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Ángel Martín: "El pasado es una herramienta muy útil para torturarte"

El humorista atiende a Tiramillas para hablar sobre su debut en la ficción con la novela 'El día que lo fuimos todo'

Javier Fernández Borrell3581 palabras

Hay conversaciones que empiezan mucho antes de que se formule la primera pregunta. Tiramillas , la web de ocio de Marca , acude al hotel boutique Petit Palace Lealtad Plaza, en pleno corazón de Madrid, acude a la cita con Ángel Martín, uno de los humoristas más reconocibles de nuestro país, para hablar de su primera novela, 'El día que lo fuimos todo' ( Planeta ), una historia que, entre el humor y la emoción, invita a detenerse en los recuerdos, las decisiones que marcan nuestro camino y todo aquello que, por mucho que nos empeñemos, escapa a nuestro control.

Desde sus comienzos en el 'stand-up' hasta su popularidad televisiva en 'Sé lo que hicisteis', pasando por sus virales 'Informativos matinales para ahorrar tiempo', Ángel Martín ha construido una trayectoria en la que el humor convive con una mirada especialmente lúcida sobre las contradicciones humanas. En 2021, con 'Por si las voces vuelven', compartió su experiencia tras sufrir un brote psicótico y convirtió un relato íntimo en un fenómeno editorial. Dos años después, en 'Detrás del ruido', profundizó en el proceso de reconstrucción personal. Ahora cambia de registro y se adentra por primera vez en la ficción.

El protagonista de 'El día que lo fuimos todo' es Abel, un hombre solitario, algo apagasueños y poco amigo de las complicaciones, que emprende un trayecto en tren que terminará alterando su vida. Durante ese viaje, aparentemente cotidiano, se cruzan recuerdos, encuentros inesperados, situaciones ridículas y reflexiones sobre la pérdida, la amistad y el amor. Ángel Martín utiliza ese espacio cerrado y ese tiempo limitado para construir una historia en la que el humor no resta profundidad a las emociones, sino que convive con ellas.

Con la libertad que ofrece la ficción, el autor explora también nuestras contradicciones, la tendencia a idealizar lo que dejamos atrás y esa necesidad, a veces agotadora, de intentar tenerlo todo bajo control. Porque quizá una de las grandes lecciones de la novela sea que no somos tan distintos como pensamos y que, incluso en los momentos en los que solo queremos que nos dejen tranquilos, hay algo que nos une a los demás. De todo ello, y de lo que supone pasar de contar la propia historia a inventar la de otro, hablamos con Ángel Martín.

PREGUNTA. Después de hablar de experiencias personales en 'Por si las voces vuelven' y 'Detrás del ruido', ¿qué te lleva ahora a contar una historia de ficción y a esconderte detrás de un personaje como Abel?

RESPUESTA. Pues me apetecía mucho experimentar con la novela. Creo que es una de las cosas que todavía no había hecho en comedia. Siempre había estado haciendo ficción con los monólogos, en 'Siete vidas', en 'Sé lo que hicisteis'... Siempre había escrito ficción, pero nunca me había planteado la posibilidad de que algunas historias encajaran mejor en una novela que en cualquier otro formato.

Suelo escribir por las noches, a ratos, cosas que me divierten, que me entretienen, sin ningún rumbo. Sin embargo, un día, revisando todo el material que tenía escrito, pensé: "Espera, aquí hay una idea común, aquí está pasando algo que me estoy perdiendo". Entonces empecé a unir todas las ideas que tenía y me di cuenta de que aquello podía ser una novela, de que podía salir una novela de ahí.

Llamé a mi editora y le eché un vistazo a lo que tenía, por si acaso era una locura y me decía: "No, aquí no hay nada". Pero me dijo que creía que había una novela. Así que empecé a trabajar en ello. Lo hice por esa sensación de querer experimentar ya con ese tipo de ficción. Tenía muchas ganas, sobre todo, de poder meter a un personaje que no fuera yo en jardines que no tuviera que resolver yo.

P. Abel es un hombre solitario, un tanto apagasueños y aparentemente empeñado en que nadie le moleste demasiado. ¿Qué parte de Ángel Martín hay en él y qué parte has necesitado inventar?

R. Hay mucho de mí. Abel no es Ángel Martín con otro nombre, por así decirlo, pero una de las cosas que me propuse al escribir 'El día que lo fuimos todo' era que, al ser la primera vez que me embarcaba en algo así, no quería experimentar demasiado intentando hacer algo que no tuviera nada que ver conmigo y en lo que no se reconociera nada mío. Corría el riesgo de que no se entendiera la novela, porque no tengo las herramientas ni la experiencia necesarias para dibujar algo que no conozco.

Cuando intentas escribir para provocar emociones en quien te lee, decides: "Aquí quiero que sientas esto; aquí, esto otro". Para encontrar esas emociones, trataba de buscarlas en mí. Había muchas cosas que tú has pensado, vivido o sentido, que te suenan o que te han contado, que has leído o visto. La base estaba ahí.

Lo que pasa es que, a la hora de escribirlo, me decía: "Bueno, ahora no voy a contar lo que pensaría yo ni lo que haría yo. Vamos a hacer que Abel haga otra cosa y a ver por dónde sale". Pero, al menos, eso me permitía crear un personaje coherente. Si empiezas a inventártelo todo, corres el riesgo de que, de repente, nada encaje. Sería como decir: "Bueno, tío, por eso no se entiende nada y por eso todo es un puto desastre".

Creo que utilizarte a ti mismo como referencia, ir sacando cositas de aquí, ponerlas allí, quitar esto, incorporar algo que has visto o algo que te haría gracia que el personaje tuviera hace que, inevitablemente, como la base está muy centrada en cosas que tú puedes pensar, vivir o sentir, resulte reconocible. Pero yo no soy tan amargado como puede parecer Abel en ocasiones. Estoy lejos de serlo, pero me apetecía amargarlo un poco.

P. La novela transcurre durante un trayecto de tren que termina cambiando para siempre la vida del protagonista. ¿Qué tiene un viaje en tren que lo convierte en un escenario tan adecuado para hablar de la vida, de las decisiones y de esos momentos que nos cambian?

R. Sobre todo, me permitía controlar el espacio y el tiempo. No te voy a engañar: cuando pensaba en escribir una novela, me daba mucho miedo embarcarme en algo que, de repente, fuera el día uno, el día dos, una semana después, un mes después... porque eso me iba a obligar a tener unos conocimientos sobre cómo escribir una novela que todavía no tengo.

No quería embarcarme en tener una pizarra llena de pósits, esquemas y no sé qué, porque pensaba: "Es que me voy a hacer la picha un lío en el capítulo dos". Así que meter a alguien en un tren y establecer una especie de cuenta atrás, con la obligación de llegar a un sitio en un tiempo determinado, era el espacio ideal. Sabes que no tienes que guardar demasiada información sobre lo que ha pasado, porque sabes dónde estás y el tiempo transcurre en tiempo real. No hay más.

Además, es un lugar donde no conoces a nadie. Yo creo que no hay un lugar más solitario que un tren, en realidad. Aunque estés rodeado de gente y te puedan pasar millones de cosas, como tampoco me atrevía mucho a crear una novela con muchísimos personajes y muchas conversaciones, aquello era un poco peligroso para mí.

Sin embargo, la herramienta del monólogo se me da bien. Sí podía crear conversaciones y un personaje que estuviera muy pendiente de lo que sucede en su cabeza, de cómo son sus pensamientos. A Abel le pasa muchas veces que está lo que quiere decir, lo que le gustaría decir, lo que realmente dice y lo que piensa en relación con eso que ha dicho. Y todo eso le lleva a preguntarse: "¿Por qué soy yo así? A lo mejor es por esto...".

Esas capas que me permitían entrar en la cabeza del personaje me parecían ideales en un tren, porque es un sitio donde puedes estar solo de forma creíble. Puedes dejar solo a quien quieras en cualquier lugar: encerrado en un hotel porque se han ido todos de vacaciones y él se ha quedado ahí. Pero, hostia, ¡es que te puedes meter en un tren y ya está! Vas a estar solo. No pasa nada.

P. En el libro conviven el humor y temas como la pérdida, el amor o la amistad. ¿Dónde está para ti la frontera entre hacer reír y abordar aquello que nos duele?

R. No creo que haya una frontera clara. Creo que la marca quien recibe la broma o el tema del que estás hablando. Yo no puedo saber cuál es tu límite respecto al humor o al drama. No te conozco tanto. Puedo saber cuál es el mío, cuánto tolero el humor, cuándo una broma me hace daño, me ofende o no... Eso sí puedo saberlo de mí, pero no de los demás.

Por eso, cuando me embarco en un proyecto, trato de medir muy bien la profundidad de las cosas en función de lo que es y de la intención que tiene. Pero no creo que exista un límite claro que determine dónde está la frontera.

Tú puedes coger algo y decir: "¡Hostia, qué risa!", y otra persona puede verlo y pensar: "Bueno, es indignante que hayas publicado esto". Y yo qué sé... Pues no lo sé. A esa persona le ha parecido bien. Siéntate con ella y habla. ¿Qué quieres que te diga? Es algo muy individual. La comedia es muy, muy individual. Y cuando te dedicas al humor, sabes perfectamente cuándo estás haciendo comedia y cuándo has cruzado la línea. Lo sabes perfectamente.

Cuando te dedicas al humor, sabes perfectamente cuándo estás haciendo comedia y cuándo has cruzado la línea

P. En 'Por si las voces vuelven' hablaste de tu propia experiencia con una enorme honestidad. En esta novela, en cambio, puedes refugiarte en la ficción. ¿La ficción permite decir algunas cosas que resultaría más difícil confesar en primera persona?

R. Supongo que dependerá del atrevimiento de cada uno. Yo creo que la ficción te permite incluso explorar cosas que tú no piensas, para ver cómo te sientes ante ese pensamiento. Eso es lo divertido. Puedes decir: "Ni de broma pienso lo que piensa este tipo, pero es más divertido que piense esto, porque va a meterlo en este jardín o va a hacer que tenga que pasar por este proceso". Creo que son mundos muy distintos, muy, muy distintos. Por eso, tratar de comparar ficción y realidad me parece absurdo.

Cuando alguien se ofende porque en una ficción un personaje dice o hace algo indignante, me pregunto: "¿Pero qué es lo que te ofende? No entiendo qué te ofende. ¡Es que no existe!". Quiero decir, es un personaje en un mundo de ficción. No está pasando nada. No le ha hecho daño a nadie. Son unas palabras y una imagen que tú te has montado en la cabeza. Hay una diferencia enorme.

Es verdad que con la ficción puedes jugar un poco. Sabes que hay ciertos momentos en los que puedes decir: "Bueno, pues esto lo voy a poner así porque sé que te va a provocar un poquito, según cómo seas, y me divierte provocarte un poco". Porque, al final, te puedes enfadar mucho, pero... ¡ni que me cuentas! Si el chalado este ha dicho eso, ¿yo qué voy a hacer? No sé, es un personaje.

Pero creo que tiene que ver también con lo que hablábamos antes, con los límites de cada uno. Es que hay quien piensa que en la ficción ni siquiera se debería poder decir determinadas cosas, y yo creo que está precisamente para ser todo lo extravagante que quieras y más, porque es ficción. El problema lo tiene quien no sepa distinguir la realidad de la ficción. Pero, claro, ahí no voy a entrar a educar.

P. El título, 'El día que lo fuimos todo', habla de un pasado que parece tener un peso enorme. ¿Somos demasiado propensos a idealizar aquello que fuimos o que creemos haber perdido?

R. Creo que somos propensos a compararnos cuando estamos mal. Cuando estamos mal, tendemos a decir: "Es que antes estaba mejor". Porque, cuando estamos bien, no solemos mirar atrás y pensar: "No, es que antes estaba peor". Eso no lo hacemos tanto.

Nos gusta pensar que todas las cosas que no decidimos o que no hicimos eran, en realidad, las que habría sido más inteligente hacer, las que tendríamos que haber elegido. Pero no lo sabes. Estás fantaseando sobre lo que habría pasado si hubieras hecho o dicho otra cosa.

Creo que el pasado es una herramienta muy útil para torturarte de forma fantasma. Es como cuando dices: "Si no hubiera dejado aquel trabajo, ahora estaría mejor. Yo lo sé, estaría mejor". Pero ¿por qué lo dejaste? "Porque estaba mal". Pues entonces no estarías mejor. Quiero decir, aquello no iba a mejorar.

A veces necesitas que alguien venga y, cuando dices: "No, es que lo que tendría que haber hecho era esto", te recuerde: "Vamos a recordar por qué tomaste aquella decisión, a ver si estás tan seguro de esta mierda". Pero tendemos a idealizar todo lo que no pasó.

P. Abel se enfrenta a planes que no salen como esperaba y a decisiones cuyas consecuencias escapan a su control. ¿Cuánto nos cuesta aceptar que, por mucho que intentemos organizar nuestra vida, hay cosas que sencillamente no dependen de nosotros?

R. Yo creo que nos cuesta mucho, pero es que más te vale rendirte, porque no vas a poder controlarlo todo. Puedes diseñar un plan sobre cómo te gustaría que sucedieran las cosas, incluso escribirlo en un papel y hacer una pizarra con todo organizado, pero luego la realidad tiene otros planes.

Quiero decir, tú puedes venir aquí a grabar esta conversación y que la cámara decida que no funciona. Lo tenías todo súper previsto, súper organizado, pero la cámara no va. No hay más. O puedes venir a hablar conmigo y que yo te diga: "Pues me encuentro mal y me tengo que ir a casa".

No puedes prever lo que va a pasar con los demás. Lo único que puedes prever es lo que vas a hacer tú ante las cosas y cómo vas a reaccionar cuando sucedan. Pero tratar de controlarlo todo es estúpido.

Creo que hay una edad en la que nos esforzamos por controlarlo todo, pero todavía somos bobos y no sabemos que es imposible. Después llega un día en el que te haces adulto y dices: "No, no, esto consiste en gestionar lo que va pasando lo mejor posible para que no se convierta en un infierno". Y ya está.

Fingir que eres algo que no eres es maravilloso, da mucha comedia

P. En la novela también hay momentos en los que los personajes simplemente hacen el ridículo. ¿Crees que el humor nace muchas veces de nuestra incapacidad para controlar la imagen que queremos proyectar ante los demás?

R. Yo creo que sí. Es muy divertido. De hecho, es una de las cosas maravillosas que tiene el humor: ver a alguien intentando ser quien no es. Es de las cosas que más gracia hacen. Ver a alguien fingiendo ser una persona que no es, porque, además, está fingiendo y va a tener que comportarse como alguien que no es.

Hay pocas cosas más graciosas que ver a un amigo tuyo, que es un inseguro, haciéndose el chulo delante de la chica a la que quiere gustarle. Porque piensas: "Ojalá le diga que sí, porque este tío no aguanta el personaje ni media hora. Como la chica le diga de ir a tomar algo, es que este se nos hunde. No va a soportarlo". Fingir que eres algo que no eres es maravilloso, da mucha comedia. La vergüenza ajena da mucha comedia.

P. Has construido buena parte de tu carrera alrededor del humor, pero también has demostrado que puedes hablar de asuntos muy difíciles sin perderlo. ¿Qué has descubierto sobre ti mismo al escribir una novela en la que el humor ya no depende de un escenario, sino de la historia y de sus personajes?

R. Que no voy a estar contigo mientras la lees. A diferencia de lo que ocurre con los monólogos, en los que estoy contigo mientras me escuchas, aquí no estoy presente. En un monólogo puedes medir muy bien los tiempos e intuir el ambiente de la sala. Sabes si puedes retrasar una broma, si tienes que subir o bajar el volumen, dónde puedes mirar para que la broma funcione mejor, si un gesto o un silencio pueden cambiar las cosas... Estás construyendo con el público, en tiempo real, la emoción que quieres provocar.

Con una novela escribes con la esperanza de que quien la coja sepa interpretar las palabras desde el lugar al que tú quieres llevarlo. Por eso requiere mucha más disciplina a la hora de elegir las palabras y manejar los tiempos. Si hay un momento en el que quiero que sientas cierta lástima por una situación, no sé en qué estado de ánimo vas a encontrarte cuando llegues a él. A lo mejor estás en un momento especialmente sensible y te llega mucho más rápido, pero quizá estás eufórico y ese momento no te provoca nada.

Creo que lo más complicado de escribir una novela es intentar construir las emociones que quieres que experimente el lector, independientemente del estado de ánimo en el que se encuentre. Cruzas los dedos y piensas: "Necesito que, cuando lo cojas, lo hagas desde este estado de ánimo". No sé cómo vas a estar, pero voy a intentar que, cuando empieces a leer, pienses: "Mira este tío, menudo gilipollas. Está esperando el tren y no para de...". Que tenga ahí un jardín, que se le acerque una tía y le pregunte qué ha dicho y él piense: "¡Hostia, déjame en paz!".

Necesito que sea un tipo que transmita esa sensación de "déjame en paz", porque creo que, independientemente de cómo estés, vas a poder conectar con él. Todos nos hemos sentido alguna vez así: "Hostia, hoy no me molestéis, dejadme en paz". Y, a partir de ahí, empiezas a construir: "Vale, si consigo que te sientas como este personaje, vamos a ver si podemos llevarte a otros sitios". Escribir una novela es un poco más frágil, más delicado. Requiere más paciencia y tiempo.

P. Si 'Por si las voces vuelven' y 'Detrás del ruido' hablaban en buena medida de cómo reconstruirse después de tocar fondo, ¿qué crees que cuenta 'El día que lo fuimos todo' sobre lo que hacemos con nuestra vida cuando ya no podemos volver atrás?

R. Yo creo que habla de cuánto nos cambia, sin darnos cuenta, descubrir que alguien cercano está a punto de morir. Es algo inevitable. Cuando recibimos una noticia así, creo que hacemos una especie de balance. No solo de la relación que tenemos con esa persona, sino también de nuestra propia vida.

Muchas veces nos ponemos en el lugar del otro. No sé si a ti te sucede, pero generalmente pensamos: "Hostia, esto podría ser yo. Me podría haber pasado a mí, me podría pasar mañana. Podría haber sido yo". Y eso, inevitablemente, te lleva a hacer una especie de balance y a mirarte a ti mismo para preguntarte en qué punto estás y si realmente quieres seguir por ese camino, si tienen sentido algunas de las cosas que estás haciendo.

Creo que El día que lo fuimos todo tiene un poco que ver con eso: con preguntarte cuánto de lo que eres te gusta, cuánto sentido y valor tienen lo que haces, lo que tienes y las cosas por las que estás luchando; cuántas cosas no estás atendiendo y quizá deberías prestarles un poco más de atención.

Creo que va un poco por ahí: por pararnos a pensar en nosotros mismos, en por qué estamos donde estamos. A lo mejor estás librando batallas que ahora mismo no tiene sentido librar y necesitas tener otras peleas en otro sitio.

P. Después de haber escrito sobre experiencias que forman parte de tu propia vida y ahora haber creado una historia completamente de ficción, ¿qué te gustaría que un lector se llevara consigo cuando cierre 'El día que lo fuimos todo'?

R. Que somos más amigos de lo que creemos. Yo creo que, cuando escribo, lo que pretendo transmitir es esa sensación. 'Por si las voces vuelven' y 'Detrás del ruido' tenían una intención mucho más clara, iban directos a un sitio muy concreto, pero creo que detrás de todas las novelas hay una especie de mensaje: "No eres tan raro. No te preocupes tanto por si estás desencajando, por si las cosas no son como deberían ser. Relájate, porque todos somos bastante más parecidos de lo que crees. Todos pasamos por situaciones muy similares y pensamos y nos preocupamos por cosas muy parecidas".

Cuando leo un libro y de repente me identifico con algo, siento una pequeña sensación de alivio: "Hostia, mira, este personaje me entiende". Aunque, en realidad, no es que me entienda el personaje, sino que me entiende la persona que ha escrito ese personaje y que se ha molestado en entenderme.

Así que, si termina de leer esta novela con la sensación de que somos un poco más amigos, yo me doy con un canto en los dientes. Si además se ha reído, ya es como para alegrarme infinitamente. Y si también se ha emocionado un poco, entonces me alegro el triple.

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