Los huesos de Brundage se remueven en su tumba (y eso está bien)
El amateurismo olímpico siempre fue un soporte para el clasismo

A very Brundage ¿Quién era Avery Brundage. Fue uno de los personajes más influyentes e importantes del mundo del deporte, y a la vez uno de los más controvertidos . Fue presidente del Comité Olímpico Internacional durante 20 años, 20 cruciales años, de 1952 a 1972 , años centrales de la Guerra Fría. Logró mantener los Juegos Olímpicos libres de boicots y los hizo crecer hasta convertirlos en el evento de más alcance mundial. Puede hablarse, y se habla, de los claroscuros de su vida: sobre si fue él quien denunció a Jim Thorpe para que le quitasen sus medallas o sobre las motivaciones de su apoyo a los Juegos Olímpicos de Hitler, Berlín 1936 . Pero sobre lo que no hay controversia es sobre su papel de defensor de lo más rechazable del ideal olímpico: el impuesto e impostado amateurismo que, en realidad, no era más que una manifestación del clasismo anglosajón.
El deporte moderno nació en el Reino Unido, es cierto. Y se acabó convirtiendo en vehículo del clasismo inherente a la sociedad victoriana. Esta consideraba que el deporte debía ser una actividad de 'damas y caballeros' (Ladies and gentlemen) y que la pureza de la competición no debía contaminarse con la cercanía del dinero. No ya cobrar por competir - aunque sí se cobrase al público por el espectáculo brindado- sino no dedicar siquiera dinero a ello. Eso significaba excluir del deporte a todo aquel que no perteneciera a las clases adineradas, q ue eran las únicas que podían dedicar tiempo no remunerado al deporte, y no digamos ya a la compra de material.
La cosa fue aún más lejos: se consideraba que nadie que fuera trabajador podría ser deportista 'oficia l', dado que un trabajador no podía ser 'gentleman', un caballero. El deporte quedaba reservado a 'rentistas', como ahora se dice. A Edward Battel, campeón en ciclismo en Atenas 1896, se le intentó impedir participar porque al ser mensajero de la embajada, cobraba por montar en bicicleta, y por tanto no podía ser 'gentleman' y 'amateur'. En los primeros torneos de Wimbledon se exigía que los inscritos residieran en "buenas direcciones" . A John Kelly se le negó participar en las prestigiosas pruebas de remo de Henley por ser ' albañil ' (su hija, Grace , emparentaría con la rancia aristocracia europea), a Jim Thorpe se le quitaron las medallas por haber cobrado por hacer deporte sin relación con el olimpismo... Los profesores de esquí tuvieron prohibida su participación olímpica porque cobraban por esquiar. Un poco como el caso del golf : en algunos clubes tenían contratado a un "profesional" que debía comer en la cocina con el resto del personal. Luego, la vida se abrió camino. Los deportes más populares, donde más se podía hacer dinero, se profesionalizaron. El COI no se atrevió a renunciar a ellos pero sí expulsó a los deportistas 'impuro s'. A ellos, sumando y restando, se les dio una higa. Sólo Juan Antonio Samaranch se dio cuenta de que quien más perdía era el mundo olímpico.
Bien: Avery Brundage defendió este estado de cosas hasta sus últimos días y, como vemos, esos días fueron tan sólo anteayer, cuando el deporte, y también los Juegos Olímpicos, eran ya un enorme negocio global. Brundage, como un fundamentalista , era inmune al paso del tiempo y las circunstancias. Defendía que los deportistas olímpicos no podían tener el deporte como justificación y eje de sus vidas y que su misión fundamental durante sus años de carrera deportiva debían dedicarse sobre todo a formarse y adquirir los conocimientos necesarios para defenderse el resto de su vida.
Eso era coherente con la visión de los Juegos Olímpicos como gran campus universitario, pero no tanto con el crecimiento del deporte y su conversión en industria, a no ser que considerases que el negocio perfecto era no pagar ni un céntimo a los trabajadores . Porque los Juegos eran cada vez más un negocio. En Tokio 1964, ya con la televisión vía satélite disponible, los derechos televisivos de los Juegos fueron ya de 1,6 millones de dólares . En Munich 1972 eran de 17,8 millones.
Y los deportistas se daban cuenta, claro. A Avery Brundage le llamaban 'Slavery Bondage', el traficante de esclavos. Él fingía no enterarse de que los países del Bloque del Este financiaban desde el Estado a sus deportistas mediante subterfugios como grados militares o puestos en empresas públicas, y en el Oeste se cobraba 'en negro' . Pero en Sapporo 1972, cuando la situación ya empezaba a ser insostenible para el amateurismo estricto, expulsó 'manu militari' al estelar esquiador Karl Schranz.
En fin. El propio Coubertin no daba tanta importancia al amateurismo. Llegó a hablar de "la momia amateur". Brundage -asiduo visitante de España y admirador de quien entonces estaba en el poder- fue su último Sumo Sacerdote y unos años después J uan Antonio Samaranch comenzó a abrir las puertas a la realidad.
Ayer, cuando Pau Gasol anunció que los deportistas cobrarán directamente por participar en los Juegos Olímpicos , quizá los huesos de Brundage se hayan removido en su tumba y él, desde el Más Allá, haya rezongado despectivamente. Pero ¿Saben una cosa? Bien estaría que fuera así. El amateurismo tal y como lo entendieron Brundage y los suyos siempre fue una cosa clasista que iba contra el verdadero espíritu olímpico. Él hizo que se prolongara en exceso. Su tiempo, definitivamente, ha pasado por fin.



