preguntan por ser el nuevo Contador responde con respeto, incluso con ilusión, pero devuelve siempre la conversación hacia un lugar bastante más sencillo: quiere convertirse en el mejor corredor que él pueda ser.
Lo complicado será descubrir qué significa exactamente eso, porque Benja Noval todavía no tiene una etiqueta clara como ciclista y quizá ésa sea una de las cosas que más ilusionan a quienes lo siguen desde hace años. Sube bien, pero no es únicamente escalador. Tiene potencia. Rueda. Le gusta la contrarreloj. Resiste esfuerzos largos. Puede cambiar de ritmo. Entiende bien las carreras quebradas y parece especialmente cómodo cuando una prueba obliga a hacer muchas cosas diferentes en pocas horas. En el Campeonato de España júnior ganó la crono y después reventó la carrera en línea atacando a unos 30 kilómetros de meta hasta construir una ventaja superior a cuatro minutos . No fue una victoria. Fue una demolición.
Y después está el ciclocross . Cuando llega el invierno, Noval también se mete en el barro. En el último Mundial terminó cuarto, cerca de corredores criados en países donde esa especialidad forma parte casi de la cultura ciclista. El ciclocross le ha enseñado otra bicicleta: curvas imposibles, aceleraciones constantes, barro, colocación, técnica, capacidad para improvisar cuando la carrera deja de obedecer cualquier plan. Todo va sumando. Quizá dentro de cinco años resulte evidente qué clase de ciclista es. Ahora no. Ahora parece muchas cosas a la vez.
En eso se parece bastante al ciclismo que viene. Durante décadas, el desarrollo de un corredor seguía etapas bastante reconocibles: júnior, sub-23, algunos años aprendiendo entre profesionales y, con suerte, llegada a la madurez. Ese modelo empieza a parecer antiguo. Los grandes equipos rastrean cada vez antes a los mejores adolescentes, estudian sus datos, siguen su evolución física, analizan su aerodinámica y diseñan planes a largo plazo antes incluso de que entren en el WorldTour . INEOS fichó a Noval en junio de 2025 . No esperó al doblete de Montreal. No necesitaba esos dos arcoíris para saber que había algo diferente. El director de rendimiento de la estructura británica, Scott Drawer , ha destacado su inteligencia sobre la bicicleta, su madurez y su capacidad para rendir en escenarios competitivos. Dentro del equipo creen que puede convertirse en un corredor “muy especial”. La palabra pesa. Especial. No campeón. No ganador de grandes vueltas. No futuro vencedor del Tour. Especial. Quizá sea la única definición razonable a los 17 años.
Porque en su formación hay otra figura que aparece inevitablemente cuando se intenta explicar cómo ha llegado hasta aquí: Samuel Sánchez . Noval creció deportivamente en el MMR Academy , el proyecto del campeón olímpico asturiano. Samu habla de él desde una cercanía que va mucho más allá de la relación entre entrenador y corredor. “Es como un hijo para mí”, resume. Y, precisamente por eso, su mensaje después del estallido de Montreal no tiene que ver con acelerar todavía más. Tiene que ver con frenar: "con dejarlo crecer". Con no convertir cada carrera de un adolescente en un examen sobre su futuro. Con no transformar dos maillots arcoíris en la obligación de ganar un Tour que ni siquiera ha corrido. Será difícil.
Porque en 2027 llegará INEOS y Noval entrará directamente en el profesionalismo. De repente dejará de competir contra chicos de su edad. A su alrededor habrá corredores con diez años de WorldTour, campeones, especialistas y veteranos capaces de hacerle descubrir en una tarde todo lo que todavía desconoce. Él parece asumirlo. No habla de llegar y ganar. Habla de aprender, de ayudar, de adaptarse, de descubrir cómo responde su cuerpo a carreras más largas y esfuerzos diferentes. Después sí aparece el sueño: el Tour de Francia . Y ganar algún día una etapa. Lo dice sin grandilocuencia, casi como quien menciona un lugar al que le gustaría viajar. Queda lejísimos. Aunque últimamente todo en su vida parece estar llegando demasiado rápido.
Le espera la 'Corona Británica'
Hace no tanto era el hijo de un ciclista profesional. Después pasó a ser el chico bueno del MMR. Luego la gran joya española. Después el fichaje de INEOS. Después campeón del mundo. Y apenas 48 horas más tarde, doble campeón del mundo. Ahora está sentado en un hotel de Montreal con el arcoíris puesto mientras sus compañeros lo escuchan hablar. Algunos sonríen. Él también. Dentro de poco volverá a casa. Estarán su familia, los entrenamientos, los libros, los exámenes y seguramente alguna conversación con su padre en la que habrá menos espacio para los dos oros de Montreal que para aquella curva en la que podría haber entrado mejor. Puede que ésa sea su mayor suerte. El ciclismo empieza a verlo como una estrella. En casa todavía pueden seguir tratándolo como a Benja . Y Benja, por ahora, parece bastante interesado en continuar siéndolo.



