En la zona de la muerte - Marca.com

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A más de 7.500 metros de altura, el ser humano no puede vivir, sólo sobrevivir o... morir
Ferran Latorre, en el Lhotse (8.516 m.), y Rosa Fernández, en el Everest (8.848 m.), tuvieron que rodear un cadáver poco antes de coronar. Un accidente le pudo costar la vida al octogenario Carlos Soria en el Dhaulagiri (8.167 m.). "Cuando vas a un ochomil, sabes que puedes morir", afirma Ramón Portilla
"No hay otro deporte en el que pases por encima de un cadáver para conseguir tu objetivo" , dice con firmeza Rosa Fernández.
Sólo sucede en el alpinismo, sólo en la 'zona de la muerte'.
Ferran Latorre, 55 años, se lo encontró de frente. Muy cerca de la cima, en mitad del camino, el cuerpo sin vida de un escalador, q.e.p.d., yacía congelado en su tumba de roca y nieve. "Estaba sentado, casi le tenías que tocar... Es muy bestia" , recuerda.
Él tuvo que rodear en 2013 a aquel difunto para coronar el Lhotse (8.516 m.), la cuarta montaña más alta de la Tierra, en su carrera por conquistar los 14 ochomiles. "Tienes la cumbre a 30 metros de distancia y, aunque parezca un poco inhumano, intentas como obviarlo" , explica.
A más de 8.000 metros, el ser humano no puede vivir, sólo pensar en sobrevivir. Y en ese momento, Ferran también se estaba jugando la vida: "A esa altura nada te puede abrumar".
A Rosa Fernández, 66 años, la advirtieron antes de llegar. "Dawa, el sherpa con el que iba, me dijo: 'Ahora nos vamos a encontrar con un cadáver y vamos a tener que pasar por encima de él" .
Sucedió en el Everest (8.848 m.), a unos 8.500 metros de altura, durante su intento de ascensión en 2003 por la cara sur. Ella también tuvo que sortear aquel cuerpo inerte para poder continuar.
"Lo ves y te planteas que tú puedes ser uno de ellos, pero sabes que tienes que seguir avanzando, mantener la mente fría y la capacidad de concentración", afirma.
Rosa, como Ferran, no se podía despistar.
Aquel hombre del Everest era, según se cree, Tsewang Paljor, q.e.p.d., un escalador indio que murió de frío tras una tormenta en 1996. Llevaba siete años congelado allí y le conocían como 'Green boots', porque aún conservaba las botas verdes que llevaba puestas cuando falleció.
Rosa, con seis ochomiles en su poder, los dos últimos recién recuperada de un cáncer de mama, aún recuerda a 'Green boots'. Y jamás lo olvidará. En 2003, se cruzó con él en el Everest. Y en 2005, cuando volvió a intentar la ascensión, fue todavía peor: no se encontró con un cadáver, "fueron tres", dice.
"Hay muertes todos los años, lo tienes que asumir" , asevera Rosa.
Una de las últimas tragedias en el Himalaya, en noviembre de 2025, se cobró la vida de nueve personas en dos avalanchas. En la del Panbari Himal (6.887 m.), ubicado en la zona del Manaslu (8.163 m.), murieron dos escaladores, y en la del Yalung Ri (5.630 m.), en el valle de Rolwaling, siete.
344 personas han perdido la vida en el Everest, según los registros de 'Himalayan Database'. Las dos primeras víctimas corresponden a una Expedición de Reconocimiento Británica en 1921 y fueron un porteador no identificado y el doctor Alexander Mitchell Kellas. Más de 70 años después, en 1996, se produjo una de las peores tragedias en la montaña más alta del mundo: ocho personas de diversas expediciones comerciales murieron el 10 de mayo al quedar atrapadas en una tormenta de nieve.
El alpinismo es un deporte de riesgo extremo y los que lo practican son conscientes de lo que puede suceder. "Todos estos accidentes quedan grabados en tu memoria. Y piensas: 'Hostia, lo que le ha ocurrido a ese, me podría pasar a mí" , se cuestiona Ferran.
No hace tanto, en 2023, según los datos de 'Himalayan Database', se vivió el año más mortífero en las montañas del Himalaya nepalí con un total de 22 víctimas, 18 de ellas en el Everest. Fue el periodo más negro en la historia del pico más alto del mundo. Nunca antes fallecieron allí tantas personas.
En un ochomil se muere por agotamiento, por 'mal de altura', con edema pulmonar o, peor aún, con edema cerebral, que es más letal; por un accidente o por una caída, provocada por un traspié o por un pequeño resbalón; por una avalancha o por culpa del frío, de una tormenta o de un terrible temporal. "Yo sé que voy a ir, pero no si voy a volver. Es un riesgo que asumes antes de salir de casa", asegura Rosa.
El peligro, la muerte, late en esas expediciones al Himalaya.
A Carlos Soria, octogenario, un accidente casi le cuesta la vida. Se desmayaba y cuando recuperaba el conocimiento chillaba fuerte, muy fuerte, antes de volver a desfallecer. "Me podía haber muerto de dolor", recuerda. En mayo de 2023, cumplidos los 84 años, se fracturó la tibia en el Dhaulagiri (8.167 m.). Estaba a 7.700 metros de altura y tenía que salir urgentemente de allí... Pero él solo no podía.
Atado a una cuerda, sus compañeros le arrastraron por la nieve semiinconsciente hasta bajarle al campo III a unos 7.300 metros. Fueron siete horas de travesía por la ladera. Un enorme sufrimiento. "Terrible", dice Soria, que vivió un tormento.
—Carlos, te salvaron la vida...
—Hombre, claro —contesta sin dudar.
Es la experiencia más dura en su currículum de 12 ochomiles. "Ha sido mi peor rato en la montaña", reconoce.
Ese accidente, desde luego, pudo ser fatal.
A partir de los 7.500 metros, y cuanto más arriba todo peor, cualquier cosa puede suceder. Es la frontera que, según estimó en 1953 el médico y alpinista suizo Edouard Wyss-Dunant, marca el inicio de la 'zona de la muerte', ese ambiente gélido, inhóspito, donde el hombre no puede vivir. "Por encima de esa altura, el cuerpo humano se está deteriorando constantemente", explica el doctor Juan Antonio Carrascosa, experto en Urgencias en Montaña.
Es decir, se empieza poco a poco a morir.
Y cualquier imprevisto, por pequeño que sea, pone al alpinista en serio riesgo de fallecer.
"Un simple error o algún problema, ya no hablamos de una tormenta o de caer en una grieta, sino, por ejemplo, de perder los crampones, puede complicar mucho las cosas en la 'zona de la muerte'", interviene Ramón Portilla, otro de los protagonistas de esta historia, con cuatro ochomiles en su haber.
Él pasó en el año 1987 más de 30 horas en un saco de dormir a 8.000 metros en el K2 (8.611 m.). Es el límite de lo que el ser humano, a esa altitud, puede aguantar. Ramón esperaba para atacar la cumbre, pero el temporal se lo impedía.
Estaba atrapado... "Cuanto más tiempo pasas ahí, más estás poniendo en peligro tu vida. No vale decir: 'Me tumbo a dormir, voy a descansar y mañana voy a estar mejor'. Eso no es real, porque al día siguiente estás peor y al otro peor...", afirma.
Y si no se puede descender, ya no hay vuelta atrás.
"Llega un momento en que te mueres", sentencia Ramón.
Menos mal que él pudo escapar y bajar aquella vez del K2.
"Cuando vas a una cumbre de 8.000 metros, tienes claro que puedes morir" , sostiene Portilla.
A muchos, un ochomil les da la vida y a otros, a unos pocos, por desgracia, se la quita.
—Ramón, ¿cómo te sentiste la primera vez que te atacó el 'mal de altura'?
La respuesta es directa, sin adornos.
El 'mal de altura' es un trastorno físico y mental que se produce al ascender a grandes altitudes. Si se agrava, y deriva en edema pulmonar o cerebral, puede ser mortal. La falta de oxígeno en el organismo, derivada de la baja presión atmosférica, provoca que el cuerpo empiece a fallar.
A Portilla le pegó duro mucho antes de llegar a esos 7.500 metros que marcan, a nivel general, el inicio de la 'zona de la muerte'. Lo que le sucedió fue un aviso para lo que estaba por venir. Porque después encaró muchos ochomiles, pero aquel día, en la India, en 1982, escalando el Thalay Sagar (6.904 m.) se encontró muy mal. "Tenía vómitos, mucho dolor de cabeza... Nunca había estado por encima de los 4.000 metros y esa primera vez me puse fatal", recuerda.
Esa experiencia le llevó a sacar una conclusión que hoy, 44 años después, aún sostiene: "Mucho más abajo de los 7.500 metros ya entras en la 'zona de la muerte'". Una afirmación que comparte el doctor Juan Antonio Carrascosa: "El 'mal de altura' puede empezar incluso a los 2.000 o los 2.500 metros".
Para los alpinistas es fundamental la aclimatación a la altura, es decir, el proceso fisiológico por el cual el organismo se adapta progresivamente a la escasez de oxígeno provocada por la menor presión atmosférica. Es crucial para prevenir el mal agudo de montaña. "La mejor forma de aclimatarse es hacerlo poco a poco. Se necesita tiempo. Hay que aumentar la altura unos 500 o 700 metros todos los días. Y procurar, por ejemplo, si llegamos a 5.000 metros, dormir más abajo, en los 4.500, y si estamos en 4.500, pues en 4.000. Todo debe ser progresivo. A los siete u ocho días, ya uno se empieza a aclimatar a la altura en la que está", explica Juan Antonio Carrascosa.
Y una vez que se está cerca de la cima, al inicio más o menos de la 'zona de la muerte, el plan, según el doctor, es el siguiente: "Aclimatar en campos altos, bajar más abajo, esperar el buen tiempo e ir ya directos a la cumbre campamento a campamento. A nadie le recomiendo que permanezca durante días a 7.500 metros".
Los síntomas son muchos y variados. A nivel físico van desde la cefalea hasta un malestar general, con náuseas, vómitos, pérdida de apetito, mareos, vértigo, o insomnio, pudiéndose ampliar a fatiga extrema, respiración agitada, ritmo cardíaco acelerado...
"El metabolismo está constantemente sufriendo y todo va por el mal camino. Si se pasa mucho tiempo sin aclimatar y sin oxígeno por encima de los 7.500 metros aparecen todos esos síntomas, pero en grado superlativo", dice el doctor.
La altura es muy mal enemigo. "Te ataca donde más débil eres", asegura Portilla. "El deterioro es permanente en esas altitudes y cualquier enfermedad que tengas, una simple caries, va a ir a peor. Allí arriba no mejora nada", interviene Carrascosa.
En la 'zona de la muerte', en el interior del cuerpo humano todo empieza a fallar. "Al llegar menor cantidad de oxígeno a la sangre por la falta de presión, lo que se conoce como hipoxia hipobárica, que va aumentando con la altitud, se produce una alteración multiorgánica que afecta fundamentalmente al pulmón y al cerebro, los dos órganos diana, pero al mismo tiempo sufren todos los demás", dice el doctor. Y establece una clasificación de los problemas según la altura: "De 2.500 a 3.500 metros puede aparecer el edema de pulmón, que es una enfermedad grave; de 3.500 a 5.000, el edema cerebral, otra enfermedad muy grave que tiene un índice de mortalidad de casi un 50%; y por encima de los 5.000 ya puede aparecer de todo" .
Los alpinistas ponen en riesgo su vida en una expedición a un ochomil. Lo saben, lo asumen y toman todas las precauciones posibles. "No están locos. Las personas que van a esas alturas lo hacen con conocimiento, con una preparación física adecuada, trabajan mucho para ello, con una aclimatación correcta y llevan un material adecuado", afirma Carrascosa, que da un consejo: "Sobre todo, prudencia. Si a esas altitudes no se toman las precauciones debidas, no se regresa".
Portilla sufrió un principio de edema pulmonar en el Ama Dablam (6.812 m.), un pico situado en la parte este del Himalaya nepalí. "Me ocurrió hace unos tres o cuatro años y creo que fue porque estaba resfriado. Notas los pulmones encharcados, toses e incluso si acercas el oído al pecho, oyes el agua dentro cuando respiras", recuerda.
La salud de Ramón corría peligro...
"El edema pulmonar empieza con dificultad respiratoria, con una tos que es seca, que es progresiva, que no calma con ningún medicamento y avanza hacia una insuficiencia respiratoria grave que termina con la insuficiencia cardíaca posterior y la muerte del sujeto si no se toman medidas", apunta Carrascosa.
Y sólo hay una cura eficaz.
"Bajar al paciente de altura lo antes posible. Si se tuvieran a mano, hay otros remedios como algún medicamento, que lo puede contrarrestar durante un tiempo, poner oxígeno o utilizar una cámara hiperbárica. Pero en altura, lo que ha empezado, ya nunca va a mejorar. Lo único verdaderamente efectivo es descender", prosigue Carrascosa.
A Portilla lo tuvieron que ir a rescatar en el Ama Dablam.
"Vino un helicóptero y ese mismo día estaba en un hospital de Katmandú", dice.
Le bajaron, le aplicaron tratamiento y se recuperó.
Rosa Fernández experimentó algo parecido en el Shisha Pangma (8.027 m.): "Llegamos en coche hasta los 5.000 metros y después hicimos una ascensión muy rápida. En cinco días estábamos a 7.000 y sí tuve una sensación como de principio de edema pulmonar, pero me bajé rápidamente y no llegué a tener nada".
Ella actuó rápido, descendió y evitó el problema.
El 'mal de altura' también ataca a la visión.
"Yo me quedé prácticamente ciego", cuenta Portilla.
Lo que ocurre en los ojos lo explica el doctor: "Las hemorragias retinianas se producen ya en altitudes que rondan los 5.000 metros y, generalmente, no se determinan en el momento". Es decir, suelen ser asintomáticas y se resuelven espontáneamente y sin secuelas. Sin embargo, en ocasiones, como la de Ramón, sí se pueden complicar. "Si afectan a la mácula, donde tenemos las principales células nerviosas que recogen la visión, pueden producir ceguera. Y algunas personas en la alta montaña han tenido accidentes graves al no poder ver", prosigue Carrascosa.
A Portilla le pasó en el Thalay Sagar, aquella vez que el 'mal de altura' le atacó: "Nos quedamos a 200 metros de la cumbre. Bajando nos pilló una tormenta y estuvimos siete días descendiendo en condiciones extremas. Era una parte técnicamente muy difícil y estábamos en medio de la ventisca. Yo necesitaba ver exactamente lo que estaba haciendo con las cuerdas, montando las reuniones, los rápeles... No podía tener las gafas puestas".
No protegerse le provocó una hemorragia retiniana, quizá una oftalmia de las nieves, y la consiguiente pérdida de visión.
"Sientes un dolor horrible en los ojos, pero nos los vendaron tres o cuatro días y remitió", afirma.
Todo se quedó, por suerte, en una pérdida de visión temporal... Y Ramón pudo volver a contemplar todas esas montañas que tanto le gusta escalar.
Dawa, su inseparable sherpa, le ofreció a Rosa Fernández dos opciones.
Y ella tenía que elegir...
A Rosa se le caían las lágrimas en el descenso del Everest en 2003. Lloraba de pena, de impotencia. Le dolía el corazón. Acarició la cumbre, la vio tan cerca... y se tuvo que bajar sin poder coronar. Poco después de rodear al pobre 'Green boots', unos cien metros más arriba, todo se acabó.
"Era la primera vez que iba y soñé a lo grande. Se cumplía el 50 aniversario de la primera ascensión y yo quería subir sin oxígeno, hasta que alcancé los 8.600 metros y la montaña me puso en mi sitio. Hasta los 8.300 u 8.400 iba bien, pero a partir de esa altura se nota muchísimo", recuerda.
Rosa quería seguir, pero Dawa llegó un momento en que se plantó. Él sí sabía lo que estaba sucediendo y, peor aún, lo que podía suceder. Se dio cuenta de que el cuerpo de Rosa estaba llegando al límite. Ya no debía continuar, tenía que bajar. "Mi cabeza ya estaba un poco embotada, no quería darme la vuelta y Dawa me dijo: 'Es muy fácil que llegues a la cumbre, pero también es muy fácil que no regreses nunca'. Y esas palabras se me han quedado grabadas para siempre. Bajé llorando, con una rabia tremenda", expresa.
Enfadada, frustrada y decepcionada... pero viva.
El deterioro físico y mental provocado por la altura en la 'zona de la muerte', donde, según Portilla, "funcionas aproximadamente al 30% de tu capacidad", va mermando poco a poco las facultades de los alpinistas que, en momentos decisivos, como en el caso de Rosa, ya agotados, quizá no son capaces de evaluar con total precisión la gravedad de la situación.
"Es una lucha contra ti mismo", explica Ferran. "Te vuelves un poco animal", asevera Ramón.
Hacia arriba les impulsa siempre el ímpetu, el deseo de coronar, pero en ocasiones lo que se impone, por su salud, es bajar. "El cerebro, tu instinto de conservación, te está mandando constantemente avisos para que salgas de ahí. Es como un 'me estoy muriendo'. Y es literal, no es una metáfora: te estás muriendo..." , manifiesta Portilla.
En la 'zona de la muerte' la temperatura suele rondar entre los -20 y los -40 grados, pudiendo incluso bajar un poco más. El intenso frío, acompañado en ocasiones de un fuerte viento, es otro de los grandes enemigos de los alpinistas, siempre expuestos al peligro de las congelaciones. Algunos, como Carlos Soria, tienen suerte. "Es raro que habiendo estado en tantos sitios en altura no me falte algún dedo", dice.
Pero otros, como Rosa Fernández, sí las han padecido: "Tuve congelaciones bajando del Everest en 2005. Me bajé sola, mientras Dawa desmontaba la tienda que teníamos arriba. Quería ir perdiendo altura para no estar más tiempo por encima de los 8.000 metros. Llegué a la otra tienda que teníamos más abajo, donde no había ni saco ni nada, y me quité la bota derecha. Tendría algo de humedad en las medias y sufrí congelaciones en los dedos de ese pie. Tuve suerte porque llegué a Asturias, me fui al hospital, me trataron y tengo todos los dedos bien".
En el Shisha Pangma (8.027 m.), la segunda vez que fue a un 8.000, Rosa también se llevó un susto. Esta vez se salvó por la ayuda de dos personas: la de Kiko, en la 'zona de la muerte', y la de Carlos Soria, en el campo base.
"Salimos del campamento de altura hacia la cumbre, pero no caminé ni medio kilómetro y empecé a notar muchísimo frío en las manos, en los pies... No podía. Uno de los compañeros, Kiko, se dio la vuelta conmigo y hoy estoy aquí con todos los dedos gracias a él, porque llegamos de vuelta a la tienda y yo no era capaz ni de abrir la cremallera, tenía los dedos de la mano totalmente entumecidos. Además, me dolía el pie derecho y, cuando me quité las medias, los dedos estaban negros, congelados", recuerda.
Descendieron y, en el campo base, Rosa se pudo reponer: "Aquella vez estaba también Carlos Soria y él fue como un padre muy cariñoso. Me ayudó, me puso el agua a 37 grados para que metiera los pies... Y recuperé los dedos".
En la 'zona de la muerte' todo se complica. Y a medida que van ascendiendo, se empiezan a encontrar realmente mal. "Tienes poca vitalidad, estás como aletargado y con la sensación de que tu cuerpo lucha internamente. Es desagradable, como si tuvieras gripe, incluso deprime un poco", dice Ferran.
Así avanzar es muy difícil.
"Vas lento, un poco agobiadillo" , explica Soria.
Hasta que llega un momento, ya cerca de la cima, en que casi no pueden ni caminar. "La vida se limita al siguiente tramo que tienes que subir. Es como jugar al juego de 'a ver si soy capaz de dar 10 pasos seguidos', algo que muchas veces no puedes hacer. Intentas ir de 10 en 10 y luego, ya más arriba de 8.000, dices: 'Bueno, ahora de cinco en cinco'. Y en el tercero ya tienes que parar y abrir la boca para intentar coger oxígeno, porque te estás asfixiando" , cuenta Portilla. "Te vas marcado hitos. Y piensas: 'Venga, hasta esa piedra. Mente en blanco y pim, pim, pim... hacia arriba'", dice Latorre.
De metro en metro, exhaustos, los alpinistas suben hasta la cumbre... o no, lo mismo da, porque en la 'zona de la muerte' más importante que coronar es, como asegura Soria, regresar: "Te pones pequeños retos y vas subiendo, te haces tu propio examen, sabes que vas despacio... pero conoces tu cuerpo y si ves que físicamente no vas a poder, date la vuelta".
"A esa altitud, estás en un ambiente peligroso, donde sólo puedes estar un momento y enseguida tienes que bajar. No se puede hacer ninguna tontería" , continúa Carlos.
Y si alguien, confundido, se está a punto de equivocar, ojalá aparezca un Dawa, como le ocurrió a Rosa, para hacerle razonar.
Media hora para ponerse las botas.
Después de una noche en la 'zona de la muerte', el tiempo se congela. Se detiene. Todo pasa muy, muy, muuuuuy despacio.
"Cuanto más asciendes, más lento es todo. De hecho, por la mañana, comienzas a prepararte, a ponerte las botas, los crampones... e igual pasan más de 30 minutos. '¿Cómo puedo tardar tanto?', te preguntas . Pero es que no te das cuenta", dice Rosa. "Tardas horas en vestirte y equiparte", apunta Ramón.
A 8.000 metros, todo desgasta, todo resta energía. "Aunque parezca mentira, pensar cansa. Por eso intentas poner la mente en blanco y concentrarte sólo en cómo respirar y en hacer los movimientos bien", explica Ferran. "Todo te cuesta muchísimo más. Estás exigiendo a tu organismo que funcione con muy poca gasolina. Y el mero hecho de pensar lo que vas a hacer ya te supone un esfuerzo muy grande", comenta, por su parte, Portilla.
Hasta derretir nieve para beber, agota.
Ramón llegó al 'Hombro' del K2 (8.611 m.), donde se suele instalar el último campamento, y se preparó para descansar y atacar la cumbre al día siguiente. Pero sentía que le faltaba energía: "Recuerdo montar la tienda, a unos 7.900 u 8.000 metros, y no querer hacer nada. Vas tan al límite que no eres capaz ni de hacer agua" .
Lo que sucede es que al deterioro físico, se le suma también el mental. "Estás un poco como en una borrachera, mermado de tus facultades", afirma Portilla. "Algo grogui", dice Ferran. Y "un poco despistado", añade Soria, que así se sintió en la cumbre del Manaslu (8.163 m.) en septiembre de 2025. Feliz, pero algo descolocado.
Todo es culpa de la altura, que no da tregua.
"Tú piensas que estás lúcido y muy bien y realmente tu cabeza no está al 100%" , apunta Rosa. Y para ilustrarlo cuenta una anécdota en el Collado Sur del Everest (8.848 m.). "Montamos la tienda a 7.900 metros y creíamos que estaba superbien, perfectamente colocada. Pero la pusimos al revés, con la puerta de entrada hacia el lado contrario. Dormimos dentro y no me di cuenta hasta el día siguiente de que estaba mal montada", afirma.
En la 'zona de la muerte' se pierde un poco la noción de la realidad. "A veces entras como en una especie de ensoñación" , dice Ramón. Entonces, las alucinaciones, también llamadas 'psicosis de gran altitud', hacen acto de aparición. "La altura te afecta al cerebro y es cierto que puedes sufrirlas", comenta Rosa. La falta de oxígeno, normalmente, es el factor que está detrás, pero no siempre es así. La soledad, el cansancio extremo y el aislamiento de los alpinistas también las pueden provocar. "He sufrido estados de agotamiento en los que ya no funcionas de manera normal, racional. Estás bastante zombie" , explica Ramón.
"Algunos alpinistas y exploradores polares cuentan que han tenido esa visión", dice Ramón Portilla, que se refiere al 'síndrome del tercer hombre', ese proceso psicológico por el que algunos escaladores sienten la presencia de un inexistente compañero invisible que les ayuda en situaciones de riesgo extremo. Es, simplemente, una alucinación.
"Tu cerebro está sometido a una presión que no es normal y tener visiones de cosas que no existen es algo que puede pasar. Hay ocasiones en las que pierdes la noción de dónde estás, parece que hablas con una piedra o con una sombra en la nieve", termina Portilla.
Así estaba Ferran, que en el Gasherbrum I (8.080 m.) 'soñaba' con el agua que nunca llegaba. Dar un trago era lo que en aquel momento más deseaba. "Creo que sufrí alucinaciones, pero tengo mis dudas. A veces mezclas cosas", dice. 15 horas de ascensión y mucho tiempo sin dormir le nublaron la razón: "Abrimos la huella nosotros, éramos tres, y lo di todo físicamente. Fue muy duro y llegué bastante fundido arriba. Bajando se nos hizo de noche. Oscurece... y tengo la intuición de que empiezas a alucinar, porque medio sueñas. Esa es mi interpretación".
"En el descenso, yo estaba ayudando a Tom Seidensticker, que iba más lento. Yannick Graziani bajó mucho más rápido y veía su luz por abajo. En el último campamento, nos esperaba un porteador que habíamos contratado para que nos ayudara a subir la tienda. Y yo estaba absolutamente convencido de que él y Yannick venían hacia nosotros a darnos agua", dice. Pero ellos, aunque Ferran los 'veía' acercarse, nunca llegaban. La espera se le estaba haciendo eterna: "'Joder, pero ¿por qué van tan lentos? La madre que los parió', me decía . Lo que yo veía era la luz de Yannick, que estaba bajando, e imaginé que era la del porteador que subía hacia nosotros. Fue una falsa ilusión", termina.
A Rosa le pasó algo similar. En el Makalu (8.485 m.), una botella de oxígeno se hizo gigante de repente. O eso ella creyó: "A mí también me sucedió bajando y la vi como si fuese una bombona de butano, o sea, una cosa pequeña, de pronto la percibí como algo enorme".
Pero eso que vio aquella vez a Dawa no se lo contó.
"La montaña me ayudó a superar el cáncer "
Tanta, y tan intensa, fue la insistencia de Rosa, que el oncólogo ya la dejó por imposible.
"Me dijo: 'Mira, por un mes que te suspendamos el tratamiento, si te vas a morir, te vas a morir igual. Si es importante para ti y para tu cabeza, te vamos a dejar ir. Vete a esa montaña'", recuerda.
A ella, desde luego, escalar le iba a dar un poco de vida.
"En 2009, me encontraba tan fuerte que dije: 'Me voy a por los 14 ochomiles'", afirma. En enero de ese año, Rosa ultimaba los detalles de su expedición al Kanchenjunga (8.586 m.). Pero no pudo ir. Apenas dos meses antes de partir, un inesperado cáncer de mama lo canceló todo: "Tuve que cambiar los planes". Así que esa cima, por el momento, tendría que esperar. Ahora se tenía que curar: "Deposité toda mi confianza en el equipo médico y me centré en pensar que iba a ser algo pasajero y que iba a poder seguir escalando".
Pruebas, quirófano, operación, radioterapia... Rosa seguía con medicación, pero eso no la iba a frenar. En su mente solo estaba escalar. "Ya lo puedo contar, porque ha pasado mucho tiempo, pero yo continuaba entrenando y preparándome mientras recibía el tratamiento. Les dije a los médicos que tenía un proyecto muy grande, el Kanchenjunga, y que en marzo me marchaba. Me vieron tan emocionada y con tantas ganas que no se atrevieron a decirme que no, hasta que a finales de febrero ya fueron claros: 'Rosa, no vas a poder ir'", comenta.
Como para ella rendirse no es una opción, volvió a insistir. Si no era ahora, sería poco después. Si no era a esa montaña, sería a otra. "Les dije: 'Bueno, no me puedo marchar en marzo, pero en Pakistán se escala en verano, ¿me puedo ir?'", les preguntó. Y ahí fue cuando su oncólogo se rindió y le dijo aquello de "si te vas a morir...".
Durante el tratamiento contra el cáncer, Rosa, un puro nervio, pergeñó uno de los proyectos que más ilusión le ha hecho. Se trata de 'Una a Una', un club ciclista que creó en enero de 2011, pero que concibió muchísimo tiempo antes y en el que también tuvo que ver su amor por la montaña. "Aprendí a montar en bicicleta con 40 años, porque quería ver el Everest de cerca y no podía ir a escalarlo al no tener apoyo económico suficiente en ese momento. Lo pasé tan mal aprendiendo que me dije que un día iba a fundar una agrupación ciclista para chicas", recuerda.
En el año 2002, Rosa fue en bici desde Lhasa, capital de la Región Autónoma del Tíbet, hasta Katmandú, capital de Nepal, y pudo contemplar por primera vez el pico más alto del mundo. "Fueron más de 1.100 kilómetros, llegué hasta el campo base. Disfruté muchísimo de aquel viaje", dice.
La idea del club se quedó en el tintero hasta que llegó la enfermedad y la puso en marcha de verdad. "Teníamos una tienda de bicis y a uno de los chicos que venía le dije: '¿A tu novia o a alguna amiga no le gustaría salir en bicicleta?'", explica. Y así poco a poco fue reuniendo a mujeres hasta que 'Una a Una' vio la luz con más de 40 intregrantes en 2011... y continúa hasta hoy.
El médico la dejó marchar al Broad Peak (8.051 m.). A la vuelta, comenzaría el tratamiento con quimioterapia, pero ahora se iba a escalar. "Aquel año, en 2009, no hubo cumbres en Pakistán. A pesar de las quemaduras que tenía de la radioterapia, llegué a los 7.000 metros, al último campamento. Me vine a casa con las pilas cargadas y ya le dije al oncólogo: 'Ya me podéis poner lo que queráis'", cuenta.
Rosa recibió quimioterapia y se curó. Estaba preparada para retomar lo que tuvo que cancelar. En 2011, dos años después, nada más recibir el alta y aún con medicación, se fue al Kanchenjunga (8.586 m.). Aquella montaña se había hecho esperar. El 20 de mayo, la conquistó. Coronó. Fue, sin duda, su cima más especial.
"Es en la que más he llorado. Sufrí muchísimo porque no estaba bien todavía. La quimoterapia, ya sabes... Lo pasé tan mal, que cuando me vi arriba en la cumbre fue superemocionante. Esa montaña se la dediqué a todo el mundo que tenía algo que ver con el cáncer, desde médicos a personas que lo estaban pasando", recuerda.
Para Rosa fue vital poder escalar durante su proceso de recuperación: "Siempre digo que en la montaña pongo en riesgo mi vida, pero también que me ayudó a superar el cáncer".
Si no la hubieran dejado a ir al Broad Peak...
La inflamación del cerebro
Estaba ya tan enfermo que no se podía ni mover.
En el Makalu (8.485 m.), Ferran Latorre intentó rescatar a un escalador francés con edema cerebral. "Le bajamos, literalmente le arrastramos pendiente abajo, y le medicamos. Él solo podía estar sentado y yo tiraba de la cuerda, mientras otro compañero le iba sujetando. Después de tres o cuatro horas, nos encontramos con un grupo de rescate que subía hacia nosotros y nos ayudaron", relata.
Pero para aquel francés era ya demasiado tarde. Su cerebro estaba demasiado inflamado y poco, más bien nada, por él podían hacer. "Falleció en el campo I. Fue una pena" , rememora con tristeza Ferran.
Ellos hicieron todo lo que pudieron.
El edema cerebral, una enfermedad muy grave y mortal, en ocasiones es complicado de detectar. A veces, en un primer estado, se puede llegar a confundir con esas alucinaciones, esas distorsiones temporales de la realidad que sufren los escaladores y son simplemente consecuencia de la altitud o del agotamiento, sólo eso, sin más, algo que viene y luego se va. Pero el edema, si no se detecta, es letal.
"Sucede que cuando los alpinistas observan esas reacciones raras, suelen pensar: 'Es normal por donde estamos'. Es un poco difícil de diagnosticar inicialmente, porque puede parecer que son alteraciones psicológicas y de comportamiento que se pueden considerar lógicas dentro de ese entorno hostil y en una situación condicionada por el frío, la ansiedad por conseguir el objetivo, el cansancio, la deshidratación...", explica Carrascosa.
Sin embargo, todos esos trastornos esconden, en determinados casos, algo mucho peor. "Pueden predecir un edema cerebral que está condicionando su forma de actuar", asegura el doctor.
Como le sucedió, según recuerda Rosa, a un hombre que por culpa de esta afección cerebral había perdido la capacidad de razonar y de caminar. "Nosotros y el compañero con el que iba este alpinista le decíamos que se bajara y él respondía que estaba perfectamente, que se encontraba bien, pero daba un paso hacia adelante y dos para atrás. Fue algo tremendo" , cuenta.
La alerta llega de múltiples formas: cefalea intensa y persistente; náuseas y vómitos; alteraciones neurológicas como confusión, desorientación, mareos o vértigo; visión borrosa, diplopía o pupilas dilatadas; déficit motor, falta de coordinación en los movimientos, convulsiones, debilidad, adormecimiento, dificultad para hablar; disminución del nivel de conciencia, somnolencia extrema, estupor o incluso coma en casos ya muy graves.
Algunos de estos síntomas pueden inducir la presencia de un edema cerebral, una enfermedad que se produce por la acumulación de líquido en el cerebro y se cura del mismo modo que el pulmonar. "Perdiendo altura. Con descender unos cientos de metros se le puede salvar la vida a esa persona", indica Carrascosa. La medicación adecuada y la cámara hiperbárica, si se tienen a mano, ayudan, alivian, aunque de igual modo es vital bajar.
"El edema cerebral ha matado a mucha gente" , dice Ramón al que, de cuando en cuando, le asaltaba un temor: "Muchas veces te preguntas si lo estás desarrollando, porque los dolores de cabeza son tan enormes que no sabes si están dentro de lo normal".
El edema cerebral asusta. Ya lo dice Ferran: "Yo he estado con compañeros que lo han sufrido y... hostia. Te da miedo que un día seas tú, porque te quedas totalmente desvalido" .
Ojalá que eso nunca ocurra...
Y no le pase ni a él ni a los demás.
Los salvados y los que ya no están
Sito Carcavilla temía por la vida de su amigo. Y gritaba en el Dhaulagiri (8.167 m.) a pleno pulmón.
"No importa que Carlos chille, no importa la pierna, da igual, lo importante es perder altura. Hay que bajarlo como sea", urgía a los sherpas y al resto de alpinistas que estaban a su alrededor.
La situación era crítica. "Teníamos que desaparecer de allí lo antes posible", sostiene Soria.
El accidente ocurrió, en mayo de 2023, a 7.700 metros de altura, cuando Carlos iba camino de conquistar su decimotercer ochomil tras salir del campo III a las 22.30 horas rumbo ya a la cima.
"Subíamos en una hilera con una cuerda fija. Se cayó un sherpa y le pudimos parar. Continuamos, pero se volvió caer y esta vez arrastró a cuatro personas y tres tiraron de mí. Ahí se me partió la pierna", rememora.
Eran las cinco de la madrugada.
Fue mala suerte, pero Soria, 84 años por entonces, casi no lo cuenta. El resultado, fractura de tibia de la pierna derecha. Un lesión que, a esa altitud, tenía muchas probabilidades de ser mortal.
Por eso gritaba Sito Carcavilla.
Sin poder moverse, Carlos estaba 'inválido', pero no desvalido. "Yo era consciente de que la situación era mala , pero nunca pensé que me iba a quedar allí, esa es la verdad. Creía que todo iba a salir bien. A lo mejor era un iluso, pero yo no pensaba en morirme" , recuerda.
Él sabía que estaban sus compañeros. "Llevo muchos años ya en esto y me conocen mucho los sherpas y me quieren. Hay mucha amistad y le gente hizo todo lo posible por ayudarme", afirma.
Rápidamente, con Carcavilla al mando y seis sherpas colaborando, organizaron el rescate. "Fue terrible. Atado a unas cuerdas me empezaron a bajar. Me arrastraban. La primera parte era travesía, con subidas y bajadas, sin camilla, con la pierna partida... Me desmayaba del dolor, volvía en sí, chillaba", rememora Soria.
Así llegaron al campo III del que habían partido. Fueron siete horas de un sufrimiento extremo. Ya habían descendido hasta unos 7.300 metros, pero no era suficiente. Tenían que bajar aún más para estar a salvo.
"Llamamos a la agencia, teníamos un teléfono satélite, y enviaron a dos polacos, Bartek Ziemski y Oswald Pereira, dos máquinas. Ellos ya se iban a casa cuando les avisaron, pero no lo dudaron ni un momento. Les llevaron en helicóptero hasta el campo II y subieron al campo III donde se encontraron con nosotros", explica.
El descenso hasta un poco más abajo del campo II fue más llevadero para Soria: "Los polacos trajeron una camilla de plástico y ya me fueron deslizando" . 17 horas después del accidente, un helicóptero, por fin, se llevó a Carlos al hospital.
A Carcavilla le quedó alguna secuela, pero sobre todo la satisfacción de haber ayudado a un amigo. "A Sito casi se le congela una mano por ayudarme, pero sólo se le fueron unos pellejos y poco más", relata Soria.
Carlos tuvo suerte. A él le pudieron rescatar, a otros, aunque también lo intentaron, por desgracia, no. Ellos, q.e.p.d., perdieron la vida en la montaña. Y ya no están.
A Portilla le faltaron poco más de 100 metros, malditos 100 metros. Pero no llegó y Manuel Álvarez, q.e.p.d., un teniente del Ejército del Grupo Militar de Alta Montaña de Jaca, se murió a los 38 años en el Gasherbrum I (8.080 m.) en julio de 1996.
"Sufrió una caída bajando de la cumbre y estaba en la tienda sin poder moverse. Hicimos un intento desesperado y yo me quedé muy cerca, pero no pude llegar" , recuerda.
Ramón también se estaba jugando la vida y tuvo que renunciar: "No teníamos cuerdas fijas y había tanta nieve que si avanzaba, se iba a vencer conmigo y me iba a arrastrar una avalancha. Me tuve que dar la vuelta apenas a 100 metros".
Ramón cree que le hubiera podido salvar. "Manuel Álvarez murió allí. No le pudimos rescatar. Sientes una desesperación tremenda , porque lo tienes al lado y piensas: 'Si llego a la tienda, tengo suficiente técnica como para poder bajar a una persona que no se puede mover'. Pero no pudo ser", cuenta con tristeza.
Ferran enumera los diferentes elementos que rodean al alpinista y que debe tener en cuenta durante una expedición: "Uno es el tipo de terreno que me voy a encontrar, cómo lo voy a subir y, por supuesto, cómo lo voy a bajar. Y en qué condiciones está: si tiene mucha nieve o poca. Si hay hielo, será técnicamente más difícil. Por ejemplo, si hay una gran cantidad de nieve, a nivel físico será agotador. Otro es la meteorología, qué tiempo va a hacer. Y luego está tu estado físico personal, que constantemente estás autoanalizando, cómo estoy, me va a dar para llegar... Y el de tus compañeros. ¿Cómo van los demás? ¿Qué pasa si uno de golpe se queda más atrás? ¿Habrá que esperar? También estás pendiente de la hora, de evitar retrasos, si tienes tiempo para bajar...", explica.
Son una serie de variables que ayudan al escalador a decidir qué hacer. "Una vez analizados todos, decides si das un paso para arriba, te quedas quieto o caminas hacia abajo. Realmente, estás ocupado en esto todo el rato", dice Ferran.
A Ferran Latorre, mientras, la tragedia le golpeó pronto, al poco de empezar.
En agosto de 1995, cuando aún no había coronado su primer ochomil -ese sería el Annapurna (8.091 m.) en 1999-, presenció la muerte de Xavier Lamas, q.e.p.d., que falleció a los 31 años al ser arrastrado por un alud de nieve en el Changzheng Peak (6.916 m.), cerca del Everest.
"Fue un shock emocional, porque yo era muy joven y era la primera vez que la muerte me tocaba muy de cerca . Me di cuenta de que me había salvado por unos segundos, porque si llego a ir un poco más adelante, me voy con él. Cuando te pasa esto, te vuelves como muy vulnerable y muy sensible. Para mí, este ha sido el accidente más grave de todos", rememora Ferran, que tenía 24 años por entonces.
Además de Xavier Lamas y él, aquella expedición estaba formada por Albert Castellet, Manel de la Matta, Néstor Bohigas, Ernest Bladé, Xavier González y Araceli Segarra. "Teníamos pensado volver a casa después de enterrar a Xavi allí. Pero luego dijimos: 'Es que ya no podemos hacer nada más por él'. Y seguimos con la expedición", dice Latorre.
"Cuando te ocurre algo así, ¿cómo eres capaz de continuar? ¿de dónde sacas la fuerza?", le preguntamos a Ferran. "Mira, no lo sé. El año 95, todos estábamos muy, muy jodidos, fue un shock muy bestia", contesta. Para, piensa, reflexiona... y sentencia: "Ahora, desde luego, sería incapaz de hacerlo y me volvería, eso segurísimo. Pero teníamos veintipocos años y no sé qué se pasaría por nuestros cerebros, pero seguimos con la expedición" .
Quizá era lo que Xavier Lamas hubiera deseado. Quién sabe...
"¿Por qué lo hacen?". Esa es la pregunta que se formula cualquier persona ajena a este deporte, incluso los propios alpinistas. "Porque es nuestra pasión y, aunque pones tu vida en peligro, la montaña nos da muchas satisfacciones. Sólo pensamos en escalar, en disfrutar todo lo posible y los momentos malos los borras. Guardas los buenos y, por eso, te quedan ganas de repetir", responde Rosa Fernández.
El dolor de perder a un amigo no se puede explicar. Y Atxo Apellániz, q.e.p.d., se murió a los 40 años en la cara norte del K2 en los brazos de Ramón Portilla. Era el mes de agosto de 1994.
"Atxo pasó tres noches por encima de los 8.000 metros sin saco de dormir, sin comer, sin beber y en esa época sabíamos que eso era una muerte casi segura , porque no puedes vivir por encima de esa altitud tres días vivaqueando", recuerda Ramón.
Hicieron todo lo que pudieron por salvarle, pero no lo consiguieron.
"Subieron primero Sebastián de la Cruz, un argentino, y José Carlos Tamayo, posiblemente el alpinista más fuerte de mi generación. Ellos hicieron cumbre y en el segundo intento íbamos Juanjo San Sebastián, Atxo Apellániz y yo, pero yo me di la vuelta a unos 7.500 metros, porque aquella vez me encontraba realmente mal, no aclimataba, e iba a entorpecer el intento de mis compañeros. Ellos siguieron, hicieron cumbre y luego les pilló una tormenta" , explica Portilla.
El mal tiempo ya lo complicó todo. Y una avalancha que alejó a Juanjo de Atxo lo agravó aún más. Los dos se separaron por un tiempo, aunque después se volvieron a encontrar.
"Juanjo, y esta es una de las escenas de solidaridad más grandes que he visto en mi vida, podría haber bajado solo, pero en ningún momento se lo planteó, prefería quedarse a morir con Atxo que descender sin ayudarle . Juanjo consiguió que Atxo llegara al último campo, a unos 8.000 metros", continúa.
Pero salir de ahí iba a ser muy difícil.
"Nosotros nos dimos cuenta de que ellos solos no iban a poder bajar, así que Sebastián de la Cruz y yo, a pesar de no encontrarme bien, subimos para intentar ayudarlos. Les alcanzamos a unos 7.500 metros, por encima del campo III, y vimos que Juanjo, que tenía todos los dedos congelados, a pesar de haber pasado dos vivac por encima de 8.000 metros, estaba bastante bien físicamente" , relata Ramón.
Atxo, sin embargo, para aquel entonces, ya no se encontraba nada bien.
"Estaba al límite de las capacidades humanas. Le bajamos y, después de todo el día y toda la noche, llegamos al campo II y, al día siguiente, no pudimos salir de la tienda, porque hacía muy mal tiempo", afirma Portilla.
El clima lo terminó de derrumbar. Atxo ya no pudo más. "Se nos murió en los brazos" , dice con pesar Ramón.
"Recuerdo que Juanjo se puso a llorar, él lo había dado todo por bajar a Atxo. Yo le dije: 'Voy a enterrarlo aquí en el campo II y vámonos para abajo que ya tendremos tiempo de llorar. Ahora lo que hay que hacer es descender lo antes posible para que te curen las congelaciones'", relata Portilla.
Y luego, ya a salvo, todos lloraron la pérdida de su amigo Atxo.
Este triste recuerdo da lugar a una reflexión de Ramón.
"¿Merece la pena? No, no merece la pena perder una sola uña de un dedo por subir a una montaña de 8.000 metros , mucho menos perder a un amigo al que quieres, con el que has convivido... Y entonces, ¿por qué volvemos? Porque nosotros hemos elegido estar allí, porque es nuestra forma de vida y porque supongo que lo que nos dan las montañas es mucho más de lo que nos quitan".
"Porque si no, no tendría sentido", sentencia Ramón.
"Que sea lo que Dios quiera".
Ferran Latorre se lo dijo para sus adentros. Aquel día, en julio de 2016, sí se la jugó. Porque en el Nanga Parbat (8.125 m.), por primera vez, él que por naturaleza siempre es muy conservador, arriesgó demasiado en busca de su decimotercer ochomil. Lo consiguió, pero estaba tan al límite que dudaba si iba a ser capaz de coronar la novena montaña más alta del mundo y, después, escapar con vida de allí.
Por un momento, es normal, es humano, se le vinieron a la cabeza todos aquellos cadáveres con los que se había encontrado. "Cuando tenía 20 años, iba más tranquilo, porque piensas que eres inmortal, pero, con la edad, dices: 'A ver si en mi penúltimo ochomil me va a ocurrir lo que al hombre del Lhotse por el que pasé al lado. Como me dé ahora un bajón así de bestia...'" , recuerda.
A 7.200 metros, esperando para salir hacia la cima al día siguiente, Ferran se sentía "un poco acojonado", confiesa, porque, en cierto modo, estaba desprotegido. En esa expedición sólo eran tres: él, el francés Hélias Millerioux y el búlgaro Boyan Petrov. Además, en ese ataque a cumbre no había nadie más. "Tres tíos solos...", dice y, a continuación, explica lo que eso significa: "Como pasara algo, no nos bajaban. Otra cosa es que lleves un ejército de sherpas, haya 300 expediciones alrededor y se pueda montar algún tipo de rescate. Así ya es difícil, pero sólo con dos compañeros es imposible".
Aunque la situación no era la ideal, decidió que ya no se iba a echar atrás: "A esa altura, hay un momento que te la juegas y lo das todo. Dices: 'Oye, que sea lo que Dios quiera'. Sobre todo, cuando estás relativamente cerca de la cumbre. Ves que te quedan 100 metros, que va a ser una hora más, o 200 metros, unas dos horas más...".
Unos 10 kilos pesaba el parapente. Ramón Portilla, además del equipo necesario para la ascensión, lo subió a cuestas hasta el último campo del Cho Oyu (8.188 m.), situado a más de 7.000 metros de altura. Su intención era lanzarse desde arriba con él, pero no pudo ser. "Fue imposible volar por el viento, así que lo que hice fue usar el saco del parapente para envolverme, porque hacía un frío horrible, unos 20 grados bajo cero, y no se podía ni estar", recuerda.
"Algo preocupado", dice, Ferran emprendió el asalto final. "El ataque a la cumbre del Nanga Parbat es largo y yo me iba autoanalizando todo el rato. 'A ver cómo estoy...', me preguntaba constantemente. Y eso acojona. Llegué muy agotado a la cima. Apuramos mucho. Veníamos, además, ya bastante cansados de un intento que habíamos hecho por otra ruta", relata.
El 25 de julio coronaron.
"Aquella vez, aunque estaba bien aclimatado, sentí que mi degradación física era mucho más rápida de lo que debería. Ya llegó un punto que iba al límite total. Siempre digo que no hay que cruzar la línea roja, que es cuando ya no tienes pilas para poder regresar" , explica.
Si se traspasa esa frontera invisible, ya no hay vuelta atrás. Ferran lo ha visto muchas veces: "La gente se sienta porque ya no puede más y muere . No les ha golpeado una piedra, no se han caído, nada...".
Él sobrevivió en el Nanga Parbat (8.125 m.). Estaba exhausto, pero pudo descender. "Crucé la línea naranja, pero no la roja. ¿Dónde está el límite entre una y otra?", se cuestiona.
Esa es la pregunta que en los momentos críticos se formulan todos los alpinistas. De su respuesta, depende vivir o quizá morir. Lo complicado es acertar. "Por encima de la 'zona de la muerte' es muy difícil saber cuando estás sobrepasando esa línea que no debes pasar, porque puedes morir" , asevera Ramón.
Ante la mínima duda, siempre cautela. "Si ves que estás demasiado mal...", afirma Carlos Soria y termina la frase con rotundidad: "Date la vuelta. Hay gente que va hecha polvo y se muere bajando" .
Él es experto en frenar a tiempo, en detectar cuando hacia arriba no debe dar un paso más: "En el Dhaulagiri, donde no he podido subir nuca, renunciamos una vez muy cerca de la cima. Pero no me he arrepentido jamás, me ha parecido lo lógico".
"Para mí no seguir hacia la cumbre del Everest fue tremendo", asegura Rosa Fernández, que no puede olvidar aquella vez que no llegó a la cima en 2003. Pero en lo malo, en tener que regresar sin coronar, encontró la fuerza necesaria para la conquista que estaba por llegar: "Cuando te das la vuelta en una montaña aprendes muchísimo . Vuelves a casa, piensas en todo, en qué hiciste mal, en cómo puedo mejorar la próxima vez...". Y eso fue lo que hizo después de bajar llorando en 2003. Pensó, volvió en 2005 al Everest y coronó. "Se cumplió con creces todo lo que había soñado", dice con alegría.
El éxito no es alcanzar la cima, sino jamás atravesar la maldita línea roja.
"Yo lo que quiero es volver a casa, con la cumbre, si es posible, o sin ella, pero volver" , dice Carlos. Quizá por eso, por su sensatez, aún sigue vivo, y en activo, a sus 87 años.
Para terminar, una frase de Ramón: "Cerca de la cima tienes 1.000 razones para darte la vuelta y solo una para continuar".
Matemática pura, son 1.000 contra una.
Carlos Soria, un alpinista "inhumano"
"Mi mujer siempre me dice: 'Lo que me preocupará es el día que no tengas ganas de ir", cuenta Carlos Soria. Por eso, cuando Cristina, su esposa, le ve marchar a una expedición, sabe que todo está bien.
A los 51 años, Soria escaló el Nanga Parbat (8.125), su primer ochomil.
A los 77, el Annapurna (8.091), el decimosegundo.
Y con 86, en septiembre de 2025, repitió cima en el Manaslu (8.163). Esa es su última gran ascensión.
Por el medio, unos cuantos ochomiles más, en total tiene 12 en su haber. Y a sus 87 años, los cumplió el pasado 5 de febrero, Carlos, de momento, no va a parar de escalar.
"Lo que hace es directamente inhumano", asegura Ferran. Lo de Soria, es verdad, es complicado de explicar. "Es increíble, yo siempre le digo que quiero ser como él. Tener esa capacidad con 87 años...", dice Rosa.
Sin embargo, Carlos lo resuelve con total naturalidad. "No hay milagros", afirma. Su secreto es sólo uno: el trabajo. No hay día que perdone un entrenamiento. "Esta mañana, hice una hora de bicicleta, barra... No paro de hacer deporte", nos dice durante la entrevista y reconoce su pizca de suerte: "Soy un afortunado, he tenido un cuerpo agradecido, aunque también lo cuido".
Por eso, tiene un récord mundial de longevidad. Con la ascensión al Manaslu, con 86 años, se convirtió en la persona de más edad en coronar un ochomil. "Me sentí vivo", asegura al recordar aquella expedición. Aunque, lógicamente, notó las limitaciones propias de la edad: "Fui más lento, es normal. No esperaba, ni mucho menos, encontrarme como la primera vez que subí. Ni como con 70 años, de 70 a 80 hay mucha diferencia".
Más que el físico, que ya es extraordinario, a Ferran lo que le sorprende es la fuerza mental: "Lo que más me alucina es el motor que tiene Carlos en el cerebro para que con 87 años todavía tenga esa ilusión y esa motivación".
Soria despierta la admiración de la profesión. Portilla se rinde a él: "Es un ser único en el mundo y una persona excepcional. Juega en otra Liga. Está fuera de toda lógica que una alguien de su edad haga ochomiles. Es inaudito". Lo mismo Juan Antonio Carrascosa: "Es un ejemplo de todo: de prepararse técnicamente, de utilizar el material adecuado, de rodearse de gente buena, de aclimatar, de entrenar... de todo".
El Manaslu (8.163) ha sido, y será, su última cima de esa altitud. "Esa alegría no me la quita nadie", asegura. Allí conmemoró el año pasado el 50 aniversario del primer ochomil conquistado por una expedición española y allí cerró su etapa de escalar montañas de esa magnitud. Aunque a esas cotas tan elevadas, por encima de los 8.000 metros, ya no va a volver, sí va a continuar disfrutando de lo que le hace feliz: "La montaña es maravillosa, claro que voy a seguir yendo".
Soria agradece la ayuda divina.
"Gracias a Dios, yo sigo aquí y he estado muchas veces por ahí arriba", dice.
Y se prepara para seguir disfrutando.
"Hay mucha vida por delante y hay que vivirla", dice.
Cristina, puedes estar tranquila. Carlos tiene cuerda para rato.
Una Coca-Cola en la mochila que no falte.
Decía aquel slogan publicitario, creado en los años 70 por la agencia McCann, que ese famoso refresco americano, burbujeante y azucarado, era "la chispa de la vida". Y quizá algo de razón tenía...
"Es algo increíble. Yo nunca la tomo ni en casa ni en un bar, pero siempre tengo una Coca-Cola en las expediciones, porque en altura sienta muy bien" , explica Rosa. Lo mismo Ferran: "En los últimos años, me llevo una lata a la cima". "Es un invento, es de lo que mejor te cae cuando estás deshidratado y el estómago no admite comida ni bebida", sostiene Ramón.
A ellos les gusta, a Carlos Soria, no. "Es una guarrería", dice.
A 8.000 metros, apenas se tienen ganas de comer y beber. Y eso les pasa a todos, casi sin excepción. "La falta de apetito, las molestias estomacales y la deshidratación son algunos de los síntomas más comunes del 'mal de altura' . No te entra casi nada", manifiesta Juan Antonio Carrascosa.
"Le coges como manía a los alimentos. Si en la tienda de al lado están haciendo sopa de tomate, la hueles y dices: 'No me tomo eso ni loca'", afirma Rosa. Pero, con ganas o no, hay que comer. El organismo necesita energía para sobrevivir en ese ambiente hostil. "Te obligas a ingerir algo, aunque no te apetezca", apunta Portilla.
En estos casos, los alimentos liofilizados -congelados, luego deshidratados y una vez rehidratados ya se pueden consumir- pueden ser una solución. "Hay algunos que no están mal", asegura Carlos Soria. "No pesan nada, pero a nosotros no nos sentaban bien", lamenta Portilla. "A mí no me gustan, es abrir los sobres y no puedo con el olor", opina Rosa, que da la solución: "Lo importante es tener algo que te apetezca".
Por eso, el que puede siempre carga en el petate alguna delicatessen . Un más que merecido capricho que llevarse a la boca.
Carlos Soria, el chocolate, de almendra si es posible, y el turrón. "Aunque ahora ya llevo tiempo que procuro no tomar cosas con azúcar", dice y se ríe.
Portilla, el jamón, el queso, el chorizo o la cecina de León. Y el manjar de su amigo Juanjo San Sebastián: "Era un fanático del bacalao, lo preparaba en el campo base, una especie de bacaladitos fritos, y nos los subíamos para arriba. Nos recordaba a los sabores de casa" .
Rosa Fernández, algo dulce, normalmente, mazapán y, como Soria, también un trocito de turrón: "Son mis cosas favoritas".
Y a Ferran le da un poco igual: "En general la gente tiene poca hambre, pero yo siempre he comido bien".
Rosa también lleva papillas de cereales, "esas de los niños", aclara, puré de patatas, tortilla de cebolla... "Y otros, barritas energéticas y, sobre todo, cosas que les resulten agradables y que sean de comer rápido. La clave es que sea equilibrado y no haya un exceso de nada. La alimentación es muy importante" , explica Carrascosa.
Además de comer, evidentemente, es necesario beber. Mucho cuidado deben tener con la hidratación. "Es fundamental. Primero, porque cada vez que exhalamos estamos perdiendo agua. Segundo, por el ejercicio brusco que se realiza y por la sequedad del ambiente. Y tercero, porque esta falta de hidratación favorece una hemoconcentración de glóbulos rojos que puede ser la causa de otras alteraciones más graves" , asegura el doctor.
"Beber siempre es importante", dice Soria, que en cuanto puede hace una "paradilla" para dar un trago.
A Ramón eso le cuesta mucho más. "A mí el olor del agua derretida me producía arcadas", asevera.
"A mí un poco también", intervenine Rosa.
Y lo mismo le pasa a Ferran: "Le acabas cogiendo asco, porque fundimos la nieve para beber, pero es agua destilada y hay que echarle sal. La bebida isotónica también cansa mucho" .
No es fácil, pero hay que obligarse a comer, a beber... y a dejar a un lado el estrés y la tensión, porque también es indispensable descansar. Dormir en la 'zona de la muerte' es duro, en ocasiones, muy duro. "Lo peor de esas noches es si hay temporal o si te metes en algún sitio que no debes y se produce una avalancha" , afirma Carlos Soria.
Rosa Fernández no pegó ojo una vez en la pared del Lhotse (8.516 m.). El viento amenazaba con arracancar la tienda del suelo. Y con ese vendaval era imposible reposar: "Fue terrorífico. Pensábamos que íbamos a salir volando. Tuvimos que sujetar la tienda para que no se rompiera y estuvimos con las botas puestas, con el mono, con todo, preparados para salir en cualquier momento. Nos marchamos de emergencia en cuanto amaneció".
Allí no se podía estar y, menos aún, descansar.
Dormir en altura "es una mieeeeeeerda", dice Ferran, que arrastra esa 'e' infinita para enfatizar sus palabras. No lo puede expresar con más claridad. Porque para él ni es agradable ni es cómodo ni reconforta: "Lo que más me jode es pasar esas noches. Se te hacen largas, no descansas, te comes el coco...".
Ferran también recuerda una muy complicada: "Antes de ir a la cumbre, en el Dhaulagiri, pasamos una bastante dura. Nos costó mucho poner la tienda y hacía mal tiempo. Cuando el temporal se mezcla con la altura... acojona un poco".
A Ramón, mientras, se le hacen interminables. "Son eternas. Parece que ha pasado mucho tiempo y, cuando miras el reloj, sólo han transcurrido 10 minutos", asegura.
Por lo que cuentan, no se pega ojo.
"El insomnio es general. Descansan más que duermen. Además, por encima de los 4.000 o 5.000 metros, depende de cada persona, se puede producir una apnea respiratoria nocturna, que provoca que te despiertes buscando oxígeno como si te faltara. Da la sensación de que es una parada respiratoria", explica Juan Antonio Carrascosa. "Eso sí me ha pasado y te sobresaltas, es como si se te olvidara respirar" , cuenta Carlos Soria. Pero es una falsa alarma. "Es un síntoma más y hay que considerarlo, pero generalmente no pasa nada. Es una alerta, aunque, claro, te produce una ansiedad suplementaria", prosigue el doctor.
Ferran se levanta incluso casi más cansando que cuando se mete en el saco. "Muchas veces, cuando he salido de la tienda, he tenido la sensación de que estaba peor que cuando llegué. Y piensas: 'Entonces, ¿para qué me he parado?'. Algunas noches me han penalizado más que otra cosa", asegura.
"Es que duermes muy, muy poco", interviene Ramón.
"Estás tumbado, te relajas todo lo que puedes... No es igual que descansar en tu casa en una cama, como es lógico, pero estás preparado para eso y sabes que puedes con ello", dice Carlos Soria, que se lo toma con más filosofía que los demás. Será quizá por la edad: "Nosotros, siempre que se podía, hemos conservado la alegría. Recuerdo una noche a 7.000 metros en la que Sito Carcavilla, el cámara Luis y yo teníamos un cachondeo con la cena tremendo".
Sin embargo, con la tensión de ver la cumbre tan cerca es complicado desconectar.
"Lo más alto que he dormido es a unos 8.200 metros en el Everest, una vez que no subimos por la ruta normal. No utilizamos oxígeno y apenas descansamos, porque estás pensando, tienes tus miedos, te convences de que quieres estar ahí, de que quieres tirar para arriba..." , dice Ramón, que esa noche, además, tuvo un problema estomacal: "Vomité y mis dos compañeros me miraban diciendo: '¿Y éste?' Menos mal que no fue nada grave, simplemente, me sentó mal lo último que tomé".
El 21 de marzo de 1984, Ramón Portilla coronó el Elbrús (5.642 m.), el pico más elevado de Europa y, con ello, culminó un proyecto que perseguía desde hace tiempo: las 'Siete Cumbres'. Él fue el primer español en ascender las cimas más altas de cada continente. Antes habían caído el Everest (8.848 m./Asia), el Aconcagua (6.961 m./Sudamérica), el McKinley (6.190 m./América del Norte), el Kilimanjaro (5.895 m./África), la Pirámide de Carstensz (4.884 m./Oceanía) y el Macizo Vinson (4.892 m./Antártida).
Años después, en febrero de 2007, Rosa Fernández llegó a la cima del Kilimanjaro e inscribió su nombre como la primera mujer española en completar las 'Siete Cumbres'.
Otro que cavila mucho durante esas noches, sobre todo si es la de antes de coronar, es Ferran: "Estás un poco intranquilo, con esa inquietud deportiva y personal. Y dices: 'A ver si más arriba voy a estar peor y no voy a poder bajar".
"Piensas en el tiempo que va a hacer, en cualquier cosa que pueda suceder. Y pasas nervios, sí...", dice Rosa.
Porque llega el momento de encarar la ascensión final.
Y Rosa, Ramón y Ferran van camino de la cima con una Coca-Cola en la mochila.
A Rosa le daba cierto respeto.
"A ver si nos va a decir que va a pasar algo y nos tenemos que dar la vuelta", recuerda.
Las palabras del lama, que le entregó un khata, un pañuelo sagrado tibetano, y un amuleto de protección que no se podía quitar hasta regresar, aún resuenan en su cabeza.
"Llegaréis al campo de altura, mucha gente regresará, porque aparecerán algunas nubes y parecerá que el tiempo va a empeorar, pero vosotros continuaréis hacia la cumbre".
Ese fue su augurio y eso fue lo que exactamente sucedió.
El lama, visita obligada antes de partir, acertó totalmente en su predicción. Rosa, en su segundo intento después de aquel fallido de 2003, iba a coronar, por fin, en 2005, sólo dos años después, por la cara norte, el Everest.
En el instante crítico, ella recordó lo que les había dicho aquel maestro espiritual budista. "Las expediciones grandes se volvieron. 'Rosa, nos bajamos, que el tiempo está muy mal y en el campo base hay 20 centímetros de nieve' , nos explicaban. Pero nosotros, yo creo que un poco también confiados por lo que nos había contado el lama, seguimos para arriba", asegura.
Todo salió bien. Y una vez en la cumbre lo disfrutó, vaya si lo celebró. "Estuve media hora de reloj, fue algo increíble. Me sentía tan feliz...", cuenta Rosa.
Tanto que Dawa, su sherpa, no daba crédito a lo que veía, más bien a lo que oía. "Me dijo: 'En mi vida he escuchado a nadie hablar tanto en la cima'. Yo llevaba mi cámara de vídeo y quería grabarlo todo, contar lo que sentía y lo que estaba pasando. Fue superemocionante", recuerda.
En la cima, las lágrimas son, casi siempre, difíciles de contener.
"Lloras, claro que lloras", dice Rosa.
La cumbre es un momento muy especial y la alegría, algunas veces, ya se siente incluso antes de llegar.
"Ese día que partes hacia la cima, normalmente, sales de noche y no sabes cómo te vas a encontrar, tienes tus dudas... Subes desde 1.000 metros más abajo y ya te quedan 800, 700, 600... hasta que hay un momento en el que dices: 'Tenemos la cumbre hecha'. Ahí, cuando ya sabes que vas a llegar, es increíble" , explica Carlos Soria, que intenta disfrutar todo lo que puede la ascensión justo antes de coronar.
A él lo que de verdad le gusta es ver nacer el sol: "Lo más bonito es el amanecer por encima de los 8.000 metros, cuando, poco antes de llegar a la cumbre, los valles todavía están oscuros y las primeras luces se reflejan en las puntas de las montañas. Es un espectáculo...".
Qué maravilla... esos rayos de sol.
"Coronar una montaña es algo supermágico" , dice Ferran, que con 14 ochomiles a la espalda, gesta que culminó en mayo de 2017, habla con autoridad: "Cada cima es distinta y las sensaciones varían con la edad, pero siempre hace ilusión. El Annapurna, mi primer ochomil, fue muy emocionante".
A veces, sin embargo, cuesta un poco disfrutar.
"Si estás hecho una pena, la única sensación que tienes es que has dejado de sufrir cuesta arriba y ahora ya sólo te queda sufrir cuesta abajo" , indica Portilla. Y lo secunda Ferran: "Alguna vez llegas tan fundido físicamente que estás más contento por la liberación del sufrimiento que por la cumbre en sí".
El sherpa Babu Chiri durmió en la cumbre del Everest (8.848 m.) en mayo de 1999. Fue la noche del día 6 al 7 y permaneció en la cima más de 21 horas sin oxígeno. "Lo hizo por voluntad propia, no porque hubiera sufrido un accidente y no pudiera bajar. Era una persona preparada, que fue aclimatada y que tuvo respaldo físico, psíquico y orgánico para poder resistir ahí arriba, además de su genética", asegura Carrascosa. "Montó una tienda especial que le hicieron y decía que había dormido perfectamente, pero quitando esas personas, que son excepcionales, el resto de seres humanos...", dice Portilla, que deja la frase sin terminar. El resto de seres humanos allí no puede ni estar, quería decir. Babu Chiri falleció en 2001 en el Everest tras despeñarse cerca del campo II.
A pesar del cansacio, incluso del dolor, siempre queda un aliento para gozar.
"Estás tocando el cielo con las manos. Y aunque te falte oxígeno en el cerebro, aún tienes esa mínima sensibilidad para darte cuenta de que es algo grandioso, majestuoso. Contemplar el mundo a tus pies es una sensación mágica. Realmente te compensa todo lo que te ha costado subir", afirma Portilla. A Carlos Soria el que le marcó fue el Everest (8.848 m.): "Estás ahí, miras y ves que todas las montañas son más bajas... Eso a mí me impresionó".
"Una vez arriba, ¿qué es lo que más te apetece?", le preguntamos a Rosa.
"Estar abajo", responde ella.
Ya lo dice Portilla: "La cumbre es sólo la mitad del camino" .
Además, en la cima, los alpinistas, aunque quieran, no se pueden recrear. "Sientes estrés, incertidumbre. Estás en un sitio lejos de cualquier ayuda, tienes toda esa tensión acumulada y agobia. Es como una prisión de la que, entre comillas, tienes que escapar. Yo nunca he estado más de media hora, lo máximo fueron unos 20 minutos en el Cho Oyu, porque hacía muy buen clima y estábamos muy tranquilos", cuenta Ferran.
Las cumbres se saborean un poco más si se pueden disfrutar en soledad, con mayor tranquilidad. "Estar casi solo en un sitio tan remoto provoca que la sensación sea aún más intensa", afirma Ferran. Él pudo vivir dos veces un momento así: en la cima del Nanga Parbat y en la del Gasherbrum I, donde solo le acompañaban dos personas, sus compañeros, y no había nadie más.
Carlos Soria, mientras, lo saboreó en la cumbre del Everest: "El sherpa que venía conmigo se quedó en el campo III y yo llegué hasta la cima, donde estuve solo un buen rato hasta que aparecieron dos personas".
Allí arriba no hay mucho tiempo para disfrutar. "Sabes que ahí no puedes permanecer y que tienes que bajar", afirma Portilla. "Hay que salir lo más rápido posible" , dice Soria.
Pero antes tienen unas pequeñas cosas que hacer.
Rosa deposita el khata que la ha dado el lama. Es su forma de dar las gracias, de agradecer la protección.
Carlos, a veces, recoge una piedra para su amigo Sito, el que le salvó la vida en el Dhaulagiri (8.167 m.). Es geólogo y esa pieza es un tesoro para él.
Ramón, que en la cima del Gasherbrum II (8.035 m.) dejó un ejemplar del 'Libro del infinito' de Eduardo Scala, porque el autor se lo pidió, también suele guardar un guijarro para coleccionar, pero, por encima de todo, se lleva las "sensaciones" de haber estado allí: "Eso es lo que cuenta".
Y Ferran saca su Coca-Cola para compartir.
"En la cumbre del Broad Peak (8.051 m.) abrí una lata y le di un poco a Gerlinde Kaltenbrunner, que es la primera mujer que ascendió los 14 ochomiles sin oxígeno, a ver si así me la ligaba. Por aquella época me tenía enamorado", recuerda con una sonrisa.
Esa sí que es la verdadera chispa de la vida.
"La siniestralidad es mucho más alta en los descensos" , asegura Ferran. Él se dio un buen susto. Un despiste en la bajada del Shisha Pangma (8.027 m.) en 2005 pudo acabar muy mal. Incluso ser fatal.
"Descendía por la cara sur y cometí un error. Crucé como por un canal de aludes y no vi que caía mucha nieve", recuerda. La avalancha, furibunda, cabalgaba directa hacia él. Se lo iba a llevar por delante. Y justo en el último momento pudo escapar: "Casi me arrastré por el suelo". Se pudo salvar.
En el Gasherbrum I (8.080 m.), en 2012, le volvió a pasar. "Descendiendo, me caí dentro de una grieta sin llevar la cuerda", explica. Con algún rasguño, un buen trabucazo y un poco de dolor, afortunadamente sin ninguna lesión, pudo salir de ahí y continuar.
Ferran asume su responsabilidad en estos dos 'accidentes'.
"Lo del Shisha Pangma fue por el cansancio y porque no estuve tan atento. Y lo del Gasherbrum I, un fallo de percepción por culpa de la fatiga y por la relajación, por pensar: 'Bueno, ya estoy cerca, ya no me va a pasar nada'", asegura.
Otro de los riesgos al que se enfrentan los alpinistas al descender es la pérdida de motivación. La cumbre, la conquista, ya está en el zurrón y eso les puede provocar cierta relajación. "Cuando bajas hay un punto de distensión psicológica. Tu cerebro te engaña y te va diciendo que ya has conseguido el objetivo, que es la cima, lo que provoca que no estés tan alerta como cuando subes", explica Ferran.
"Muchos accidentes ocurren en el descenso, precisamente por eso, porque ya no tienes esa ambición, esas ganas, ese sueño que te ha empujado para caminar hacia la cumbre. Todo el agotamiento te cae encima de golpe y resulta que no tienes fuerzas para bajar", apunta, por su parte, Portilla.
Lo que le pasó en la bajada del Dhaulagiri (8.167 m.) a un amigo de Carlos Soria, tristemente, acabó muy mal.
Pepe Garcés, q.e.p.d., se precipitó al vacío al resbalar por encima del campo III cuando descendía tras haber renunciado a la cumbre en su segundo intento. "Iba junto a mí", recuerda Carlos.
"Estábamos en el último campamento con los italianos Silvio Mondinelli y Mario Merelli, dos buenos amigos y dos muy buenos alpinistas. Al día siguiente, no iba a hacer muy bueno y dijimos: 'Pues nos quedamos y esperamos un día más'", empieza Soria.
"Pero por la mañana nos levantamos y Pepe Garcés me dijo que fuéramos hacia arriba, que los italianos acaban de salir. Yo le contesté: 'Pepe, no hace buen tiempo y habíamos quedado en que íbamos a esperar aquí un día más'" , continúa.
Carlos no pudo convencer a su amigo, que se marchó rumbo a la cima del Dhaulagiri (8.167 m.): "Pepe se fue y volvió sin subir a la cumbre. Pero ya estaba muy cansado y bajando se cayó y desapareció".
Para Soria fue durísimo. Él estaba junto a su amigo y le vio caer. "Lo que recuerdo después es recoger sus cosas en la tienda de campaña, su saco de dormir, en el que había pasado la noche, y llamar a su familia. Aquello fue terrible", lamenta.
La tragedia de Garcés y los sustos de Ferran ocurrieron bajando.
El descenso es lo más arriesgado de una expedición. Y en esto no hay duda: el consenso de todos es total. "Es donde se suelen producir los accidentes", dice Rosa. "Lo más complicado", añade Soria y sentencia Ferran: "Una angustia y un peligro".
"A la cima tienes que llegar fuerte, porque si no, al descender, la cosa se puede complicar" , asegura Rosa. Ella, de hecho, se dio la vuelta apenas a 100 metros de la cumbre del Cho Oyu (8.188 m.) porque no se veía capaz de coronar y bajar después con seguridad.
"El descenso no lo afrontas al 100% de tus facultades. Llevas ya mucho tiempo por encima de los 7.000 u 8.000 metros y estás físicamente agotado y mentalmente un poco nublado", expone Soria.
En la bajada, los alpinistas ya van muy al límite de su capacidad. "Al cansancio, cuando inician el descenso, se le une la escasez de oxígeno a la que han sometido al organismo durante mucho tiempo", dice Carrascosa.
Y encima, según Ferran, "técnicamente, es más díficil que la ascensión". "Es más fácil escurrirte. Subiendo todo es apoyado y bajando es otra historia. En algunas zonas vas de cara a la pared con los piolets... Es más peligroso", apunta Soria. Y si además se hace de noche, "se dificulta aún más", añade Ferran.
Sólo hay un elemento que juega a su favor: el oxígeno.
"A medida que van descendiendo, se encuentran mejor. Por eso tienden a bajar lo máximo posible, aunque tengan que hacer un esfuerzo suplementario. Si en lugar de quedarse a 7.000 metros, puede ser a 6.000, mucho mejor", dice Carrascosa y Soria le da la razón:"Hay veces que no te quedas en el último campamento. Si te encuentras en condiciones, bajas más. Eso te viene muy bien". Así el 'mal de altura', poco a poco, empieza a remitir. "Con el oxígeno revives, es como: 'Guau'" , explica Rosa.
"Es que cada paso que das para abajo es hacia la vida", asegura Portilla.
Los alpinistas, que ya se sienten un poco mejor, se acercan al campo base y empiezan a vislumbrar el final. "Cuando cruzas esa frontera ya estás salvado", dice Ferran. Ahora es el momento de empezar a pensar cómo celebrar el éxito de la expedición.
Rosa se beberá un vaso de agua, de la buena, de la rica, de la de verdad, no ese 'líquido' espeso del glaciar. "Es lo que más echo de menos cuando estoy arriba", afirma.
Ferran, que en el campo base duerme "como en casa, como los ángeles, como Dios", así lo dice él, sueña con poder descansar en paz y olvidar las "noches de mieeeeeerda" que ha pasado en altitud.
Carlos Soria, mientras, lo que quiere es comer, disfrutar de un plato de esas "maravillosas lentejas con arroz" que le esperan al llegar. "El cocinero siempre me las prepara", asegura.
Y Ramón, por fin, podrá abrir esa lata de cerveza con la que "sueña" durante toda la expedición.
En el campo base la relajación de todos es total. "Ahí ya sí te quedas tranquilo", asegura Ferran.
Pero cuando unos vuelven, otros hacia la cima se van.
"Al llegar, te cruzas con gente que empieza a subir" , dice Soria.
Ojalá les vaya todo bien.
En la 'zona de la muerte' nunca se sabe lo que puede suceder.



