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Brandon McNulty, el gregario de Pogacar que salió de la sombra para vestirse de arcoíris: "Un milagro"

El ciclista del UAE vive su particular sueño americano en una ciudad que siempre le sonríe y recoge el testigo de su líder Tadej

Nacho Labarga1024 palabras

Montreal ya era un lugar especial para Brandon McNulty antes de convertirse en el escenario de su vida . Allí había ganado, allí había sentido alguna vez que podía levantar los brazos sin mirar quién venía detrás y allí terminó encontrando lo que durante años parecía reservado para otros. Para Pogacar , para Van der Poel, para los nombres que llegan a una carrera con el foco encendido antes incluso de tomar la salida. McNulty pertenecía a otra estirpe: la de los corredores que siempre están, que trabajan, que sostienen, que aparecen cuando la carretera se pone seria, pero que pocas veces salen en el centro exacto de la fotografía. Hasta que una tarde de septiembre decidió atacar y no volver a mirar atrás.

Lo hizo a más de 30 kilómetros de meta, en ese territorio donde una ofensiva puede ser una genialidad o una condena. Detrás quedaron las dudas, los cálculos y la vigilancia entre favoritos. Delante, solo carretera. McNulty pedaleó como si aquello fuera una contrarreloj eterna, como si todos los años de trabajo oscuro dentro del UAE se hubieran resumido de repente en una única misión: resistir. “Hasta los últimos cien metros no me lo creía realmente”, contó después. Estaba vacío, roto, casi sin fuerzas. Pero seguía allí. Y mientras él seguía allí, el arcoíris empezaba a acercarse.

Quizá por eso eligió una palabra inesperada para explicar lo ocurrido: “ milagro ”. “Sabía que haría falta un milagro, e imagino que hoy se ha producido un milagro”. No era exactamente eso, claro. Los milagros no ganan etapas del Giro , no se convierten en campeones nacionales contra el reloj, no terminan entre los mejores en unos Juegos Olímpicos ni acumulan victorias durante años en el WorldTour . Pero McNulty llevaba demasiado tiempo viviendo junto a los gigantes como para no sentir algo parecido cuando por fin la historia decidió abrirle la puerta.

Nació en Phoenix , Arizona, el 2 de abril de 1998 , en un paisaje bastante alejado de las montañas europeas que terminarían definiendo su carrera. Empezó sobre una bicicleta de montaña y muy pronto descubrió que poseía un motor extraordinario para sostener esfuerzos largos. La contrarreloj fue su primera forma de hacerse notar. Campeón estadounidense júnior, bronce mundial primero y campeón del mundo de la especialidad después, McNulty apareció en Europa como uno de esos talentos que parecen llevar un futuro enorme escondido bajo el casco.

El problema es que después llegó una generación que cambió las dimensiones del ciclismo. Corredores capaces de ganar clásicas, grandes vueltas, mundiales y carreras de cualquier naturaleza empezaron a ocuparlo todo. McNulty siguió progresando, pero sin estridencias. Se hizo profesional con Rally Cycling , ganó el Giro de Sicilia en 2019 y terminó entrando en UAE Team Emirates en 2020. Allí aterrizó en el mismo momento en que Pogacar empezaba a convertir el ciclismo en su territorio.

Compartir equipo con un corredor así tiene algo de privilegio y algo de condena. Permite vivir muy cerca de las victorias más grandes, pero también obliga muchas veces a aceptar que la gloria tendrá otro dueño. McNulty aprendió ese oficio. Tiró, seleccionó grupos, trabajó en montaña y se convirtió en una de esas piezas que los líderes buscan cuando la carrera empieza a doler de verdad. Nunca fue únicamente un gregario , porque cuando recibió libertad también ganó. Pero durante muchos años fue identificado precisamente por eso: el estadounidense fortísimo que trabajaba para Pogacar .

Y quizá ahí esté la esencia de su historia. McNulty nunca pareció rebelarse contra su papel. No necesitaba presentarse cada semana como jefe para saber cuánto valía. Encontró una especie de equilibrio entre el servicio y la ambición propia, entre trabajar para el mejor ciclista del mundo y aprovechar los pequeños espacios que el calendario iba dejando libres. Ganó en el Giro , vistió el rojo de La Vuelta , fue campeón de Estados Unidos contra el reloj, estuvo cerca de las medallas olímpicas y fue llenando un palmarés mucho más importante de lo que su perfil bajo podía sugerir. Hasta que apareció Montreal.

En 2025 ya había conquistado el Grand Prix de la ciudad canadiense. Aquello pareció entonces otra buena victoria dentro de una trayectoria sólida. Un año más tarde adquirió otra dimensión. Montreal tenía algo que encajaba con él: repechos constantes, desgaste, acumulación de esfuerzo y la obligación de seguir haciendo fuerza cuando la explosividad inicial ya se ha apagado. Era un circuito para ciclistas resistentes , para corredores capaces de vivir durante horas en el límite sin hacer demasiado ruido.

McNulty conocía esas carreteras. Quizá también ellas lo conocían a él. Cuando atacó en el Mundial , nadie sintió inmediatamente que estuviera viendo el movimiento ganador. Esa fue posiblemente su gran ventaja. Los favoritos se vigilaron, esperaron una respuesta ajena, calcularon cuánto quedaba. McNulty no calculó. Pedaleó. Cada segundo que ganaba añadía una nueva capa de incertidumbre detrás y una nueva posibilidad delante. Poco a poco, aquella fuga empezó a dejar de parecer una aventura.

Luego llegó el sufrimiento . El cuerpo encogido sobre la bicicleta, la mirada perdida hacia adelante, la sensación de que el pelotón podía aparecer en cualquier momento. Pero no apareció. Y cuando McNulty alcanzó los últimos cien metros entendió por fin que esta vez nadie iba a pasarle. Durante años había trabajado para llevar a otros hasta ese punto. Ahora estaba solo.

A los 28 años , Brandon McNulty cruzó la meta convertido en campeón del mundo . Probablemente el arcoíris no cambie completamente su forma de correr. Seguirá teniendo días de trabajo, seguirá poniéndose al servicio de compañeros y seguirá compartiendo equipo con Pogacar , el hombre alrededor del cual gira buena parte del UAE . Pero hay sombras de las que uno sale para siempre.

Porque cuando vuelva a tirar del pelotón ya no será únicamente el gregario de lujo. Cuando vuelva a atacar, nadie dejará tantos segundos de margen. Y cuando regrese a Montreal , podrá mirar aquellas calles sabiendo que allí sucedió algo que ni siquiera él terminaba de creer. Lo llamó milagro. Quizá fuera simplemente el ciclismo devolviéndole, de una vez, todo lo que llevaba años entregando.

McNulty, en el podio. UCI
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