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LaVuelta arde por el calor y se reabre el debate: “Estamos llegando al límite del cuerpo humano”

Del deseo de Mas por correr a 40 grados al aviso de peligro: el pelotón combate el calor extremo con hielo, bidones y cambios de estrategia: los expertos lo analizan en MARCA

Nacho Labarga2736 palabras

Enric Mas pidió fuego antes de que LaVuelta empezara siquiera a arder. Fue en Mónaco , con la carrera todavía sin cruzar España y Andalucía a semanas de distancia, cuando el balear soltó una de esas confesiones que el pelotón lleva años conociendo: prefiere el calor. “Me gusta más correr con 40 grados que con 20”, dijo a MARCA , y hasta deseó que las altas temperaturas acompañaran las tres semanas de carrera. Mas siempre ha aguantado bien esas jornadas en las que otros se derriten dentro del maillot mientras el asfalto les devuelve el calor desde abajo. La frase se convirtió en broma dentro de Movistar : si Enric necesitaba calor para ganar LaVuelta, que España entera pusiera estufas en las cunetas. Y las puso.

Iván Romeo se fue de los primeros en hablar del calor. Cuando le preguntaron qué condiciones podían beneficiar a su jefe, el vallisoletano resumió el menú con media sonrisa: “Humedad, calor… sobre el papel es todo perfecto”. Mas conocía esas carreteras, había entrenado allí, y Movistar confiaba en que el desgaste jugara a su favor. En aquellos primeros días el calor todavía podía leerse como cualquier otro factor táctico, algo tan neutro como un puerto que favorece a un escalador o un viento que premia a los especialistas en abanicos. Pero las estufas siguieron encendidas.

En Loja , Sergio Samitier miró su ciclocomputador y se encontró con 41 grados . El aire tampoco ayudaba: Mas contó después que incluso con la bici lanzada la sensación seguía siendo de calor, como si el viento que debía refrescarles llegara también caliente. El mismo corredor que dos semanas antes pedía cuarenta grados cambió el discurso por completo: “Si hace más calor tendremos que hacer una reunión entre todos porque sería peligroso salir”. En Córdoba llegó a decir que “quemaba hasta el manillar”. El termómetro había logrado algo que ni Roglic ni Gall habían conseguido en muchos días: hacer sufrir realmente a Enric Mas.

Romeo no necesitó mirar ninguna pantalla para saberlo. Llegó a meta vacío y soltó quizá la frase más simple -y más exacta- de esta segunda semana: “Pocos días lo he pasado tan mal”. Aun así mantuvo la broma: “Si a Enric le gusta, no nos vamos a quejar nosotros”. Lo decía un gregario que había pasado horas trabajando para el único hombre del equipo que parecía sobrellevar aquel horno. El calor beneficia al jefe hasta que sus soldados empiezan a caer.

Urko Berrade lo había anunciado casi sin querer días antes. Tras la granizada de Font-Romeu , con los corredores buscando refugio en una jornada en la que paradójicamente habían preparado protocolos contra el calor, miró hacia lo que venía: “Seguro que cuando estemos por el sur a cuarenta y pico grados nos acordaremos con nostalgia”. Sonó a broma entonces. En Andalucía dejó de tenerla.

David de la Cruz avisó antes de La Pandera de que probablemente llegaba “el día en el que más notemos el calor”. Mario Aparicio lo asumía con resignación: “Cuando diseñas una Vuelta por el sur sabes que esto puede pasar con el calor”. Nadie descubría en septiembre que Andalucía quema. Lo distinto era la combinación: temperaturas extremas varios días seguidos, montaña, una carrera corrida a velocidad brutal y cuerpos que ya arrastraban dos semanas de competición encima.

Cuando diseñas una Vuelta por el sur sabes que esto puede pasar con el calor

Ahí entra Carlos Barredo. Exciclista, preparador físico y una de las voces habituales en el análisis de LaVuelta en el Mundo MARCA, llevaba días insistiendo en una palabra concreta: fatiga . En la etapa de Elche de la Sierra avisó de que el recorrido era “mucho más duro de lo que parece” y habló de “una etapa de mucho desgaste”. Veinticuatro horas después volvió a la carga: “La fatiga cada vez está haciendo más mella". El problema no era solo la temperatura, sino esa temperatura cayendo encima de un pelotón que seguía yendo rapidísimo.

Barredo conoce el calor desde los dos lados del ciclismo. Como corredor ganó en 2006 una etapa del Tour Down Under con 44 grados en el termómetro, y contó entonces que los europeos, recién salidos del invierno, necesitaban casi una semana para ir adaptando el cuerpo a semejante cambio. Dos décadas después, ya como preparador, sabe que la adaptación térmica forma parte del entrenamiento profesional: se puede provocar estrés por calor de forma controlada para que el organismo aprenda a refrigerarse mejor. Pero una sesión con tiempos, temperatura interna y carga vigilados tiene poco que ver con competir cuatro o cinco horas al límite sobre un asfalto que pasa de los cuarenta grados.

Estamos llegando al límite del cuerpo humano

Eso es justo lo que quiso explicar Joao Almeida . Pidió trasladarse a la sombra antes de atender a los periodistas en Córdoba y dejó la frase que mejor resume estos días: “Estamos llegando al límite del cuerpo humano ”. Almeida sabe que los ciclistas se preparan para el calor: entrenan, aclimatan el cuerpo, se refrigeran, cuidan la hidratación . Pero una cosa es pedalear a intensidad moderada y otra competir. “Puede ser peligroso”, advirtió, y añadió: “No puedes cometer errores o estás en un gran problema”.

Porque un bidón olvidado deja de ser solo un bidón. Una mala refrigeración, beber tarde, gastar de más en un puerto o quedarse sin hielo en el momento equivocado puede disparar el desgaste. Almeida insistía sobre todo en el efecto acumulativo : el problema no es llegar a 42 grados una tarde, sino hacerlo hoy, volver al hotel, intentar recuperar y repetirlo mañana. “La deshidratación y el calor no son ninguna broma”, resumió.

Felix Gall empezó a correr con calculadora térmica en la cabeza. En La Pandera superó a Roglic y subió al segundo puesto de la general, pero reconoció que había frenado su propio ataque: “No quería arriesgar demasiado con el calor”. Sentía cómo se le acumulaba el cansancio y admitió que correr así resultaba “realmente agotador”. En una Gran Vuelta el calor ya no solo condiciona cuánto puedes atacar hoy; también obliga a preguntarte qué te quedará mañana.

Ethan Hayter tocó el otro extremo. Llegó a sentirse “delirando” mientras intentaba simplemente aguantar dentro de la carrera, agarrado al coche mientras recibía agua. Su objetivo dejó de ser ganar una etapa o preparar la contrarreloj: pasó a ser sobrevivir , palabra que él mismo usó. Después miró alrededor y vio que varios corredores de aquellos últimos grupos ya se habían marchado de LaVuelta.

Pavel Sivakov tampoco llegó a Córdoba, y su caso alimentó a quienes pedían medidas más profundas. Joxean Fernández Matxin explicó que UAE había perdido al francés por un golpe de calor : “Son situaciones peligrosas”, avisó. El mánager respaldó el recorte de la etapa 15 , pero fue un paso más allá y puso otra pregunta sobre la mesa. “¿Por qué no hacemos también otro horario?”, planteó en Eurosport. Su argumento es sencillo: si se recorta una etapa por el riesgo del calor extremo, tiene poco sentido salir a las tres de la tarde, cuando el termómetro anda cerca de sus valores máximos. Sabe que cambiar los horarios perjudica a la televisión, pero cree que en días de 42, 46 o más grados hace falta buscar una alternativa. “Salir a las tres de la tarde, cuando más calor hace, no creo que ayude al protocolo de calor”.

Salir a las tres de la tarde, cuando más calor hace, no creo que ayude al protocolo de calor

El director de UAE no quería que el debate dependiera de qué equipo sufría más o menos. Había perdido a Sivakov, pero pedía una respuesta común: “En este caso deberíamos ser todos neutrales”. Cuando entra en juego la salud , dice, la discusión no puede reducirse a si un recorte beneficia al líder, al velocista o al que necesita atacar. “El hecho de buscar el bien común, y el respeto, es la mayor coherencia”, explicó, y lanzó también un aviso a quienes retransmiten la carrera: si el ciclismo tiene que adaptarse a condiciones excepcionales, quizá la televisión también deba hacerlo.

La pregunta de Matxin queda flotando sobre LaVuelta. ¿Protege más correr 110 kilómetros a las tres de la tarde o disputar algunos más evitando las horas de más sol? No hay respuesta sencilla, porque mover una Gran Vuelta implica desplazar horarios de televisión, carreteras cortadas, Guardia Civil , organización, público, hoteles y una caravana entera. Pero el debate ya no es cosa de un futuro hipotético. Está dentro del pelotón.

Tobias Halland Johannessen contó una escena que ayuda a entender cuánto habían cambiado las reglas invisibles de la carrera. Antes de una etapa, su director reunió al equipo en el autobús y dio una orden casi contraria a todo lo que se le paga a un ciclista profesional: no hacer nada. Nada de gastar fuerzas de más, nada de guerras sin sentido. Johannessen aseguró que era la primera vez en su carrera que escuchaba una instrucción así, y que no buscaba guardar piernas para el día siguiente, sino proteger el organismo. Había oído órdenes parecidas en otros equipos. El ciclismo suele premiar a quien más gasta; en Andalucía empezó a premiar a quien sabía esconderse, beber, refrigerarse y mantener las pulsaciones bajas .

Una situación con varias aristas

Bryan Coquard lo asumía con la resignación de quien conoce el oficio: “Hace muchísimo calor, pero esto es LaVuelta”. Ya había corrido en condiciones parecidas en el Tour Down Under, así que sabía qué esperar cuando vio por dónde pasaría la carrera. Aun así respaldó que Córdoba perdiera kilómetros —menos distancia, menos tiempo dentro del horno—. En el autobús de Cofidis apareció incluso una idea que hace unos años habría sonado a ocurrencia: intercambiar las fechas del Giro y LaVuelta.

Kevin Vermaerke traía otra historia. Creció en Los Ángeles entrenando en tardes abrasadoras desde joven, lo que no significa que disfrutara: admitió que con ese calor resulta casi imposible hacerlo. Pero su cuerpo tolera algo mejor esas condiciones, y esa pequeña diferencia puede pesar en una carrera que va eliminando corredores por desgaste.

Andreas Leknessund representa casi el extremo contrario. Nacido en Tromsø , ha entrenado a 24 grados bajo cero, y en Andalucía competía con más de cuarenta positivos: sesenta y tantos grados de diferencia entre unas condiciones y otras. Su fórmula para sobrevivir sonaba menos romántica: hidratación , preparación, buena condición física. Todos se cansan más con calor; si estás fuerte, cansarte un poco menos que los demás también es un arma.

Mientras unos hablan de adaptación y otros de resistencia, los auxiliares libran su propia Vuelta paralela. Movistar reparte unos 80 bidones en una jornada normal; en las etapas más calientes la cifra se acercó a 250 , más del triple. Algunos llegan al estómago. Otros ni se abren para beber: terminan enteros sobre la cabeza, la espalda o las piernas.

El agua dejó de ser avituallamiento para convertirse casi en material de seguridad. La organización amplió los puntos donde recibir líquido, aparecieron más motos cargadas de botellas y los equipos repartieron auxiliares por todo el recorrido: chalecos refrigerantes antes de salir, medias de hielo en la nuca, bolsas bajo el maillot, bidones congelados, agua sobre el cuerpo. En algunos tramos los coches parecían neveras persiguiendo bicicletas.

Tom Gloag contaba que los corredores pueden beber varios bidones por hora, y necesitar otros tantos solo para refrescarse. En estas condiciones, alejarse demasiado tiempo del coche deja de ser cuestión de sed y pasa a ser cuestión de rendimiento , y en algún punto, de salud.

La pelea sigue incluso después de la meta. Roberto Puertas , fisioterapeuta de XDS Astana , explicó en este medio cómo trabajan estos días: algunos corredores terminan una etapa cerca de los 38,5 grados de temperatura corporal, una cifra que compara directamente con “tener fiebre”. El ciclista cruza la línea, pero su cuerpo sigue trabajando para expulsar calor cuando debería empezar a recuperar. Por eso Astana prepara bañeras a unos 12 grados y sumerge a sus corredores unos cinco minutos, buscando bajar uno o grado y medio la temperatura corporal. Cuanto antes se enfría al ciclista, antes arranca de verdad la recuperación. Después llegan la ducha, el masaje, la comida, y muchas veces una hora o más de autobús hasta el hotel. El reloj de la etapa se para en meta. El del cuerpo, no.

Hasta la infraestructura sufrió. Red Bull-BORA pasó dos días con el aire acondicionado estropeado en su autobús principal, y el equipo de Primoz Roglic tuvo que reorganizarse en plena secuencia de jornadas abrasadoras. Esta Vuelta el calor no solo ha puesto al límite piernas y pulmones: también neveras, vehículos, sistemas de refrigeración y a las decenas de personas que trabajan para mantener a ocho ciclistas en pie.

La temperatura terminó forzando un cambio en la propia carrera. La etapa 15 entre Palma del Río y Córdoba estaba diseñada sobre 189,7 kilómetros. Se disputaron 110,2: desaparecieron 79,5 después de que corredores, equipos, Colegio de Comisarios y dirección de LaVuelta se sentaran a activar el protocolo por temperaturas extremas .

Javier Guillén dejó claro de dónde había salido la petición: “Es iniciativa de los corredores”. El pelotón llevaba días con el tema encima de la mesa y terminó pidiendo formalmente que se tomaran medidas. La etapa perdió unas dos horas de exposición al sol y la salida real quedó en torno a las 15:00, con lo que volvió a aparecer la paradoja que había señalado Matxin: se recortaban kilómetros para proteger del calor a corredores a los que igualmente se mandaba a carretera en plena tarde.

Mas respaldó la decisión. El mismo corredor que había abierto LaVuelta pidiendo temperaturas altas agradecía ahora que le quitaran casi ochenta kilómetros, y sostuvo que el resultado deportivo probablemente habría sido el mismo con el trazado completo: creía que Wout van Aert habría ganado de todos modos. La seguridad, según su razonamiento, no había torcido nada.

Van Aert levantó los brazos en Córdoba y hasta bromeó con la temperatura. Ya había ganado allí antes, y cuando le preguntaron si la ciudad se estaba convirtiendo en uno de sus sitios favoritos, respondió que encantado de volver, pero “con otras temperaturas”.

Matthew Brennan tenía menos ganas de broma. El joven británico terminó la etapa, miró los datos de su ciclocomputador —41 grados de media, 44 en la subida inicial— y soltó la pregunta más incómoda de estos días: “¿Qué estamos haciendo?”.

Después apuntó hacia la UCI . Ironizó con que cualquiera trabaja en una oficina a veinte grados y dio por hecho que en las oficinas del organismo pasaría lo mismo: “ Están en oficinas a 20 grados y nosotros aquí”, protestó, y fue más lejos: no le sorprendería que algún corredor acabara necesitando una ambulancia por un golpe de calor.

Están en oficinas a 20 grados y nosotros aquí

No hablaba un ciclista descolgado buscando excusa. Brennan ha ganado tres etapas en esta misma Vuelta. Estaba volando, y precisamente por eso su queja pesaba más: podía rendir con más de cuarenta grados y aun así se preguntaba por qué hacía falta.

El ciclismo tiene herramientas para responder. El protocolo de altas temperaturas permite reforzar el suministro de bebida y hielo, aumentar los puntos de asistencia, buscar sombra, tocar partes del recorrido e incluso estudiar cambios de horario. La pregunta que deja el pelotón ya no es si hay que actuar —en Córdoba se actuó—, sino qué respuesta dar la próxima vez. Porque habrá próxima vez.

El debate sigue sobre la mesa

El cambio climático , la evolución de los calendarios y unas temperaturas cada vez más extremas han abierto una discusión que va mucho más allá de esta Vuelta. El ciclismo ha construido buena parte de su identidad sobre la resistencia: se corre con lluvia, con viento, entre nieve, bajo granizo, con el asfalto convertido en plancha. Muchas de las fotos que alimentan su leyenda existen porque otros deportes habrían parado la competición. Pero hasta un deporte que presume de sufrimiento tiene que decidir cuánto sufrimiento sigue formando parte del espectáculo.

Quedan, tras la jornada de este miércoles plana en Sevilla, la contrarreloj de Jerez , Peñas Blancas , el Collado del Alguacil y la última pelea por La Roja. En el libro de ruta están los kilómetros, los porcentajes, los desniveles, la altitud de cada puerto. Roglic hará sus cuentas, Gall esperará una grieta, Mas intentará aguantar. Pero todos miran con recelo a otro gran rival: el termómetro.

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