Topuria habla por primera vez de su derrota con Gaethje: "El resultado decide una noche; el carácter, una vida"
Tras su reaparición en el día de ayer con un vídeo, 'El Matador' ha publicado un ensayo donde repasa su carrera y su vida después de su derrota en el UFC Casa Blanca

Ilia Topuria reapareció en el ojo público el día de ayer con un vídeo dedicado a su hijo Hugo tras casi tres meses en silencio después de su derrota ante Justin Gaethje en el UFC Casa Blanca , que le costó el invicto y el cinturón de peso ligero. Por si fuera poco, 'El Matador' ha subido hoy un ensayo donde deja varias reflexiones sobre su infancia, su vida en general y otros temas de interés sobre su figura, como es la derrota contra el peleador estadounidense. Lejos de venirse abajo, el peleador hispanogeorgiano se lo ha tomado con filosofía, ya que perder forma parte de la vida.
Hasta el pasado 14 de junio, Ilia había basado su discurso en ese aura de imbatibilidad que le permitía noquear a todas las leyendas a las que enfrentaba. Eso cambió ante Gaethje, que aguantó sus embestidas y le asestó una dura lección de la que ha reconocido aprender más que con sus victorias, ya que un verdadero guerrero se forja en las adversidades. El capítulo 7 del ensayo se llama 'La Caída', y es ahí donde Topuria habla de aquella fatídica noche en la que fue finalizado por Justin.
"Durante muchos años conocí una sensación: ganar. Había disputado dieciocho combates profesionales; diecisiete noches terminaron como yo quería y una no. Por primera vez en mi carrera profesional, había perdido. Aquella noche conocí también una cara del deporte que nunca había experimentado: las dos órbitas de los ojos fracturadas, el tabique y el pie rotos.
Recuerdo despertarme y mirarme al espejo. Durante unos segundos no reconocí el rostro que tenía delante. Pensaba: «No puede ser. No puede ser que este sea yo». Era difícil sostener la mirada, pero ocurrió algo que quizá resulte extraño desde fuera: mientras me observaba sentía más respeto por mí mismo; incluso podría decir que me quería un poco más.
Yo sabía algo mejor que nadie: lo había dado todo. Había llegado preparado y me sentía bien física, mental y espiritualmente. No necesitaba buscar una excusa. Lo había intentado y aquella noche no había salido; eso era todo. Descubrí que podía vivir con ello, porque, cuando sabes dentro de ti que lo has entregado todo, el resultado duele, pero no te destruye.
No quería volver atrás, borrar aquella noche ni cambiar mi historia. Creo en la voluntad de Dios. Siempre he dicho que, si Dios arruina alguna vez mis planes, quizá sea porque esos planes podían arruinarme a mí. Era muy fácil repetirlo cuando todo salía bien; ahora me tocaba vivirlo. Y lo acepté. Quizá aquello también debía formar parte de mi historia. Tal vez necesitaba esa experiencia para descubrir una versión de mí que todavía no conocía. Había ganado diecisiete veces y una noche salió mal, pero una noche no puede borrar una vida".
Fracasa quien no lo intenta, no quien falla
A pesar de que en un principio le costó asimilar lo que había sucedido, pronto Ilia entendió que esta derrota también es parte de su historia y de su legado, y que tiene que aprender a vivir con ello para sacarle partido y evitar sumirse en un pozo. Las reflexiones que deja son las de una persona que ya ha perdido más veces en su vida, aunque no sea en las MMA, y que quiere dar ejemplo a todos aquellos que le rodean.
Muy pocas leyendas se han retirado invictas. De hecho, a nivel UFC únicamente Khabib Nurmagomedov y Jon Jones -su única derrota es por descalifiación- pueden presumir de no haber sido vencidos nunca. Perder forma parte del camino y más en su caso, donde demostró no rendirse e ir hacia delante en todo momento hasta que su esquina paro el combate. Fracasa el que no lo intenta, no el que cae en el intento. De hecho, en el siguiente capítulo del ensayo también hace hincapié en esos momentos de guerra interna que tuvo una vez pasaron los días y asimiló su derrota.
Después desapareció el ruido. Ya no había combate, público, ni rival; estaba yo. Y comenzaron las preguntas incómodas: ¿quién soy después de perder?, ¿sigo creyendo lo mismo que decía cuando ganaba?, ¿mi confianza dependía realmente de un récord?, ¿amo esto solo cuando me devuelve victorias?, ¿quiero volver? Ocurrió algo que no esperaba: la derrota no apagó el fuego, sino que lo hizo más grande. Tenía más ganas de entrenar, de volver y de hacer las cosas bien. Había tocado el suelo, pero tocarlo no significa quedarse allí; también puedes utilizarlo para impulsarte.
Comprendí que me sentiría derrotado de verdad el día en que perdiera el amor por lo que hago, la ilusión o aquella motivación que me acompañaba desde niño. Entonces sí tendría un problema. Pero no había ocurrido eso, sino exactamente lo contrario: seguía queriendo volver. Ni siquiera sabía explicar del todo por qué. ¿Amor? ¿Ego? ¿Dinero? ¿Competición? No lo sé; todavía lo estoy descubriendo. Y me gusta poder admitirlo, porque hay preguntas que no necesitan una respuesta inmediata.
Solo sé una cosa: no quiero que pasen veinte años, mirar atrás y pensar que tenía que haber arriesgado más. Prefiero vivir con las consecuencias de haberlo intentado que con la duda de qué habría sucedido si hubiera tenido el valor de hacerlo. Durante años había hablado de fe, de carácter, de aceptar la voluntad de Dios, de levantarse y continuar. Ahora tenía la oportunidad de comprobar si realmente creía en todo aquello. Porque lo importante no es lo que sabes, sino lo que haces con lo que sabes. Y lo que sabía me sirvió. Me miré al espejo y pude respetar al hombre que tenía delante. Para mí, eso vale más que cualquier récord perfecto: el resultado decide una noche; el carácter, una vida.





