Los cerdos que sobrevivieron dos siglos aislados en una isla y acabaron convertidos en una raza única
En 1807 fueron liberados en las remotas islas Auckland como reserva de alimento para posibles náufragos.

A comienzos del siglo XIX, naufragar en el Pacífico Sur podía significar quedar completamente a merced de la naturaleza . Por eso, en 1807, el capitán Abraham Bristow decidió dejar varios cerdos en las islas Auckland, un remoto archipiélago situado al sur de Nueva Zelanda. La idea era sencilla: si algún barco acababa contra las costas de aquellas islas, los supervivientes tendrían al menos una fuente de alimento.
Lo que nadie podía imaginar entonces es que aquellos animales terminarían protagonizando un experimento natural que duraría generaciones. Durante décadas quedaron prácticamente aislados, enfrentándose a un entorno subantártico marcado por el frío, la lluvia, el viento y la escasez de alimento.
De animales domésticos a supervivientes perfectamente adaptados
La vida en las Auckland hizo que aquellos cerdos fueran cambiando poco a poco. Sin humanos que los alimentaran ni establos donde refugiarse, tuvieron que buscarse la vida entre raíces, brotes, larvas, hongos y restos de animales . Además, las duras condiciones favorecieron a los ejemplares capaces de moverse y alimentarse por su cuenta.
Con el paso de las generaciones apareció una población con características propias: animales más pequeños y musculosos, con un pelaje espeso y oscuro, patas resistentes y un comportamiento mucho más esquivo que el de los cerdos domésticos habituales. El aislamiento terminó dando forma a un linaje especialmente adaptado a aquel territorio.






