El cerebro de una mosca explica cómo unos pequeños cambios pueden alterar por completo el comportamiento
Un equipo de científicos ha comparado el cerebro de machos y hembras

P uede parecer difícil encontrar respuestas sobre el cerebro humano estudiando una mosca de la fruta, pero la ciencia vuelve a demostrar que, a veces, las pistas más interesantes se encuentran donde menos se esperan. Un equipo de investigadores ha conseguido reconstruir con enorme precisión el cerebro de una mosca macho y compararlo con el de una hembra para descubrir qué cambia entre ambos y cómo esas diferencias terminan influyendo en su comportamiento.
El resultado resulta especialmente llamativo porque, a simple vista, los dos cerebros parecen prácticamente idénticos. Sin embargo, cuando los científicos se adentran en su compleja red de neuronas, aparecen pequeñas variaciones capaces de provocar comportamientos muy distintos. El estudio, publicado en la revista Cell , supone además un importante paso para entender una cuestión que lleva décadas sobre la mesa: c ómo consiguen los genes influir en la manera en la que actúa un animal.
El 5% que cambia las reglas
La comparación deja un dato sorprendente. Cerca del 95% de las células nerviosas están presentes tanto en los machos como en las hembras. La diferencia está en el pequeño porcentaje restante . Ese 5% contiene modificaciones en las conexiones neuronales que están relacionadas con algunos de los comportamientos más característicos de los machos: el cortejo, la agresividad y la emisión de sonidos para atraer a las hembras.
Uno de los ejemplos más curiosos aparece durante el cortejo. El macho sigue con la mirada a la hembra mientras se mueve y cuenta con conexiones adicionales que refuerzan determinados circuitos visuales. En el caso de la agresividad, la diferencia es todavía más evidente: los machos tienen una red neuronal más desarrollada relacionada con este comportamiento, algo que encaja con la mayor frecuencia con la que se enfrentan entre ellos. Y hay un tercer circuito especialmente llamativo: el encargado de producir el conocido como “canto de amor”. El macho hace vibrar sus alas de una manera concreta para generar un sonido que forma parte del ritual de apareamiento.
Y aquí está una de las claves del estudio. Los científicos ya conocían dos genes relacionados con estos comportamientos, pero hasta ahora no podían observar qué sucedía entre la acción de esos genes y la conducta final.






