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Valentí Sanjuan: "He estado arruinado, me cortaron el agua y la luz y murió mi madre de cáncer"

El deportista y creador de contenido habla con MARCA sobre su nuevo libro, las heridas de su pasado, los ataques en redes y el precio de sus desafíos

Nacho Labarga3278 palabras

Valentí Sanjuan ha aprendido a convivir con el dolor, aunque no siempre ha sabido cómo derrotarlo. Ha cruzado países en bicicleta, se ha enfrentado a pruebas extremas y ha convertido el deporte en su forma de entender la vida. Pero ninguna carrera le preparó para escuchar cómo se rompía su tendón rotuliano y pensar que quizá nunca volvería a correr. Ahora, a sus 45 años, presenta Nunca dejes que un imbécil te diga qué puedes hacer y qué no, un libro que también habla de los golpes que no dejan cicatriz.

Pregunta. Su libro se titula 'Nunca dejes que un imbécil te diga qué puedes hacer y qué no'. ¿Quién fue el que más le hizo dudar de sí mismo?

Respuesta. Uno mismo ya duda de sí mismo. Supongo que le pasará a todo el mundo en algún momento. Es imposible que no haya situaciones en las que dudes de ti. En el libro aparecen algunos mensajes bastante jodidos que recibí justo después de la lesión. De hecho, en el primer capítulo, al lado de una fotografía de mi rodilla abierta en canal, aparece uno que dice literalmente: "No volverás a andar, gordo de mierda. Olvídate de las carreras. A todo cerdo le llega su San Martín". Cuando estás en un momento complicado, en el hospital, viendo tu rodilla abierta por la mitad, y recibes mensajes así, hostia... Tú mismo ya tienes dudas. El propio doctor te está diciendo, con toda sinceridad, que van a intentar hacer una obra maestra, pero que habrá que ver si puedes volver a correr o a montar en bici. Es entonces cuando aparecen todos los fantasmas. En una ultra, un Ironman o un Ultraman puedes tener dudas, pero aquí el reto no era deportivo. El reto era saber si volvería a andar. Y si a eso le añades algo tan bonito a veces, pero también tan hijo de puta como las redes sociales, puedes llegar a dudar seriamente de si vas a salir de esa.

Cada mensaje que recibía mientras estaba lesionado era una puñalada. Algunos vídeos todavía no he sido capaz de verlos

P. ¿Alguna vez ese imbécil ha sido usted mismo, hablándose a sí mismo?

R. Sí. Quien no haya dudado de sí mismo alguna vez, que tire la primera piedra. Creo que dudar también es bueno. La putada llega cuando esas dudas o esos miedos te incapacitan, tanto si vienen de fuera como si vienen de ti mismo. A mí, cuando pensamos en hacer la Madrid-Lisboa, los diez Ironman o los cinco maratones en cinco días y cinco continentes, una de las cosas que más me motiva es que me dé miedo. Decir: "Guau, no sé si voy a ser capaz, no sé si voy a conseguirlo". Muchas veces pienso que es imposible y precisamente eso me hace buscar las grietas para intentar convertirlo en algo posible. El problema aparece cuando el miedo te paraliza, cuando te frena constantemente. Ahí es cuando hay que encontrar soluciones.

Cuando estaba en el hospital me escribieron: 'No volverás a andar, gordo de mierda. A todo cerdo le llega su San Martín'

P. Cuando le dijeron que quizá no volvería a correr, ¿qué pensó que iba a perder, además del deporte?

R. Mi vida. Lo comentaba el otro día en la presentación del libro. Hay un momento de la lesión que recuerdo perfectamente: el choque, la explosión del tendón rotuliano, el ruido y después el desgarro, como si estuvieras rompiendo una tela. Sientes un dolor físico tremendo, pero ese dolor puede durar uno, dos o tres minutos. Luego el propio cuerpo desconecta un poquito porque no lo aguantarías. Recuerdo que, cuando estábamos en el ambulatorio, yo seguía llorando desconsoladamente y la persona que me acompañaba me preguntó: "¿Ahora mismo estás sintiendo dolor físico?". Me di cuenta de que no. Entonces me preguntó por qué lloraba. Y era porque estaba empezando a asumir que quizá no volvería a correr, que quizá no volvería a montar en bici o a vivir todas esas aventuras. Todavía no habíamos llegado al hospital ni sabíamos exactamente qué me había roto.

Cuando he pasado por una depresión o he tenido mucha ansiedad, lo que me ha salvado ha sido salir a correr o montar en bici

P. ¿Hasta ese punto identifica su vida con el deporte?

R. Totalmente. De joven leía muchísimo y recuerdo que en La trilogía de Nueva York hay una reflexión sobre las palabras y su significado. Si un paraguas está roto y ya no sirve para protegerte de la lluvia, ¿podemos seguir llamándolo paraguas? Aquello me marcó. Cuando alguien me pregunta qué soy o qué hago, no respondo con una profesión o un cargo. Respondo con aquello que me hace feliz: las aventuras, los retos, desafiarme a mí mismo, hacer documentales... Todo eso forma parte de mí. Y cuando pensé que quizá dejaría de hacerlo, me pregunté: "¿En qué me voy a convertir? ¿Quién voy a ser a partir de ahora?". Los primeros tres o cuatro días, hasta la operación, fueron muy duros. Después hablas con médicos, fisios y recuperadores y empiezas a entender que, aunque el camino será largo y complicado y quizá no salga todo perfecto, posiblemente podrás volver a correr o montar en bicicleta.

Mi médico me dijo que podía correr siete maratones en siete continentes, pero que aquello no iba a salirle gratis a mi cuerpo

P. Antes hablaba de los mensajes que recibía mientras estaba en la cama. ¿Le motivaron o hubo momentos en los que tuvo que apartar el móvil?

R. Podría contarte la versión oficial, la que queda muy bien: que esos mensajes no me afectan, que me hacen más fuerte, que son gasolina para la siguiente victoria. Quedaría precioso decirlo. Pero la realidad es que, durante aquellos primeros días, cada mensaje era una puñalada. Y ahora, al recordarlo, tengo que contenerme para que no se me rompa otra vez la voz. Algunos no eran mensajes anónimos, sino vídeos de personas que decían cosas como: "Me bajo de este barco porque esta rodilla la volverás a romper". Te juro que empezaba a ver esos vídeos y tenía que quitarlos antes de terminarlos. Algunos todavía hoy no he sido capaz de verlos. Evidentemente, me quedé con la matrícula de quienes los hicieron.

Soy un traumado. Muchas de las cosas que he conseguido vienen de frustraciones que arrastro desde joven

P. ¿Le hicieron más daño del que reconocía públicamente?

R. Muchísimo. Aunque no quieras leerlos, te los encuentras. Estás haciendo contenido para distraerte o documentar la recuperación y de repente aparecen. Es muy fácil decir que a palabras necias, oídos sordos, o pensar que detrás de una pantalla hay un amargado al que todo le da igual. Pero a mí me jodieron bastante. Ha pasado un año, la rodilla ya va de puta madre y, aun así, cuando recuerdo aquellos mensajes, sigo recordando momentos muy jodidos. Y eso que me considero una persona bastante fuerte de cabeza. Pues también me tocaron.

Si algún día me quitan el deporte, me arrancan una parte muy importante de mi vida

P. Siempre ha contado que el deporte le ha ayudado a salir de etapas oscuras. Cuando no podía entrenar, ¿cómo se sostenía?

R. El deporte siempre ha sido mi manera de regularme. Cuando he tenido mucha ansiedad, estrés o he pasado por una depresión más o menos profunda, lo que me ha servido ha sido ponerme las zapatillas, el casco o las mallas y salir a correr o a montar en bici, de madrugada, por la tarde o cuando fuera. Los tres primeros meses de la lesión fueron durísimos porque me prescribieron prácticamente no salir de casa, estar tumbado en el sofá o en la cama con la pierna en horizontal. Justo yo, que siempre estoy diciendo que el sofá no os coma. La ansiedad me comía. Las ganas de recuperarme también. Estar activo es algo que me gusta muchísimo, aunque seguramente en mi caso tenga incluso un punto de adicción.

Con 17 años debuté en Tercera División y pensaba que sería futbolista. Todavía tengo aquella espina clavada

P. ¿Qué fue lo más difícil de ese encierro?

R. No poder hacer lo que siempre me había ayudado mentalmente. Vivimos enganchados a las pantallas y, para mí, salir de la oficina para hacer el entrenamiento del día también es una forma de desconectar. Durante la lesión me planteaba que, si algún día me quitaban definitivamente el deporte, me estarían arrancando una parte importantísima de mi vida. Por eso también digo a quienes pueden hacer deporte y no lo hacen que no desaprovechen esa oportunidad. No hace falta correr un Ironman o un Ultraman. Basta con salir a pasear, hacer rodillo, subirse a una cinta o ir al gimnasio. Especialmente al aire libre. Es una manera de combatir el estrés, cambiar el estado de ánimo y tener una vida más sana, sobre todo por dentro.

Perder mi trabajo en Catalunya Ràdio fue una frustración enorme. Llevaba diez años preparándome para cumplir aquel sueño

P. ¿Recuerda el primer día que pudo volver a entrenar?

R. Perfectamente. Cuando me dejaron subirme al rodillo, lo coloqué junto a una especie de escalera de emergencias que tenemos en casa. Sacaba medio rodillo al exterior para que me diera un poquito el sol. Y cuando me autorizaron a salir en bici, en pleno enero, con unos diluvios tremendos en Barcelona, salía todos los días. Me decían: "¿Pero qué haces saliendo con este tiempo?". Y yo contestaba: "A tomar por culo, no me voy a quedar en casa ni un día más". Aquello me devolvió la vida. Absolutamente.

P. ¿Alguna vez ha confundido la valentía con hacer una estupidez?

R. Seguro que muchas veces. Hay una canción de Vetusta Morla que dice que ser valiente no es solo cuestión de suerte. Y a veces ser valiente puede salirte muy caro. Una de las locuras que peor me pudo salir fue la Madrid-Lisboa. Son 770 kilómetros en bicicleta de montaña, con un máximo de 55 horas, prácticamente sin parar de pedalear ni de dormir. La intenté tres veces y la conseguí a la tercera. Pero el primer año cometí un error enorme.

R. Llevábamos unas 40 o 45 horas pedaleando. Era la segunda noche, caía un diluvio tremendo y estábamos por la zona de Cedillo. Sobre la una de la madrugada me caí en una especie de trialera, en un bosque bastante cerrado. Me encontraron más de dos horas después, sobre las tres de la mañana, inconsciente. Medio de milagro. Si no llegan a encontrarme o me golpeo un poco más fuerte en la cabeza, a saber qué habría pasado. Ahí me pasé de listo. Pensaba que estaba preparado para algo para lo que realmente no lo estaba. Fue un gran error.

P. Sin embargo, volvió a intentarlo.

R. Sí, pero aprendimos. Al año siguiente fuimos mucho mejor preparados y aun así llegamos fuera de tiempo. Cuando alcanzamos aquel mismo punto, sabíamos que podíamos intentar pasar por sitios complicados, pero dije que nos habíamos quedado fuera y que ya estaba. Al tercer año nos entrenamos todavía más, nos preparamos mejor y conseguimos llegar a aquel lugar cinco horas antes. Terminamos la Madrid-Lisboa de una manera mucho más segura. Los que somos unos flipados y unos motivados podemos pecar de valientes. Seguro que todavía me pasa. Pero también me he llevado unas cuantas lecciones. Aunque, cuando uno es cabezota, lo es toda la vida.

P. ¿Qué ha hecho delante de una cámara que no habría hecho estando solo?

R. Seguramente muchas cosas. Alguien puede interpretarlo como fanfarronería o como una manera de aparentar, y lo entiendo. Pero yo siempre he utilizado la cámara también como un truco para motivarme. Durante la recuperación me ayudó muchísimo documentar cada día. Había jornadas en las que estabas peor, en las que sentías mucho dolor o veías que habías avanzado dos pasos y al día siguiente retrocedías uno. Había momentos en los que habría dicho: "Hoy no hago electroestimulación, ni sentadillas, ni nada". Pero sabía que tenía que grabar el vídeo del día y eso me obligaba a encontrar un poquito más de fuerza.

P. ¿La cámara se convierte entonces en una obligación?

R. También en un compromiso. Me ha pasado con algunas carreras. Tenía muchísimas ganas de hacer un reto, pero me daba miedo y no terminaba de atreverme. Hasta que un día cogía la cámara y decía: "Chicos, estoy cagado de miedo, no sé si lo vamos a conseguir, pero vamos a enfrentarnos al doble Ultraman". Una vez lo había publicado, ya tocaba ponerse a trabajar. Convertir el miedo en un motor. Calcular los meses que faltaban, las horas de entrenamiento, los hábitos que debía cambiar, la preparación mental... Y además había compartido esa ilusión con mucha gente. No querer defraudarles también te da un aliciente extra.

P. ¿Hay alguien que le quiera y que prefiera que no haga su próximo reto? ¿Alguien que le diga que ya está bien?

R. Te voy a contar lo que me dijo mi médico, el doctor Sánchez Soler, que ha hecho una auténtica obra de arte con mi rodilla. Le estaba explicando que la semana siguiente nos íbamos a la Titan Forest Patagonia y después directamente a la Titan Desert México. Me dijo que para pedalear estaba al cien por cien, que había recuperado mucha musculatura y que la bicicleta no tenía impacto. Ya en Marruecos había estado a un nivel muy alto. Entonces le comenté que después empezaríamos a preparar los siete maratones en siete días y siete continentes, pasando también por la Antártida, que era lo que estábamos preparando antes de la lesión.

R. Me miró muy serio y me dijo: "No tengo ninguna duda de que lo vas a conseguir. No tengo ninguna duda de que la rodilla y la pierna van a aguantar. Sé que lo prepararás bien con Adrián Zabala, tu recuperador. Pero tampoco tengo ninguna duda de que esto no va a ser gratis". Me lo dijo muy seriamente. Que aquello tendría un precio para mi cuerpo, para mi rodilla y para mi físico. Y yo le contesté que llevaba quince años haciendo estas aventuras y que era perfectamente consciente de que nunca salen gratis.

P. ¿Le compensa pagar ese precio?

R. Sí, porque lo que me pueden quitar físicamente estos retos me lo devuelven con creces en ilusión, felicidad y motivación. No voy a decir que correr siete maratones en siete días sea algo supersano. Lo sano es todo el proceso: entrenar, alimentarte bien, descansar, cambiar hábitos... Pero el reto extremo tiene un coste. Eso lo sé. Ahora bien, despertarme a las seis de la mañana para doblar entrenamiento cuando podría dormir hasta las siete y media, y hacerlo con ganas porque tengo un objetivo, me parece maravilloso. Sé que, si no entreno, no cuido mi nutrición, no descanso o no hago bien la recuperación de la rodilla, ese reto me puede tumbar. Pero tener una meta que parece prácticamente inalcanzable y trabajar cada día para conseguirla me da una felicidad enorme. Cuando pongo todo eso en la balanza, creo que me merece la pena.

P. ¿Qué parte de su vida no funciona tan bien como parece en sus vídeos? Porque siempre transmite felicidad y energía. ¿Qué hay detrás?

R. Creo que tengo un problema grave, aunque algunos lo verán como una virtud. Soy incapaz de presentarme a una entrevista, una charla o una presentación con cara de estar amargado. Soy un motivado. Supongo que de pequeño me caí en la marmita de la energía, como Obélix. Siempre tengo esa fuerza, esa ilusión y esa manera de hablar tan intensa. Pero claro, alguien que vea mis vídeos puede pensar que siempre estoy así. Y no es verdad. Tengo mis momentos malos, mis problemas y mis días en los que no tengo ganas de nada.

P. ¿Qué cosas no funcionan tan bien como parecen?

R. En realidad, todas. Como le pasa a cualquiera. Hay veces que has fallado a un amigo, que querías ir a ver a tu padre y no has tenido tiempo, y después te sientes mal porque ha pasado el fin de semana y no has ido. O estás en la oficina a las once de la noche preguntándote qué coño haces todavía allí. O tienes cuatro horas de entrenamiento y la cabeza hecha polvo por algún problema familiar, amoroso, laboral o por una discusión con un amigo. En todos los ámbitos de mi vida hay altibajos. No es que intente ocultarlos en los vídeos. De hecho, creo que también contamos nuestras miserias. Pero cuando enciendes una cámara tienes una actitud especial.

P. Ha vivido momentos mucho más duros que una lesión deportiva.

R. Muchísimo más. Cuando estaba lesionado, había gente que me escribía preocupada y me decía: "Qué putada, mucho ánimo". Y yo les contestaba que, aunque estuviera jodido, había pasado cosas bastante peores. Jodido es cuando estuve arruinado. Jodido es cuando no encontraba trabajo. Jodido es cuando me cortaron el agua, la luz y el teléfono. Y especialmente jodido fue cuando todo eso coincidió con la muerte de mi madre por un cáncer. Aquello no tenía ningún arreglo, ninguna solución. No era reversible. Una rodilla rota es una putada, claro, pero tiene un tratamiento y puedes intentar recuperarte. Después de aquella primera semana de lesión, intenté relativizarlo. No quería forzar una sonrisa cuando estaba mal, pero tampoco quería dar pena. Pensaba que quizá tendría doce meses complicados y que incluso podía quedarme medio cojo. Bueno, pues si me quedaba medio cojo, ya vería cómo me las arreglaba.

P. Si no hubiera vuelto a correr, ¿habría sentido que había fracasado de alguna manera?

R. Creo que muchas de las cosas que he conseguido en mi vida tienen que ver con que soy un traumado. Lo he pensado hace pocos días. De joven jugaba al fútbol y debuté en Tercera División con 17 años. Yo pensaba que iba a ser futbolista. Pero tuve una lesión de rodilla, con problemas en el ligamento lateral, el cruzado y el menisco. Y, además, mi calidad llegaba hasta donde llegaba. No voy a contar que habría jugado en Primera División si no me hubiese lesionado. No me daba para más. Pero aquello me dejó una espina clavada.

P. ¿Todavía arrastra aquella frustración?

R. Creo que sí. Tengo 45 años y seguramente una parte de las ganas que tengo de correr, hacer carreras extremas y enfrentarme a aventuras viene de aquella frustración. Lo bueno de ser un motivado es que tienes una ilusión enorme. Lo malo es que, cuando las cosas no salen, te frustras muchísimo. Y me ha pasado en muchos ámbitos de la vida.

P. ¿También en su carrera profesional?

R. Claro. Cuando perdí el trabajo en Catalunya Ràdio, que era algo que me apasionaba, me quedó otra frustración enorme. Yo llevaba prácticamente diez años formándome con el sueño de presentar algún día las tardes de Catalunya Ràdio. Y no pudo ser. Seguramente el hecho de que hoy sea streamer, haga directos o documentales tiene mucho que ver con aquella derrota y con no haber podido cumplir ese sueño.

P. ¿Y qué habría ocurrido si la rodilla le hubiera impedido definitivamente volver a correr? ¿Hubiera sido un fracaso?

R. No lo habría visto como un fracaso. Habría intentado preguntarme qué podía aprender de aquello. Todas las derrotas que he tenido en mi vida han sido dolorosas, pero muchas me han servido para cambiar y conseguir otras cosas. A veces un jefe de programas, una lesión o tu propia falta de calidad te impiden lograr algo que deseas muchísimo. Y entonces tienes que aprender a jugar otro partido. Quizá diez años después, de otra manera, puedas conseguir victorias incluso mayores que aquella derrota.

Polideportivovalentín

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