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El COI se mira al espejo y no le gusta lo que ve

La revolución iniciada suena a necesidad y ha optado por dar el paso esta vez sin el consenso inicial que caracterizaba al movimiento olímpico

Gerardo Riquelme603 palabras

Hay organismos que cambian porque quieren. Y hay organismos que cambian porque ya no les queda otro remedio. El Comité Olímpico Internacional, ese club de la nobleza deportiva -aunque ya sin corbata, muy cool- instalado en su palacio de Lausana con vistas al lago Leman, pertenece claramente a la segunda categoría.

Lo que aprobó el miércoles la 146ª Sesión del Comité Olímpico Internacional tiene tres patas: más neutralidad política en la Carta Olímpica, una reforma en la elección de sedes y una nueva metodología para el programa deportivo. Suena ambicioso. En papel, todo siempre suena ambicioso. Y todo lo aguanta. Kirsty Coventry, tachada de inactiva durante tanto tiempo, ha pegado un volantazo que ha descolocado a todo el mundo. Sobre todo porque su poder geopolítico parece muy menor. Mientras Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, se ha metido en el 'Kitchen Gabinet' de Donald Trump, la africana no parece ser la dirigente que en plan hollywodense pueda pronunciar aquello de "póngame con el presidente". Se llame Trump, Putin o Xi Jinping.

Empezando por lo más llamativo, que es lo del dinero, porque a la gente lo que le interesa es el dinero, por primera vez en la historia, todos los deportistas que participen en los Juegos Olímpicos podrán solicitar una beca de 10.000 dólares. El COI, a través de Pau Gasol -cada día más sobresaliente en su rol olímpico de presidente de la comisión de atletas-, lo llamó beca. Claro. Si lo llamaran sueldo, tendrían que reconocer que llevan un siglo explotando a sus propios protagonistas gratis. El organismo genera cerca de 1.000 millones de dólares por cada edición de verano, y ahora repartirá más de 140 millones entre sus deportistas. Ya era hora.

Sobre la neutralidad política, el asunto tiene su miga. El grupo liderado por el exministro británico Hugh Robertson añade a la Carta Olímpica la obligación de que el COI aplique neutralidad "libre de presiones gubernamentales, culturales, sociales o económicas". Muy bonito. El problema es que ese principio lleva décadas escrito en la filosofía olímpica y no siempre se ha cumplido. Escribirlo con más énfasis no garantiza que se vaya a respetar mejor. El espíritu olímpico se desvanece en cuanto las contiendas dejan de estar en las letras gruesas de los periódicos.

En cuanto a las sedes, Grabar-Kitarović, con una camiseta de Croacia, prometió que las reformas darán "más claridad" a los candidatos y que los gobiernos tendrán "un calendario claro para proporcionar el apoyo requerido". Lo que se traduce en que la sede de 2036 se conocerá en 2029. Un avance, sí, pero no para tirar cohetes. Thomas Bach, el predecesor de Coventry, le quitó el poder a la asamblea

Y luego está la tercera pata: la maquiavélica decisión de eliminar la lista fija de Federaciones Internacionales de la Carta Olímpica para tener más flexibilidad a la hora de moldear el programa de los Juegos. Aquí el COI se reserva el derecho de admisión definitivo sobre qué deportes entran y cuáles salen. El cabreo es generalizado entre las excluidas. Porque puede sonar a modernidad. Pero también puede sonar a poder absoluto sin contrapesos. ¿En base a qué se tomarán esas decisiones? ¿Audiencias? ¿Tik Tok e Instagram? ¿Followers de sus practicantes?

El COI, en fin, ha hecho sus deberes, ha presentado sus reformas con carpeta bonita y palabras grandilocuentes. Pero el olimpismo lleva tiempo necesitando algo más que retoques en el reglamento. Necesita una conversación honesta sobre a quién sirve realmente. Mientras esa conversación no llegue, los Juegos seguirán siendo el mayor espectáculo del mundo… financiado, no se engañen, con el esfuerzo de los que menos cobran de él.

Mark Adams, dircom del COI; Karl Stoss, Kirsty Coventry y Pau Gasol, el miércoles LAPRESSE
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