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Paloma Sánchez-Garnica: "La democracia se apaga cuando no hay libertad de prensa ni información libre"

Javier Fernández Borrell3634 palabras

"No todos estaban dispuestos a callar. Y el silencio nunca fue inocente". En la América convulsa de 1968, marcada por la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles y los asesinatos que sacudieron al país, guardar silencio puede ser una forma de complicidad, pero también de protección. Sobre ese escenario de secretos, corrupción y lealtades enfrentadas construye Paloma Sánchez-Garnica 'Un hombre de honor' ( Planeta ), una novela de amor, poder y dilemas morales que vuelve a demostrar la habilidad de la escritora para entrelazar la intriga con los grandes conflictos humanos.

La protagonista, Nicole Donaldson, sueña con abrirse camino como periodista en un mundo dominado por hombres, pero pertenece a una familia poderosa que pretende decidir por ella. Su relación con Frank Bernstein, un policía judío de Harlem, la empujará a cuestionar las convenciones sociales en las que ha sido educada y a enfrentarse a quienes esperan que cumpla con el destino que han trazado para ella. Mientras ambos investigan crímenes y tramas de corrupción que amenazan con alcanzar las más altas esferas del poder, Nicole tendrá que decidir entre la lealtad a su familia y la fidelidad a sí misma.

Después del éxito de 'Últimos días en Berlín', finalista del Premio Planeta 2021, y 'Victoria', con la que obtuvo el Premio Planeta en 2024, Sánchez-Garnica regresa con una historia que mantiene algunas de las señas de identidad de su narrativa: la memoria histórica, los secretos familiares, las traiciones íntimas y los conflictos morales a los que se enfrentan personas corrientes en circunstancias extraordinarias. Sin embargo, la autora también se adentra en territorios nuevos para ella, como el mundo de la mafia y la investigación policial, en una novela que combina la reconstrucción histórica con la tensión narrativa.

Paloma Sánchez-Garnica atiende a Tiramillas , la web de ocio de Marca , en el Hotel InterContinental de Madrid para hablar de 'Un hombre de honor'. En la entrevista, la escritora madrileña reflexiona sobre la lucha de las mujeres por decidir su propio destino, la responsabilidad del periodismo frente al poder y los dilemas morales que atraviesan sus novelas. También aborda la relación que establece con sus personajes durante el proceso creativo y qué espera despertar en sus lectores. Porque, como recuerda la autora, la información libre es una de las bases de la democracia, y la literatura puede ayudarnos a comprender nuestro pasado y a evitar que repitamos sus errores.

PREGUNTA. Después del enorme éxito de 'Victoria', ¿qué cree que va a sorprender más a sus lectores de 'Un hombre de honor'? ¿Qué nueva faceta de Paloma Sánchez-Garnica descubrirán en esta novela?

RESPUESTA. Yo creo que es una novela distinta. De hecho, los primeros lectores ya me han dicho que, aunque no sé si he salido de mi zona de confort, sí que he explorado caminos nuevos, tanto por la estructura como por la forma de encajar la historia. Pero, al mismo tiempo, sigue teniendo mi sello personal: esa búsqueda de los sentimientos universales del ser humano, de los dilemas a los que nos enfrentamos y en los que todos podemos reconocernos. En esta ocasión, me he adentrado en terrenos que no había tocado hasta ahora, como el mundo de la mafia y la investigación policial. Creo que 'Un hombre de honor' mantiene esa esencia que reconocerán mis lectores habituales, pero, al mismo tiempo, puede despertar el interés de nuevos lectores.

P. Después de ser finalista del Premio Planeta con 'Últimos días en Berlín' y de ganarlo con 'Victoria', ¿qué ha supuesto enfrentarse a una nueva novela sabiendo que el lector llega a ella con unas expectativas mucho mayores? ¿Ha sentido más libertad o más presión?

R. Ni más libertad ni más presión. No pienso en el lector ni en si le va a gustar o no la novela. Al enfrentarme a esta nueva historia, he sentido lo mismo que con todas las que he escrito desde la segunda. La primera la escribí sin ninguna responsabilidad, simplemente por el pálpito de escribir, por esa necesidad que tenía de hacerlo. No tenía ninguna ambición de publicar; sencillamente, tenía ganas de escribir.

Desde entonces, siempre me he enfrentado a la primera página en blanco con la misma ambición: hacer mi mejor novela. Para mí, lo importante es que el proceso creativo me llene la vida, que me fascine y me apasione el tema sobre el que voy a escribir. Lo que ocurra después con los lectores es otra cosa, porque no pienso en ellos mientras escribo.

El Premio Planeta no me ha supuesto ninguna presión. Lo he recibido como un reconocimiento a todo el trabajo previo y asumo la responsabilidad de seguir trabajando y creando, que es lo que llevo haciendo desde hace 20 años.

En cuanto a la libertad, sí hay cierta sensación de haber alcanzado una meta personal, de haber llegado a una cima desde la que veo las cosas con otra perspectiva. Pero eso no me condiciona a la hora de escribir.

Siempre me he enfrentado a la primera página en blanco con la misma ambición: hacer mi mejor novela

P. 'Un hombre de honor' lleva al lector a los Estados Unidos de 1968, un país atravesado por la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles, el asesinato de Robert Kennedy y los primeros movimientos feministas. ¿Qué encontró en aquel momento histórico que le hizo pensar que ahí tenía una novela?

R. En un principio, me atrajo el asesinato de Robert Francis Kennedy y todas las irregularidades que hubo en la investigación para establecer la versión oficial. Me interesaba la pregunta de quién lo mató, sin quitarle un ápice de responsabilidad a Sirhan Sirhan, que podría haber matado a mucha gente. Pero el hecho de que la investigación estuviera rodeada de tantas irregularidades me abrió una vía para la novela. También surgió la posibilidad de explorar el proyecto MK Ultra, porque se ha dicho que, cuando detuvieron a Sirhan Sirhan, estaba bajo los efectos de alguna sustancia o de algún tipo de hipnosis. Todo eso me daba material para construir una historia.

Además, fue un año muy convulso y magnético, en el que sucedieron muchas cosas. Era un año electoral y Richard Nixon acabó ganando las elecciones, en un contexto en el que la muerte de Robert Kennedy descolocó por completo al Partido Demócrata. Kennedy podría haber sido el candidato y, probablemente, también el presidente. En definitiva, fue un año muy convulso y, precisamente por eso, muy interesante para contar.

P. Para reconstruir los Estados Unidos de finales de los 60 ha tenido que moverse entre acontecimientos históricos muy conocidos y la vida cotidiana de quienes los vivieron. ¿Dónde termina la documentación histórica y empieza la imaginación de la novelista?

R. Dedico meses a documentarme a través de novelas, ensayos, artículos, documentales y prensa. Leo, reflexiono y le doy muchas vueltas a todo ese material. Después, a partir de esos pellizcos de realidad, construyo mi propia ficción. Los hechos históricos están ahí, la documentación es la base, pero soy yo quien selecciona elementos de aquí y de allá y los combina para crear una historia. A partir de esa ficción voy construyendo también los personajes, de acuerdo con la trama que quiero contar.

P. En la novela hay una investigación criminal que puede cambiar la historia y, paralelamente, una trama de corrupción vinculada a la mafia que llega hasta las altas esferas del poder. ¿Qué le interesaba más: contar un thriller con una poderosa trama de intriga o utilizar esa intriga para hablar de una sociedad en crisis?

R. Me interesaba más lo segundo. Utilizo los acontecimientos históricos para contar cómo se vivía en aquella sociedad, cómo se gestionaban los sentimientos y cómo actuaba la gente corriente ante unas circunstancias que la afectaban y la condicionaban. Me interesa explorar cómo las personas afrontan esos acontecimientos, cómo se relacionan con su entorno y cómo estos influyen en sus vidas. Eso es lo que realmente me interesa en todas mis novelas.

P. Nicole es periodista y Frank es policía: dos personajes que, de alguna manera, persiguen la verdad desde lugares muy diferentes. ¿Qué quería contar sobre la relación entre periodismo, poder y verdad en una época en la que la información podía resultar peligrosa?

R. La información siempre es peligrosa e incómoda para el poder, y además tiene que serlo, porque el periodismo tiene la obligación de investigar y sacar a la luz aquello que el poder quiere ocultar. En aquella época lo era especialmente, porque los grandes medios de prensa, radio y televisión asumían con frecuencia las versiones oficiales prácticamente sin cuestionarlas.

Creo que el periodismo y la investigación son fundamentales para sacar a la luz lo que permanece oculto a la sociedad. Sin embargo, a veces los periodistas se encuentran con límites mucho más poderosos: hay verdades que no se pueden contar porque no es posible contrastarlas o demostrarlas de manera concluyente, y otras que no interesa que salgan a la luz porque resultan inconvenientes. En Estados Unidos, por ejemplo, se invocaba constantemente la seguridad nacional, tanto en relación con los asesinatos de John y Robert Kennedy y de Martin Luther King como con la guerra de Vietnam.

La población estadounidense estuvo sometida durante años a una versión de la guerra que ocultaba información fundamental. En 1971, la publicación de los Papeles del Pentágono por medios como The New York Times y The Washington Post sacó a la luz documentos que revelaban cómo las sucesivas administraciones habían ocultado información sobre el conflicto y sus perspectivas reales. Aquello puso de manifiesto la importancia de que el periodismo pueda investigar y cuestionar las versiones oficiales. Por eso, el periodismo es fundamental. La libertad de prensa y el periodismo libre son imprescindibles, porque la información libre es una de las bases de la democracia. Sin ella, la democracia se apaga.

P. En la novela aparece una frase especialmente poderosa: "No todos estaban dispuestos a callar. Y el silencio nunca fue inocente". ¿Hasta qué punto el silencio, la complicidad y la decisión de mirar hacia otro lado son también formas de ejercer el poder?

R. El silencio puede ser una forma de ejercer el poder, pero también de protegerse de él e incluso de proteger a las personas que uno quiere. El silencio nunca es inocente porque callar supone ocultar la verdad a los demás, pero no siempre resulta conveniente contarla. En la novela hay silencios elegidos para proteger a quienes uno quiere y verdades que se ocultan porque no interesa que salgan a la luz. Es también una forma de funcionamiento de la sociedad: no todo se puede contar, hay cosas que es necesario ocultar, incluso en el periodismo.

P. Y casi seis décadas después, ¿cree que hay libertad de prensa y que el periodismo es libre?

R. En el fondo, siempre ocurre algo parecido: los primeros a los que se intenta silenciar son los periodistas cuando resultan incómodos. En 1968 había mucha información que ocultar, igual que hoy, y quienes intentan sacarla a la luz se convierten en una molestia para determinados intereses. Lógicamente, vivimos en una democracia y existe libertad de prensa, pero eso no significa que no haya intentos de coacción, como ocurría en 1968. Frente a ellos están la dignidad, la integridad y la profesionalidad de los periodistas y de los medios de comunicación. Su responsabilidad es sacar la verdad a la luz, incomode a quien incomode y cueste lo que cueste.

La responsabilidad de los periodistas y de los medios de comunicación es sacar la verdad a la luz, incomode a quien incomode y cueste lo que cueste

P. La protagonista es Nicole Donaldson, una joven que quiere ser periodista en un mundo dominado por hombres y, al mismo tiempo, pertenece a una familia poderosa que pretende decidir por ella. ¿Es Nicole una mujer adelantada a su tiempo o, más bien, una mujer que se niega a aceptar las reglas de su tiempo?

R. Nicole pertenece a una generación que empieza a cuestionar el modelo de mujer que se impuso en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, según el cual una mujer solo podía realizarse como persona a través de la familia: siendo una esposa perfecta, una madre perfecta y teniendo un hogar perfecto. Ella quiere construir su propia identidad al margen de ese papel, no renunciar a la posibilidad de formar una familia, sino evitar que esa sea la única manera de realizarse.

En cierto modo, esa generación es heredera de la obra de Betty Friedan, La mística de la feminidad, publicada en 1963, que abrió los ojos a muchas mujeres jóvenes. La idea de que ser una ama de casa perfecta, ser feliz pasando el aspirador o poniendo la lavadora, constituía por sí sola una forma de realización personal empezó a cuestionarse. Por supuesto, estamos hablando de mujeres blancas de clase media y alta, que son las que aparecen retratadas en esa obra.

Nicole empieza a cuestionar ese modelo, pero todavía está encajada en un mundo absolutamente controlado por los hombres. Aún se adapta a sus normas y acepta de forma natural la autoridad de su padre, porque lo respeta, lo quiere y se siente integrada en la familia como una buena hija. Sin embargo, las circunstancias, sus propias ambiciones, las inquietudes de su generación y, sobre todo, el amor la llevan a rebelarse y a ir contra el destino que le habían reservado: un matrimonio sin amor, organizado de acuerdo con las convenciones sociales.

P. Sus padres acuerdan para ella un matrimonio sin amor, de acuerdo con las convenciones sociales de la época. ¿Hasta qué punto Nicole acepta ese destino antes de conocer a Frank?

R. Más que un matrimonio de conveniencia, es lo que se acostumbra a hacer. Ella está con ese chico, le aprecia y él no es un mal chico, aunque tiene sus devaneos con las drogas, como muchos jóvenes de su generación, especialmente los de familias ricas, que consumían marihuana y otras sustancias. Para Nicole, esa relación representa lo que le corresponde, lo que se espera de ella. Tampoco la rechaza, pero, cuando se cruza en su camino un hombre que le da la vuelta a la vida y del que se enamora, descubre realmente lo que es el amor. Es entonces cuando empieza a plantearse que aquello no es lo que quiere para sí misma.

P. Ese hombre del que Nicole se enamora es Frank Bernstein, un policía judío de Harlem, y esa relación la obliga a enfrentarse a su propia familia. ¿Quería explorar hasta qué punto el amor puede convertirse en una forma de rebeldía contra las estructuras sociales en las que hemos sido educados?

R. Lógicamente. El amor rompe el equilibrio en el que vive Nicole, porque, aunque es periodista, su destino parece ser que, una vez casada, abandone su profesión, como les ocurría a muchas mujeres en aquella época. En los años 60, las mujeres podían trabajar, por ejemplo, como secretarias, pero muchas dejaban de hacerlo cuando se casaban. Y ese era también el futuro que le esperaba a ella.

Sin embargo, la aparición de Frank le cambia la vida. Nicole tiene tan normalizada la desigualdad que acepta que se menosprecie su trabajo: ella hace toda la labor periodística, pero después es su compañero quien firma las informaciones. Frank es quien le hace ver que no debe permitir que se aprovechen de su trabajo, porque es una gran periodista. Pero ella le responde que le basta con saberlo ella, que lo sepa él y que lo sepan sus compañeros.

Esa respuesta refleja hasta qué punto se conforma con lo mínimo. En aquella época todavía era difícil concebir que una mujer pudiera obtener el mismo reconocimiento profesional que un hombre. Frank es quien le da la vuelta a su vida y rompe las costuras de ese mundo en el que ella ha crecido, ayudándola a ir a contracorriente del destino que le habían reservado por su origen familiar, por ser mujer y por el lugar que la sociedad esperaba que ocupara.

P. Uno de los grandes temas de sus novelas son los dilemas morales: personajes que tienen que decidir entre lo correcto, lo conveniente y aquello que aman. ¿Hay alguna decisión de Nicole o de Frank que a usted, como autora, le haya resultado especialmente difícil tomar?

R. Sí, la decisión final de Nicole, aunque no podemos desvelarla. Su gran dilema es elegir entre traicionar a las personas que más quiere o traicionarse a sí misma. Es el conflicto al que se enfrenta como hija, como periodista, como mujer y como ser humano. ¿Qué debe hacer? Cualquiera de las dos opciones tiene consecuencias. Si traiciona a su familia, destroza a las personas que más quiere. Pero, si se traiciona a sí misma, destruye también la posibilidad de convertirse en la mujer que quiere ser y de construir su propia identidad. Ese es el gran dilema de Nicole.

P. La novela recupera también algunos de sus temas habituales: secretos familiares, traiciones íntimas, memoria histórica y sistemas opresivos. ¿Qué tienen estos temas que siguen interesándole novela tras novela y que todavía siente que no ha terminado de explorar?

R. Pura curiosidad. Me interesa entender, a través de los ojos de personas corrientes, como yo misma o cualquiera de quienes me rodean, cómo afrontan sus vidas, cómo gestionan sus sentimientos y cómo se relacionan con su entorno en un momento histórico determinado. Es una forma de entenderme mejor a mí misma como persona y de comprender mejor la sociedad en la que vivimos. También me permite saber de dónde venimos y aportar mi granito de arena para entender nuestro pasado y evitar que repitamos los mismos errores en el futuro.

Somos hijos de nuestros antepasados y de los errores que cometieron seres humanos como nosotros, con los mismos vicios y virtudes, aunque sometidos a otros condicionantes que limitaban sus vidas y determinaban sus decisiones. En el fondo, eran personas como nosotros. Creo que podemos aprender mucho del pasado y comprendernos mejor como seres humanos a través de la literatura, no solo durante el proceso de escritura, sino también mediante la lectura. La literatura es una herramienta extraordinaria para acercarnos a otras vidas, entender nuestro pasado y reflexionar sobre quiénes somos.

P. Sus protagonistas femeninas suelen ser mujeres fuertes, inteligentes y capaces de enfrentarse a circunstancias adversas. ¿Qué diferencias encuentra entre Victoria y Nicole? ¿Hay algo de usted en ellas?

R. Victoria se enfrenta a una situación muchísimo más complicada que Nicole. Vive en una ciudad absolutamente destruida, donde no solo hay que reconstruir las infraestructuras, sino también el alma. Se enfrenta a una miseria que la lleva a situaciones y a límites insospechados para Nicole.

Nicole, en cambio, tiene en sus manos la posibilidad de contribuir, con su granito de arena, a cambiar y cuestionar el modelo que se había impuesto hasta entonces a las mujeres de su generación. Tiene que luchar por lo que realmente quiere y por lo que de verdad merece la pena en la vida, que es el amor. Para conseguirlo, debe ir contracorriente, abandonar su espacio de comodidad y seguridad e incluso, en cierto modo, ser desleal a su familia. Creo que la diferencia entre ambas es clara.

Y, en cuanto a si hay algo de mí en ellas, seguramente sí. Cuando construyes un personaje, siempre pones algo de ti misma; es inevitable. Incluso cuando lees, estableces un diálogo íntimo con los personajes y acabas reconociéndote en algunos de ellos, aunque al principio te resulten ajenos. Se producen conexiones que también surgen durante el proceso de escritura, quizá incluso con mayor intensidad, porque eres tú quien está dando vida a esos personajes.

Cuando construyes un personaje, siempre pones algo de ti misma; es inevitable

P. ¿Qué le gustaría que se llevara el lector consigo cuando termine de leer 'Un hombre de honor'?

R. Pues mira, me gustaría que le pasara lo mismo que me pasa a mí cuando termino de leer una buena novela: que sienta que el tiempo que ha dedicado a leerla ha merecido la pena; que la historia le haya conmovido, le haya removido por dentro, le haya provocado alguna reacción; que haya sentido rabia ante una injusticia, que se haya preguntado qué haría él en una situación así o que, de alguna manera, la lectura le haya hecho reflexionar. Eso es lo que me encantaría, porque, al fin y al cabo, es lo que yo también busco cuando leo.

P. La novela deja unos cuantos 'cadáveres' a lo largo de la trama. ¿Qué siente cada vez que muere un personaje?

R. Pues hay muertes que me sorprenden a mí misma, porque voy escribiendo y descubriendo la historia a medida que avanzo. A veces, son los propios acontecimientos los que me llevan a que un personaje muera. Ha habido personajes muy entrañables cuya pérdida he sentido bastante, porque he llegado incluso a identificarlos con mis hijos, a pensar en la edad que tienen ellos y en las circunstancias en las que podría encontrarse un hijo mío a esa edad. Pero forma parte de la historia. Al final, los personajes tienen que seguir el destino que les marca la trama: a veces mueren los malos y otras veces también tienen que morir los buenos.

P. Dedica el libro a su esposo, a sus hijos, a sus nueras y a sus nietos. ¿Qué estaría dispuesta a dar por su familia?

R. Ahora mismo, todo. Tengo 64 años y he vivido una vida feliz. Haría lo que fuera necesario para protegerlos y para que fueran felices; renunciaría a lo que hiciera falta por ellos. Si sé que están bien, a pesar de las dificultades que tiene la vida, yo soy feliz. Si alguno de ellos está mal, es cuando me desestabilizo. Ellos son mi estabilidad y, si esa estabilidad se tambalea, estaría dispuesta a hacer absolutamente todo lo necesario para que estuvieran bien.

Tiramillassánchez

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