El chip que escucha los golpes
Un protector bucal inteligente mide las fuerzas G en la cabeza de los jugadores y sirve de prevención para alertar de posibles conmociones. Es obligatorio en encuentros internacionales

E n diciembre de 2020, el bufete Rylands Laws presentó una demanda ante World Rugby y las federaciones inglesas y galesas en nombre de nueve exjugadores, entre ellos Alix Popham y Steve Thompson, cuyo caso era dramático: no recordaba haber ganado la Copa del Mundo de 2003 con Inglaterra. El litigio, que aún sigue su curso tras haberse añadido 800 jugadores, terminó de convencer a los dirigentes de que por una cuestión de salud, que nunca lo es como tal hasta que no aparece el dinero, tenían que considerar con eficacia la investigación en las conmociones en su deporte.
Después de distintas propuestas, la federación internacional confió su destino al protector bucal inteligente, un mordedor con un chip del tamaño de una uña que se había probado en la Copa del Mundo femenina de 2021 y que fue desarrollado por una empresa de Minnesota que había trabajado con los Navy Seals para medir fuerzas contundentes en saltos en paracaidismo y entrenamientos de combate. La batalla, en esta ocasión, era reducir los riesgos de conmoción, que por ahora, según la estadística, han disminuido un 20 por ciento.
“Aún queda”, advierte Manu Sillero, responsable del alto rendimiento de la Federación Española de Rugby. “pero el avance es evidente. Hasta ahora se controlaba con la imagen de revisión de vídeo o los GPS que llevan en la espalda, pero es verdad que su posicionamiento no arrojaba unos datos tan certeros en términos de la fuerza que tienen que soportar en la cabeza como los protectores en la boca”.
Si los dispositivos que maneja World Rugby en directo para competiciones internacionales, donde ya es obligatorio, detectan una fuerza de 8G, al jugador se le obliga a pasar al final del partido un test de conmoción (HIA). Si no lo supera, deja de competir durante 10 ó 12 días. “Se trata de un chip que tiene un acelerómetro y un giroscospio, que permite cuantificar la intensidad de los golpeos”, explica Sillero. “Pero también es cierto que aún a veces se dan ‘falsos positivos’, jugadores que marcan esas aceleraciones en la cabeza sin que haya habido un contacto. Ya ocurría con los GPS en determinados cambios de dirección o en saltos o en aterrizajes. Se irá puliendo con el tiempo”.
El proceso comienza en la recepción del protector. Cada jugador lo ajusta individualmente con su dentista. El sensor mide el movimiento de la cabeza, no de la mandíbula. Cuando se supera el umbral determinado, el dispositivo envía por conexión inalámbrica una alerta a un médico independiente situado en la banda, que puede decidir si el jugador debe salir a una evaluación. Además, todos esos datos almacenados se vuelcan en una tablet al final del partido para cada combinado. Cada protector se guarda en un estuche que lo carga y lo higieniza con luz ultravioleta. Los estuches permiten gestionar hasta 27 unidades a la vez.
La preocupación de los científicos va más allá de la conmoción visible. Las investigaciones de la última década apuntan a que los impactos repetidos en la cabeza, incluso los que no provocan síntomas inmediatos, pueden acumularse a lo largo de una carrera y estar asociados a un mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas, entre ellas la encefalopatía traumática crónica (ETC). Esta última solo puede confirmarse mediante un análisis cerebral postmortem, y los expertos aún debaten cuánto influye cada tipo de golpe, cuál es el umbral de riesgo y qué papel juegan otros factores, como la genética o los años de exposición.
Esa incertidumbre es precisamente lo que da valor a los nuevos sensores . Hasta ahora el rugby podía contar las conmociones diagnosticadas, pero no medir la carga total de golpes que soporta un jugador.
“El trabajo de prevención es muy interesante”, insiste el español. “Ahora mismo en la competición doméstica no se usa, pero en un futuro para etapas formativas me parece súper útil. Cuando se haga en cadena, seguro que bajará el coste y pasará como con los cascos protectores en su día. Los técnicos que lo han conocido así lo entienden”.
Sillero ya había investigado con los GPS en esa dirección. “Nuestra conclusión en el estudio nacional que hicimos es que el jugador tiene una muy buena sensibilidad en la percepción de los contactos. Les pedimos que cuantificasen fuerzas de 4, 6 y 8G y la correlación en el cuestionario era mayor que el propio GPS”.
El objetivo final es prevenir, pero también crear una estructura informativa que pueda orientar cambios en los entrenamientos , en las técnicas de placaje e incluso en las reglas del juego. El índice de aciertos ya se sitúa en torno al 86 por ciento, aunque, explican, el protector no diagnostica una conmoción cerebral. Ahí sigue estando la figura del médico, que ahora maneja más datos. “Es una herramienta joven”, insiste el responsable español.
Aún arroja falsos positivos, pero es una herramienta super útil para la prevención
Quizá su mayor aportación no sea lo que detecta hoy, sino lo que permitirá saber mañana. Por primera vez, el rugby acumula datos objetivos de miles de impactos reales, y de ellos dependerá que se endurezcan los límites de contacto en los entrenamientos, que se afinen las técnicas de placaje o que se modifiquen las reglas. Para jugadores como Thompson, que hoy convive con la pérdida de memoria, esa información llega tarde. Para quienes ahora se calzan el protector, y sobre todo para quienes empiezan a jugar, puede ser la diferencia entre un deporte que se limita a reaccionar al daño y uno que aprende a evitarlo.



