Alexander Fleming, médico: “Si la penicilina puede curar a los enfermos, el vino puede resucitar a los muertos”
El científico escocés descubrió casi por accidente una sustancia que terminó revolucionando la medicina

H ay descubrimientos que necesitan años de trabajo y enormes inversiones . Y luego están aquellos que aparecen cuando menos te lo esperas. Alexander Fleming se encontraba trabajando en su laboratorio cuando una placa de cultivo contaminada llamó su atención. Lo que podría haber terminado directamente en la basura acabó convirtiéndose en uno de los hallazgos médicos más importantes del siglo XX.
El bacteriólogo escocés descubrió en 1928 que un moho había impedido el crecimiento de las bacterias que rodeaban su colonia. Fleming decidió estudiar aquel extraño fenómeno y comprobó que el hongo producía una sustancia con capacidad para destruir determinadas bacterias. La llamó penicilina, por el género Penicillium.
Una placa contaminada que cambió la historia
La escena parece sacada de una película: una contaminación accidental, un científico que se fija en un detalle aparentemente insignificante y una investigación que termina abriendo una nueva era en la medicina. Fleming publicó sus observaciones en 1929, aunque todavía quedaba mucho trabajo por delante antes de que la penicilina pudiera convertirse en un medicamento de uso generalizado.
Durante más de una década, el descubrimiento permaneció sin explotar a gran escala. Fue entonces cuando los investigadores Howard Florey y Ernst Boris Chain , junto a su equipo, consiguieron desarrollar métodos para purificar y producir la sustancia en cantidades suficientes para utilizarla en pacientes.
El cambio fue enorme. La penicilina permitió tratar infecciones bacterianas que hasta entonces podían resultar mortales y se convirtió en uno de los grandes avances de la medicina moderna. Fleming, Florey y Chain recibieron conjuntamente el Premio Nobel de Medicina en 1945 por sus trabajos.
Y Fleming no se quedó únicamente con la gloria del descubrimiento. El científico también advirtió de un problema que, décadas después, continúa preocupando a los expertos: las bacterias podían desarrollar resistencia a los antibióticos si estos se utilizaban de manera inadecuada.
Su hallazgo nació de una casualidad, pero hizo falta curiosidad para reconocerla. Y quizá ahí esté una de las grandes lecciones de Fleming : a veces, la diferencia entre un accidente cualquiera y un descubrimiento histórico está simplemente en pararse a mirar lo que otros habrían pasado por alto.



