Lia Kali y la libertad de no tener etiqueta: "No hay nada más valiente que mostrarse vulnerable"
La artista barcelonesa se enfrenta al reto de Red Bull Symphonic en el Auditorio Nacional mientras reivindica la vulnerabilidad, la libertad creativa y una música sin fronteras

El Auditorio Nacional de Madrid es uno de esos lugares que parecen hechos para una música concreta hasta que alguien decide cambiar las reglas. Entre las butacas y la madera de uno de los escenarios más solemnes de Madrid habrá una orquesta sinfónica, una banda y una voz acostumbrada a hablar desde otro lugar. Lia Kali llegará a un escenario diferente con todo lo que ha construido en estos últimos años. "Esta locura de Red Bull Symphonic creo que es la locura más maravillosa que me ha pasado en la vida", reconoce.
Hay algo casi simbólico en verla ahí. Una artista que nunca ha terminado de caber en una etiqueta se encuentra con una música que tampoco necesita demostrar que pertenece a ningún sitio . Lo urbano y lo clásico se sientan en la misma mesa, se prestan el lenguaje y dejan de preguntarse quién ha llegado primero. Lia Kali lo explica a su manera, con una comparación tan directa como inesperada: "Si haces el amor con alguien, ¿de quién es la conquista? Pues de los dos" . Quizá ese sea el espíritu de esta noche: no conquistar un territorio, sino abrirlo.
Una conquista a dos bandas
Lia Kali no entiende el encuentro entre una orquesta sinfónica y la música urbana como una cesión de ninguna de las dos partes. Lo ve como un espacio nuevo, construido precisamente a partir de aquello que cada una puede aportar a la otra.
Dos mundos muy cerrados que encuentran un espacio para liberarse, juntarse y fusionarse
La artista catalana llega al Auditorio Nacional junto a Lucas Vidal dirigiendo una orquesta, pero también con la oportunidad de comprobar qué ocurre cuando su música cambia de piel sin perder aquello que la hizo reconocible. Se trata de dejar que el lenguaje urbano y el clásico se contaminen, se transformen y, durante una noche, descubran que quizá nunca estuvieron tan lejos.
La música sin parada y el miedo a detenerse
Hay una contradicción en la historia reciente de Lia Kali que resulta difícil de ignorar. La misma música que le ha permitido construir una carrera también ha sido, en sus propias palabras, "la relación más tóxica" de su vida. Cuatro años a una velocidad enorme, conciertos, canciones, exposición y una carrera que no parece haber tenido demasiados momentos para respirar. ¿Cómo se gestiona que aquello que más amas pueda ser también aquello que más te exige?
A veces lloro, pero acuerdo de cuando era camarera y eso era más duro
Y después recuerda de dónde viene: "Me dedico a lo que más amo en el mundo y se me pasa un poco". No romantiza el sufrimiento ni convierte el éxito en una obligación de estar siempre bien. Simplemente reconoce que detrás de la velocidad también existe el cansancio. Y así lo hará el año que viene.
Lia Kali reconoce que tiene "pánico" a parar después de cuatro años construyendo una carrera precisamente a base de no hacerlo. "El respeto que le tengo a la música y a lo que hago hace que no me quede otra que elegir dejar de girar y poner toda mi energía en este disco" , explica. Porque para ella hacer música no consiste únicamente en producir canciones. También necesita vivir aquello que después contará.
Pondré toda mi energía en el nuevo disco. Hay que darse el tiempo de romperse, de sufrir, de aburrirse…
La frase resume una idea que atraviesa buena parte de su discurso. Un artista que vive permanentemente en movimiento corre el riesgo de quedarse sin historias que contar. "Nosotros vivimos de contar lo que nos pasa", dice. Y si todo lo que ocurre entre concierto y concierto es otro concierto, la materia prima empieza a agotarse. Por eso el parón no parece una huida de la música, sino una forma de volver a encontrarla.
Cuando una canción deja de pertenecerte
Hay otro tipo de vértigo que aparece cuando una canción deja de ser únicamente del artista que la escribió. Las letras de Lia Kali han terminado acompañando rupturas, pérdidas y momentos difíciles de miles de personas. Al principio aquella conexión le produjo una enorme presión. "Cuando salió todo, yo sentí una gran responsabilidad" , recuerda. Llegó a preguntarse si realmente quería cargar con aquello.
Me tiraba dos días llorando en la cama sin saber si eso estaba hecho para mí
Hasta que entendió algo fundamental sobre el arte: una canción puede nacer de una experiencia absolutamente personal y terminar convirtiéndose en otra cosa cuando llega a quien la escucha. "El arte, una vez tú lo creas, deja de ser tuyo para ser del mundo” , añade Julia para definir su nueva relación con la responsabilidad. "Lo que sienta la gente con mis letras no es mi responsabilidad", concluye.
Vulnerabilidad como forma de valentía
Es posible que por eso, cuando se le pregunta qué le gustaría que alguien entendiera de ella dentro de muchos años, cuando escuche una canción de Lia Kali sin conocer absolutamente nada de su historia, no habla de premios, escenarios ni cifras. Habla de vulnerabilidad.
No hay nada más valiente que mostrarse vulnerable
Le gustaría que sus canciones ayudaran a “perder el miedo a enseñar aquello que durante años nos han enseñado a esconder” . Las heridas, la tristeza, la fragilidad, aquello que supuestamente debería avergonzarnos. "Es de valientes. Mostrarse débil. Aceptarlo." Lia Kali no parece interesada en construir un personaje invulnerable. Al contrario: buena parte de su identidad musical nace precisamente de enseñar aquello que normalmente se intenta ocultar.
Una artista sin etiquetas
Y entonces llega una de las preguntas inevitables para alguien cuya carrera ha nacido dentro de la cultura urbana: ¿sigue teniendo sentido llamar a Lia Kali artista urbana? Su respuesta podría servir casi como manifiesto.
Mira, yo ya no sé lo que soy. Folclórica, podéis llamarme. Soy una personaja
Se ríe. Pero detrás de la broma hay algo más serio. Nunca ha sentido que las etiquetas fueran especialmente importantes para definirla. Entró en el espacio urbano, explica, por los " beats que utilizaba y por el lenguaje musical en el que empezó a moverse" . Ahora, después de haber cruzado tantos territorios, la etiqueta empieza a parecerle insuficiente.
Lia Kali puede entrar en un Auditorio Nacional, cantar junto a una orquesta sinfónica, regresar a sus raíces urbanas, escribir sobre una ruptura, hablar de vulnerabilidad o encerrarse durante un año para hacer un disco. Todo forma parte de la misma persona: "Demasiadas etiquetas creo que hay en el mundo. Yo soy artista", concluye Julia.
Una Lia Kali sin fronteras
Puede que resulte apropiado que esta historia termine en un escenario como el Auditorio Nacional. Una orquesta con su director detrás, una banda al lado y una artista que hace tiempo dejó de preguntarse en qué casilla debía entrar. Lia Kali llega con canciones nacidas de lugares mucho más incómodos que una etiqueta y con la certeza de que todavía le queda mucho por romper, también dentro de sí misma.
Durante un rato, lo clásico y lo urbano dejarán de necesitar explicaciones. Sonarán juntos. Y cuando se apaguen las luces, quedará una artista que no quiere que la recuerden por haber pertenecido a un género, sino por algo bastante más difícil de conseguir: haber tenido el valor de contarlo todo sin esconder las partes que más dolían. Y es que, mientras todos intentamos ponerle una etiqueta, ella parece haber decidido algo mucho más sencillo: ser artista y dejar que la música haga el resto.




