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Luces y sombras del europeo de Atletismo

Xabier Vergara2189 palabras

Finalizó el Campeonato de Europa de Atletismo y, como es normal en un deporte individual, la actuación de los atletas españoles ha tenido sus luces (las menos) y sus sombras (las más). A nivel global, una vez más, nos ha salvado la Marcha (con mayúscula) con una extraordinaria actuación que nos ha proporcionado cuatro de las ocho medallas conseguidas. Nos hemos quedado lejos de Italia (21 medallas), Gran Bretaña (19), Alemania (21), Países Bajos (14) y Francia (11, aunque ninguna de oro). También nos han superado en el medallero, al tener más oros, Suiza y Noruega, y hemos estado lejos en número de finalistas y puntos que se asignan según los puestos, tal y como nos informa el gran experto Gerardo Cebrián, cuyo análisis en X (Twitter) recomiendo. En general, hemos brillado en el asfalto (además de las cuatro preseas en Marcha, una por equipos en la maratón femenina) y, salvo algunas excepciones, decepcionado en el estadio, donde muchas expectativas previas no se han cumplido. Así lo dicen los números, y lo corroboran las declaraciones del presidente de la Federación Española de Atletismo y el seleccionador nacional, insatisfechos con el resultado global alcanzado. Ahora es el turno de los protagonistas y los expertos para que analicen lo sucedido en profundidad. No hay que “pasar la página” sin enfrentarse a una evaluación objetiva de lo sucedido que considere lo bueno y, por muy doloroso que sea, también lo malo. Es la única forma de aprovechar la experiencia para seguir creciendo. Antes de continuar, quiero dejar claro que no pongo en duda que los atletas seleccionados lo merecían y allí lo han dado todo. Otra cosa es que hayan estado más o menos acertados, pero mi respeto y reconocimiento a todos los que han participado. El deporte de élite es muy exigente, y los deportistas luchan consigo mismos para poder responder a esa exigencia. Necesariamente, deben plantearse objetivos ambiciosos en lugar de conformarse, someterse a una disciplina férrea dentro y fuera de la pista, hacer grandes esfuerzos, renunciar a otras actividades placenteras, afrontar y superar múltiples adversidades, entre ellas las lesiones, y tolerar la frustración de resultados adversos. Por eso, competir en un europeo, alcanzar ese sueño que solo consiguen muy pocos, es un gran logro que merece ser valorado. Sin embargo, ese reconocimiento no es incompatible con una evaluación objetiva y crítica del rendimiento mostrado. Para los deportistas de élite participar en una competición del nivel de un europeo, un mundial o unos Juegos Olímpicos no debería ser un fin, sino un medio para obtener el resultado exitoso que justifica su participación. Por tanto, lo que cabe esperar es que compitan y rindan al máximo de su potencial, y que aquellos que no consigan lo que para ellos sería un objetivo realista, se sientan frustrados, decepcionados, tristes o enfadados, en lugar de “muy contentos”, sin que proceda sobreprotegerlos emocionalmente (o que ellos mismos se sobreprotejan) diciendo que han tenido una buena actuación cuando en realidad no ha sido así. Esta negación de la realidad impide que fluya la emoción negativa que es lógico que acompañe a un mal resultado, y favorece que no haya una autocrítica constructiva que reconozca qué se ha hecho mal y qué se puede aprender de esa mala actuación para mejorar en el futuro. La comprensión y el apoyo ayudan al que fracasa, pero la sobreprotección perjudica que aprenda de lo sucedido. Algunas declaraciones que algunos atletas han hecho en la televisión tras disputar sus pruebas no reflejan la frustración y autocrítica que parecen razonables tras no haber alcanzado lo que se esperaba de ellos. Más de uno ha dicho: “lo he disfrutado”, “estoy muy contento”, “estoy muy feliz”. Este tipo de declaraciones, incoherentes con el resultado obtenido, no ayudan a que los espectadores se identifiquen con los deportistas y empaticen con ellos poniéndose en su lugar y comprendiendo su dolor. Más bien, al contrario, proyectan una imagen de conformarse y no asumir su responsabilidad que no les favorece en absoluto: ni a ellos ni a quienes los han elegido. Son deportistas que han llegado aquí tras un gran esfuerzo personal, pero que eclipsan ese mérito transmitiendo una emoción que no refleja cómo se siente una persona comprometida que habiéndolo dado todo no consigue su objetivo. Con sus declaraciones “en positivo”, alentadas por comentaristas con su mejor intención, pueden provocar en la audiencia rechazo o, quizá, una cierta compasión, pero no el respeto que merece su dedicación y esfuerzo. Es cierto, no obstante, que en estos casos es muy probable que la procesión vaya por dentro y que esa satisfacción aparente sea un “escudo mental” para no sentirse mal cuando el fracaso está tan reciente, pero un deportista de élite debería saber que, cuando uno se pone delante de una cámara, lo que diga tendrá un impacto social que le favorecerá o le perjudicará. ¿Qué ambición deportiva transmiten estos deportistas que habiendo fracasado se muestran muy contentos? ¿Qué pueden pensar sus posibles patrocinadores? ¿Qué imagen de profesionalidad y respeto a su propio trabajo presentan ante los aficionados? Más tarde, habrá que analizar si las expectativas previas eran realistas y por qué no se han cumplido, pero lo lógico ahora, recién terminada su prueba, es que los deportistas se sientan frustrados y disgustados por no haber rendido como deseaban en el principal evento de la temporada. Y no es malo que compartan ese dolor con el público a través de sus declaraciones. Al contrario, eso muestra mejor su lado humano, la emoción que provoca no haber conseguido algo por lo que han luchado tanto. Después, la vida continua y, como deportistas de élite, tendrán que afrontar el reto de levantarse y seguir adelante aprovechando la experiencia vivida. El rechazo de los aficionados se puede reflejar en sus comentarios en las redes sociales. Estas son un gran altavoz, en muchos casos anónimo, que alcanza a miles de destinatarios, muchos más de los que se dan cita en el estadio o lo siguen por televisión. Pueden gustar o no, pero están ahí y hay que aprender a gestionarlas. Una atleta se quejó de los comentarios negativos que había leído en Internet, señalando que “no había podido dormir la noche anterior a su prueba por estar pensando en lo que podría pasar si no se cumplían las expectativas que transmitían las redes”, y que eso “habría perjudicado su rendimiento por no haber descansado bien”. Además, lamentó la crítica negativa que los atletas recibían en las redes sociales sin tener en cuenta todo el esfuerzo que hacen para poder competir en un europeo. Vamos a ver. Ser deportista de élite (y no me refiero solo al atletismo, sino a cualquier deporte) no es solo entrenar duro, tener un estilo de vida entregado a la causa y conseguir marcas, sino que también implica aceptar y aprender a gestionar las circunstancias inherentes a esta actividad, como es la exposición en público ya sea en directo o en las redes sociales. Los deportistas tienen que entender y aceptar que están expuestos a rendir delante de espectadores que en el estadio o en Internet pueden ser muy exigentes y esperan mucho de ellos. Por supuesto, eso no justifica los comentarios maleducados y las amenazas que a veces se ven en las redes sociales aprovechando el anonimato que estas proporcionan. Pero no se pueden poner puertas al campo y, hoy en día, los deportistas, al igual que cualquier persona con un impacto social, deben aprender a gestionar las redes, evitando así que perjudiquen su bienestar y su rendimiento. Decía una de nuestras principales atletas en este europeo, refiriéndose a las carreras de relevos en las que España ha conseguido éxitos importantes en los últimos años, que lo que era excepcional (ganar, conseguir medallas, etc.) se ha hecho algo normal (hay que ganar siempre) y esto genera una presión que no existía antes. ¡Bienvenidos al mundo de los campeones! Cuanto más exitoso es el deportista, mayor es la expectativa de que tiene que “ganar siempre”. Evidentemente, no se puede ganar siempre, pero esa es la presión que suelen tener y gestionar los que se mantienen ganando con más asiduidad. Eso no es incompatible con aceptar la posibilidad de no ganar y que cuando esto ocurra sean capaces de asimilarlo para relativizarlo y levantarse de nuevo incluso más fuertes mentalmente, pero si no se es capaz de soportar y gestionar esa presión, es difícil que se puedan conseguir muchos éxitos a lo largo de una carrera deportiva. Cuando, por ejemplo, compite María Pérez en la Marcha, es lógico que la expectativa sea que vaya a ganar, ¿o no? Sería ridículo que, siendo la campeona del mundo y estando en buena forma, la expectativa fuera que quedara quinta. Otra cosa es que ella, como estrategia psicológica, se concentre en lo que puede controlar, y más que pensar en el resultado que desea, se centre en cómo tiene que marchar para conseguir ese resultado. Y si finalmente no lo consigue, no será “el fin del mundo”, sino un momento para recordar que hay otros grandes atletas que compiten y te pueden ganar, y que es momento de analizar lo sucedido para seguir estando entre los mejores. Para mantenerse en lo más alto, los grandes campeones de cualquier deporte tienen que ser capaces de aceptar y gestionar la presión de “tener que ganar”. Sin llegar tan alto (al menos de momento), es muy probable que la experiencia exitosa de nuestros relevos en el atletismo en los últimos años haya propiciado que existiera la presión de tener que conseguir medallas en estos europeos. Y esa presión, seguramente, habrá ido aumentando en la medida que avanzaba la semana y en nuestro medallero escaseaban las preseas. La esperanza colectiva estaba en que en los dos últimos días nos “salvarían” la Marcha y los relevos. La Marcha, con un extenso historial exitoso, cumplió con creces; los relevos, menos acostumbrados a la presión de “tener que ganar”, aportaron menos de lo que se esperaba, con una medalla (sin duda, meritoria) en seis categorías, y algunos errores técnicos impropios de estos corredores. El atletismo es un deporte individual, pero en las grandes competiciones internacionales o de clubes cada atleta aporta su rendimiento particular al éxito colectivo. Las ocho medallas que ha ganado España son la aportación de ocho éxitos en ocho pruebas. En el entorno de cada delegación, y del público en general, pueden predominar expectativas de rendimiento altas en pruebas concretas que contribuyan al éxito colectivo de las medallas y los puestos de finalistas. Y eso puede generar una responsabilidad extra sobre los favoritos a subir al pódium o alcanzar la final. Así, estos deportistas no solo tienen la presión de rendir por su propio éxito, sino, además, por la aportación que se espera de ellos al éxito colectivo. Para muchos es difícil soportar y gestionar el peso de esta segunda responsabilidad, y eso explica, al menos en parte, que rindan peor de lo que se esperaba. No sé si es el caso de nuestros relevos en este europeo, pero quizá esta reflexión pueda servir de pista. A diferencia de los atletas que se han mostrado tan satisfechos pese a haber rendido por debajo de su nivel, otros, al contrario, no han ocultado su malestar. Destaqué en X (Twitter) la declaración de Adrián Ben tras haber sido eliminado en la semifinal de los 1.500 metros, cuando se esperaba que se clasificara para la final y fuera una de las opciones de medalla. Ben fue tajante: "Ha sido un fracaso", un comentario contundente que dice mucho de él. No hay que temer a la palabra fracaso, ni a reconocer que se ha fracasado. Se fracasa cuando uno se plantea un objetivo y no lo consigue. Y esto es algo que ocurre con cierta frecuencia en el deporte, y es parte de la experiencia de los deportistas. Lógicamente, habrá que analizar los factores externos y del propio deportista que hayan contribuido a ese fracaso, pero lo primero es reconocer que se ha fracasado. No hay que esconderlo, ni buscar explicaciones fáciles que consuelen y alivien el dolor; sino reconocerlo y aprovecharlo para seguir aprendiendo y mejorando. Como Ben, otros atletas no han escondido su insatisfacción, enfado y dolor por haber fracasado en este campeonato, mostrando una madurez que constituye un gran ejemplo. Sus declaraciones sinceras permiten comprender mejor la dureza de su profesión y el mérito de su día a día para estar en la élite, ambicionar los mejores resultados, no conformarse, y trabajar duro para superar sus límites y conseguir metas importantes. Gracias a todos ellos. Seguro que, tras un merecido descanso, la experiencia emocional en este europeo les valdrá para regresar a los entrenamientos con la motivación de “sacarse la espina” la próxima temporada y una mayor fortaleza mental para conseguirlo. Chema Buceta es un referente en psicología aplicada al deporte. Su labor se centra en el entrenamiento mental, un factor esencial para el alto rendimiento. Su carrera ha estado marcada por una combinación única de experiencia en el banquillo y en la mente de los deportistas, lo que le ha convertido en una referencia internacional en la formación de entrenadores, jugadores y equipos de élite.

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