De Oliveira, Cabo Verde, fútbol, espías y el campo de la muerte lenta
El histórico seleccionador portugués fue encarcelado en el campo de concentración de Chão Bom, en Tarrarfal

T arrafal es una bellísima localidad pesquera y playera en la isla de Santiago (Cabo Verde) . A la izquierda de la carretera que la une con la capital, Praia, se descubre, a menos de tres kilómetros del centro del pueblo, lo que fue un campo de concentración al que el gobierno portugués de Salazar enviaba a sus opositores. Hoy es un museo en recuerdo de las personas que allí fueron encerradas entre 1936 y 1961, de las que 36 se dejaron la vida (32 portugueses, dos angoleños y dos guineanos). Muchos otros la perdieron después de ser liberados, a causa de las secuelas de lo allí sufrido.
El campo tuvo dos etapas: una primera, hasta 1954, cuando solo eran enviados presos portugueses; y una segunda, tras su reapertura en 1961, destinada a encarcelar a la resistencia en las colonias lusas (Angola, Cabo Verde y Guinea). En ese periodo pasó a llamarse Campo de Trabajo de Chão Bom.
Quien quiera comprender lo que fue aquel campo de concentración puede hacerlo en el libro Tarrafal: el pantano de la muerte . Su autor, Cándido de Oliveira, es una de las figuras esenciales en la historia del fútbol portugués. Nacido el 25 de septiembre de 1897, Oliveira —que hoy da nombre a la Supercopa de Portugal— hizo del fútbol el eje de su vida. Jugó en Benfica y Casa Pia , fue internacional y seleccionador portugués en cuatro etapas entre 1926 y 1952. También entrenó a Os Belenenses, Sporting, Flamengo (Brasil), Oporto y Académica de Coimbra. Fue directivo en algunos de sus clubes —fundó el Casa Pia Atlético Clube—, redactor en periódicos como Os Sports, Diário de Notícias, Diário de Lisboa y O Século , y fundador, junto a Ribeiro dos Reis y Vicente de Melo, del diario A Bola. Su fidelidad al fútbol siempre caminó en paralelo a sus ideas políticas.
De profunda formación democrática, Oliveira —figura pública notable y capitán el día en que Portugal jugó el primer partido de su historia ( 18-12-1921, derrota por 3-1 en Madrid ante España) — nunca escondió su oposición a las dictaduras que sacudían Europa. Su voz y sus textos se alzaron contra Mussolini, Hitler y Franco , pero su principal objetivo crítico fue Salazar y su régimen autoritario.
Lo que llevó a Cándido de Oliveira a acabar en las húmedas celdas de Tarrafal fue una r ed inglesa de espionaje descubierta en plena Segunda Guerra Mundial. Los servicios secretos británicos habían establecido varias redes de información en Portugal, una de ellas con infiltrados en la Legión Portuguesa, enfrentada a la PIDE (Policía Internacional y de Defensa del Estado). Corría el año 1940 cuando Hitler planeaba la ‘Operación Félix’ , supuestamente acordada con Franco en Hendaya: un plan que finalmente no se ejecutó y que pretendía que Alemania cruzara España para expulsar a los ingleses de Gibraltar y así dominar el Mediterráneo.
Salazar mantenía a Portugal en una posición oficial de neutralidad, aunque sostenía relaciones comerciales tanto con ingleses como con alemanes. Sin embargo, al descubrir la policía aquella red de espionaje, actuó con dureza para evitar que Alemania le acusara de romper ese papel de neutralidad. Una neutralidad que, en realidad, era relativa: de sus puertos salían barcos cargados con wolframio español (procedente de las minas de León) destinado al ejército alemán. Los ingleses implicados fueron expulsados del país de inmediato; los portugueses, enviados al campo de concentración de Tarrafal. Entre ellos estaba el seleccionador portugués de fútbol, Cándido de Oliveira , conocido por los británicos como ‘Pax’.
Los servicios de espionaje británicos enviaron a Lisboa a John Grosvenor Beevo r con el objetivo de apoyar a la guerrilla antifranquista cercana a las fronteras lusas, incitar a los portugueses a una revuelta contra Salazar y crear redes de apoyo en los territorios de ultramar. En Portugal, Beevor se apoyó en la petrolera Shell y en la Eastern Telegraph Company, pero cometió un error decisivo: entrar en contacto con el teniente de la Legión Parejas Ribeir o, un germanófilo convencido que denunció de inmediato lo que ocurría.
El 4 de marzo de 1942 , Salazar citó al embajador británico, sir Ronald Campbell, y le dejó en evidencia con documentos sobre la mesa. Cándido de Oliveira, alias ‘Pax’ , había caído ya tres días antes. El 1 de marzo, la policía salazarista irrumpió en su casa y lo detuvo acusado de espionaje a favor de los británicos. En la sede de la PIDE, en el número 22 de la Rua António Maria Cardoso , fue brutalmente torturado: no le quedó un solo diente sano tras los golpes recibidos. Después de más de dos meses detenido, el 20 de junio de 1942 partió en barco hacia la isla de Santiago y el penal de Tarrafal, donde permanecería 18 meses. Entraba en el campo de la muerte lenta.
En 1944, cuando Salazar comprobó que la guerra empezaba a volverse en contra de Alemania y que los aliados dominarían Europa, ordenó la liberación de numerosos presos políticos. Oliveira era uno de ellos. A su llegada a Lisboa se le ofreció recuperar su puesto en Correos y el cargo de seleccionador nacional. Renunció al primero, y solo su amor por el fútbol le llevó a aceptar el segundo. El 11 de marzo de 1945 , con un empate 2-2 ante España en Lisboa, el ‘espía’ volvía a sentarse en el banquillo portugués.
Marcado de por vida por su experiencia en Tarrafal, Oliveira fue el entrenador del Sporting cuya legendaria delantera — Correia, Vasques, Peyroteo, Travassos y Albano — sería conocida como los Cinco Violines. Con los ‘leones’ ganó tres Ligas consecutivas, algo inédito hasta entonces, y dos Copas antes de marcharse a Brasil para trabajar en el Flamengo.
Su último partido al frente del “equipo de todos nosotros” , como él mismo bautizó a la selección en los años 20, lo dirigió en 1952 (derrota por 1-3 ante Argentina en Lisboa). En 1958 viajó a Suecia como corresponsal de A Bola para cubrir el Mundial. Allí encontró la muerte el 23 de junio a causa de un problema pulmonar . Días antes se había sentido mal y acudió a un hospital, pero renunció a quedar ingresado para no perderse los partidos. El día de su muerte no había fútbol: era la víspera de las semifinales (Brasil-Francia y Suecia-Alemania). Oliveira se marchó con la satisfacción de haber visto en directo a jugadores que se convertirían en leyenda (Pelé, Garrincha, Vavá, Djalma, Zito…) . La muerte le impidió ver coronarse a los brasileños a los que tanto admiraba.
Su legado futbolístico permaneció vivo, pero hubo que esperar hasta después del 25 de abril de 1974, cuando la Revolución de los Claveles puso fin al régimen de Salazar, vigente desde 1926. Con la llegada de la democracia, la editorial República publicó Tarrafal: el pantano de la muerte , el libro de Cándido de Oliveira que estremece al relatar lo que fue —y hoy es un museo— un lugar de muerte y tortura.



